Valentina entra a mi despacho sin tocar la puerta, como hace siempre, y se deja caer en la silla frente a mi escritorio con la expresión de alguien que ya sabe que va a tener que defenderse de algo.
—Antes de que digas nada —empieza—, sí, fui a verla. No, no me arrepiento.
—Le insinuaste que esto no tiene que ver con el préstamo.
—Le insinué la verdad, Draco. Que es distinto.
Dejo el bolígrafo sobre el escritorio, despacio, porque si no lo hago despacio corro el riesgo de romperlo entre los dedos, y respiro antes de responder, porque discutir con mi hermana enfadado nunca ha terminado bien para ninguno de los dos.
—No te correspondía a ti decirle nada.
—Alguien tenía que hacerlo. —Se cruza de brazos, sin ceder ni un centímetro, la misma testarudez que compartimos desde niños y que a veces me pregunto si heredamos de nuestro padre o si la desarrollamos por separado, como una armadura necesaria para sobrevivir en esta familia—. Ibas a dejar que se casara contigo pensando que es solo un intercambio comercial. Que es solo el precio de las deudas de su padre. Eso no es justo, Draco, ni para ella ni para lo que sea que llevas guardado desde hace años.
—Lo que yo guarde es asunto mío.
—Hasta que decides casarte con la persona sobre la que lo guardas. Entonces se vuelve asunto de las dos personas involucradas.
No tengo una buena respuesta para eso, así que no la busco. Me quedo en silencio, mirando por la ventana, y Valentina, que me conoce mejor que nadie en este mundo, deja que el silencio se extienda un momento antes de suavizar el tono.
—Solo dile la verdad antes de la boda, Draco. No después. Merece saber en qué se está metiendo antes de firmar, no descubrirlo con el tiempo como si fuera una sorpresa que decidiste guardarte por diversión.
—No es diversión.
—Ya lo sé. —Su voz se ablanda del todo—. Por eso mismo te lo digo. Si esto fuera solo un capricho, no me importaría lo que le ocultes. Pero lleva años, Draco. Lleva más años de los que quieres admitir en voz alta. Eso merece algo más que un contrato y un vestido azul.
Se levanta, me deja con esa frase colgando en el aire, y sale del despacho tan sin ceremonias como entró, dejándome a solas con la sensación incómoda de que tiene razón, aunque no esté listo para reconocerlo del todo.
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La verdad es más simple y más ridícula de lo que cualquier persona razonable esperaría de un hombre en mi posición. No hubo un plan maestro trazado desde el principio, ni una obsesión calculada desde el primer día, aunque ahora, visto desde fuera, con tres años de decisiones acumuladas detrás, parezca exactamente eso.
Lo que hubo fue una fiesta a la que no quería asistir, una chica de dieciséis años escondida en un rincón con un libro que claramente le importaba más que la fiesta entera, y una sensación extraña, casi física, de haber encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
No hice nada al respecto. Era demasiado joven, ella todavía más, y mi vida en esa época era una sucesión de funerales, deudas heredadas de mi padre, y la necesidad urgente de demostrarle al mundo que el apellido Marchetti podía significar algo distinto a lo que había significado hasta entonces. No había espacio, en ese momento, para nada que no fuera trabajo.
Pero la recordé. Con una insistencia que no supe explicarme durante años, la recordé en los momentos menos convenientes: en reuniones que deberían haber acaparado toda mi atención, en noches en las que el imperio que estaba construyendo debería haber sido lo único que ocupara mis pensamientos. Recordaba su forma de sentarse, la manera en que sostenía el libro como si fuera un escudo, la expresión de quien está en un lugar por obligación y sueña con estar en cualquier otro.
Cuando mis analistas me trajeron el informe sobre Ferrer Industries hace tres años, y vi el apellido en la portada, no fue solo una oportunidad de negocio la que reconocí. Fue una señal, absurda y sentimental como suena, de que quizás el universo estaba dispuesto a corregir el error de no haberme acercado a ella cuando tuve la oportunidad.
No fue elegante. No fue honesto, al menos no del todo, porque construí toda una estrategia financiera alrededor de un sentimiento que llevaba guardando desde la adolescencia, y sé, mejor que nadie, lo mal que suena eso dicho en voz alta.
Pero tampoco fue frío. Nunca fue solo negocio, aunque haya dejado que ella lo creyera así durante estas semanas, porque decirle la verdad completa —que la elegí a ella antes de saber siquiera que existía una deuda que cobrar— parecía, hasta hace poco, más peligroso que dejar que pensara lo peor de mí.
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La veo salir del edificio desde la ventana de mi despacho, dos días después de nuestra conversación, aunque no teníamos ninguna cita programada. Ha venido a firmar más documentos, algo relacionado con el evento, y no puedo evitar bajar hasta el vestíbulo con la excusa de una reunión que en realidad no tengo, solo para verla un momento antes de que se vaya.
La encuentro junto al ascensor, revisando algo en su teléfono con el ceño fruncido, y por un segundo, antes de que note mi presencia, la observo sin que ella lo sepa, de la misma manera en que la observé aquella noche en la gala hace tantos años.
—Señorita Ferrer.
Levanta la vista, y algo en su expresión cambia al verme, algo que no sé leer del todo pero que no se parece al rechazo frío de nuestro primer encuentro.
—Señor Marchetti. Qué casualidad.
—No creo en las casualidades.
—Empiezo a notarlo. —Hay una nota de humor en su voz que no esperaba, y que me gusta más de lo que debería admitir.
Caminamos juntos hacia la salida, sin haberlo planeado, y el trayecto se siente más largo de lo que en realidad es, lleno de un silencio que no es incómodo, aunque tampoco es del todo cómodo, un espacio nuevo entre nosotros que ninguno de los dos sabe todavía cómo nombrar.
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Editado: 15.08.2026