El precio de su apellido

Capítulo 3

Las tres semanas que Draco Marchetti me concedió se reducen, en la práctica, a una lista interminable de citas que nadie me pidió opinión para organizar. Modista. Fotógrafo. Un abogado con acento suizo que me hace firmar documentos que ni siquiera fingen ser comprensibles. Cada mañana me despierto pensando que hoy será el día en que encuentre una salida, y cada noche me duermo sabiendo que no la he encontrado.

Mi padre apenas me mira a los ojos desde la cena del restaurante. Se ha convertido en un fantasma dentro de su propia casa, y una parte de mí —la parte que todavía lo quiere, a pesar de todo— sabe que la vergüenza lo está consumiendo por dentro tanto como a mí me consume la rabia. La otra parte, la que crece un poco más cada día, no está segura de si algún día voy a perdonarlo del todo.

—Prueba esto —dice Renata, la modista, sosteniendo un vestido que parece costar más que la casa donde crecí.

Me lo pruebo porque no tengo energía para discutir. Me quedo de pie frente al espejo mientras alfileres invisibles ajustan una tela que no elegí para una boda que no quiero, y pienso en lo fácil que sería quedarme así para siempre: inmóvil, sin decisiones, dejando que otros terminen de construir la vida que me han diseñado.

No me reconozco. Otra vez.

Draco no aparece durante la primera semana. Ni la segunda. Es Valentina, su hermana, quien se presenta un martes por la tarde sin avisar, con una sonrisa que parece sincera y un café que no pedí pero que agradezco de todas formas.

—Alguien tenía que venir a comprobar que sigues siendo humana —dice, sentándose frente a mí en el jardín de mi casa sin esperar invitación—. Mi hermano es pésimo con estas cosas.

—¿Con qué cosas? ¿Con arruinar la vida de alguien con delicadeza?

Valentina se ríe, un sonido claro y genuino que me sorprende porque no esperaba encontrar nada genuino en la familia Marchetti.

—Con la parte humana en general. Draco entiende contratos, cifras, estrategias a diez años. La parte de "hola, ¿cómo estás, esto debe ser aterrador para ti" se le escapa completamente.

—Qué consuelo.

—No estoy aquí para consolarte. —Su tono se vuelve más serio, y por un momento veo en sus ojos algo del mismo cálculo frío que vi en los de Draco la noche de la cena, aunque en ella se disfraza mejor de calidez—. Estoy aquí porque quiero que sepas algo antes de la boda, algo que mi hermano probablemente nunca te va a decir él mismo.

Me enderezo en la silla.

—Te escucho.

—Draco no hace nada sin una razón. Nunca. Ni un movimiento en el mercado, ni una palabra en una reunión, ni... esto. —Hace un gesto vago que nos incluye a las dos, al jardín, a todo lo que se avecina—. Lo que quiero que entiendas es que esto no empezó con el préstamo a tu padre.

Se me hiela algo en el pecho.

—¿Qué quieres decir?

Valentina duda, como si estuviera calculando cuánto puede decir sin traicionar a su hermano, y al final elige las palabras con el cuidado de alguien que camina sobre hielo fino.

—Quiero decir que deberías preguntarle a él directamente, cuando estés lista para escuchar la respuesta. Solo... no asumas que esto es solo sobre dinero, Camila. Sería un error subestimar lo que realmente está pasando aquí.

No me da tiempo a preguntar más. Se levanta, deja el café a medio terminar, y se despide con una sonrisa que no borra del todo la inquietud que ha dejado plantada en mi pecho.

Lo vuelvo a ver diez días antes de la boda, en su oficina, porque sus abogados insisten en que hay "detalles logísticos" que requieren mi firma en persona. El edificio de Marchetti Holdings ocupa una manzana entera del distrito financiero, todo cristal y acero, y cuando entro al ascensor privado que sube directo a su piso, siento el estómago encogerse de una manera que no tiene nada que ver con la altura.

Su asistente me hace pasar sin anunciarme demasiado, y ahí está él: de pie frente a los ventanales de su despacho, de espaldas a la puerta, con las manos en los bolsillos, mirando la ciudad como si le perteneciera. Cosa que, sospecho, en algún sentido práctico, es cierta.

—Señorita Ferrer. —No se da la vuelta de inmediato. Deja pasar un segundo, dos, como si necesitara ese tiempo para reorganizar algo en su expresión antes de mostrármela—. Llega puntual.

—No me gusta hacer esperar a la gente que puede arruinarme la vida con una llamada telefónica.

Eso lo hace girarse. Hay algo en su cara —no exactamente una sonrisa, pero algo cercano— que no estaba ahí la primera noche.

—Tiene razón. Aunque prefiero pensar que ya no estamos en esa etapa de la relación.

—¿En qué etapa estamos, entonces?

Camina hacia su escritorio sin responder de inmediato, y yo lo sigo con la mirada más de lo que debería. Hoy no lleva traje completo; la chaqueta descansa sobre el respaldo de una silla, y las mangas de la camisa están dobladas hasta los antebrazos, y hay algo en ese pequeño detalle de informalidad que lo hace parecer, por primera vez, un poco más humano y un poco menos mito urbano.

—Estamos en la etapa en la que usted todavía no confía en mí —dice al fin, sentándose en el borde del escritorio en lugar de detrás de él, lo cual acorta la distancia entre los dos de una forma que no sé si es deliberada—. Y en la que yo todavía no le he dado ninguna razón para hacerlo.

—Podría empezar por explicarme por qué su hermana insinuó que esto no tiene nada que ver con el dinero de mi padre.

Algo cambia en su expresión, apenas perceptible, pero lo veo: la sorpresa de quien no esperaba que Valentina hablara de más, seguida rápidamente por algo parecido a la resignación.

—Mi hermana habla demasiado.

—Eso no es una respuesta.

—No —admite—. No lo es.

Nos quedamos mirándonos un momento, y el silencio entre nosotros se llena de algo denso que no sé nombrar del todo. Hay una mesa entera de distancia entre los dos, pero no se siente así. Se siente como si el aire se hubiera vuelto más pesado, como si cada segundo que pasa sin que él responda fuera, en sí mismo, una especie de respuesta.




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