No duermo esa noche. Me quedo tumbada en la cama mirando el techo, repitiendo cada palabra que Draco dijo en el vestíbulo, dándole vueltas hasta que pierden sentido y luego vuelven a tenerlo, de una forma distinta cada vez.
*La deseé desde que tenía diecinueve años.*
Es una frase que debería asustarme más de lo que me asusta. Debería sentirme como un objeto en la colección privada de un hombre que decidió, hace años, que yo le pertenecía antes incluso de que supiera mi nombre completo. Y sin embargo, cuando cierro los ojos, lo que recuerdo no es el miedo. Es el calor de sus dedos en mi mejilla, la manera en que su voz bajó de tono cuando admitió la verdad, la vulnerabilidad extraña de un hombre que controla imperios enteros y que, frente a mí, pareció por un instante completamente perdido.
A las tres de la madrugada, me rindo y enciendo la luz de la mesilla. Saco el teléfono y vuelvo a mirar la fotografía que encontré, esa versión más joven de mí, escondida en un rincón, sin saber que estaba siendo observada. Intento imaginar al Draco de diecinueve años, todavía sin el peso completo de un imperio sobre los hombros, mirándome desde el otro lado de un salón que ninguno de los dos quería pisar.
Es más fácil odiarlo cuando pienso en él como el hombre que compró mi vida con un contrato. Es mucho más difícil hacerlo cuando pienso en él como el chico que guardó un recuerdo durante años, sin saber qué hacer con él, hasta que el destino —o su propia versión calculada del destino— le dio una excusa para actuar.
No sé en qué categoría quiero ponerlo. No sé si tengo derecho a elegir todavía.
Mi padre me encuentra en la cocina a la mañana siguiente, con dos tazas de café que ninguno de los dos va a terminar, y se sienta frente a mí con la misma expresión derrotada que ha llevado puesta desde el día que me mostró el contrato.
—Tienes ojeras —dice, como si eso resumiera todo lo que ha estado mal en las últimas semanas.
—No he dormido bien.
—¿Es por la boda?
—Es por muchas cosas. —Doy vueltas a la taza entre las manos, sin beber—. Papá, ¿tú sabías que Draco... me conocía de antes? ¿Desde hace años?
Mi padre se queda muy quieto, y esa quietud me dice más de lo que cualquier respuesta podría decirme.
—Lo sospeché —admite al fin—. Cuando vino a ofrecerme el préstamo, hace tres años, hizo preguntas sobre ti que no tenían nada que ver con las condiciones del acuerdo. Cuánto estudiabas. Qué te gustaba leer. En su momento pensé que era solo curiosidad, la diligencia de alguien acostumbrado a investigarlo todo antes de firmar cualquier cosa.
—¿Y ahora qué piensas?
—Ahora pienso que fui un idiota por no darme cuenta antes de en qué me estaba metiendo. —Su voz se quiebra un poco—. Camila, si hubiera sabido que esto no era solo sobre dinero, habría buscado otra salida. Cualquier otra salida.
—¿La habría? —Lo miro fijamente, necesitando la verdad más de lo que necesito su consuelo—. ¿O ya no había otra salida, y el hecho de que Draco tuviera un interés personal en mí solo hizo que fuera más fácil convencerte de aceptar?
No responde. No tiene que hacerlo. La culpa en su rostro es respuesta suficiente, y por primera vez desde que empezó todo esto, no siento rabia hacia él. Siento algo más parecido a la lástima, mezclada con una tristeza que no sabía que todavía tenía espacio para sentir.
—Lo siento —dice, en voz baja—. Por todo. Por no haber sido lo bastante fuerte para protegerte de esto.
Alargo la mano y aprieto la suya, un gesto pequeño que no arregla nada pero que necesitamos los dos.
—Vamos a estar bien, papá. De una forma u otra.
No sé si me creo mis propias palabras. Pero necesito decirlas en voz alta, para él y para mí.
Draco me pide que vaya a su casa esa tarde, no a la oficina, y algo en la formalidad de la invitación —enviada a través de su asistente, con una dirección y una hora, nada más— me pone nerviosa de una manera nueva. No es la oficina, con sus reglas implícitas de profesionalismo. Es su territorio privado, el lugar donde supongo que voy a vivir en menos de una semana.
La casa es exactamente lo que esperaría de él: moderna, imponente, con líneas limpias y una vista de la ciudad que quita el aliento incluso a alguien que ha crecido rodeada de cierto lujo. Pero hay algo distinto también, algo que no esperaba: en un rincón del salón principal, hay una estantería llena de libros, muchos de ellos con el lomo gastado de tanto uso, muy distintos de la decoración fría y calculada del resto de la casa.
—Los leyó todos —digo, más para mí misma que para él, cuando aparece en la puerta del salón.
—La mayoría, sí. —Sigue mi mirada hasta la estantería, y hay algo en su expresión que se suaviza al notar mi sorpresa—. Empecé a leer más en serio después de esa gala. Quería entender qué era tan interesante como para hacer que alguien prefiriera un libro a una fiesta entera.
El comentario me toma desprevenida, y siento que algo en mi pecho se afloja un poco, contra mi voluntad.
—¿Cambió sus hábitos de lectura por una chica que ni siquiera sabía que existía?
—Cambié muchas cosas por esa chica, sin saber en su momento que algún día tendría la oportunidad de decírselo.
Nos quedamos de pie, uno frente al otro, en un silencio que ya no se siente tan cargado de tensión como los anteriores, sino de algo más suave, más parecido a la curiosidad genuina.
—Quiero mostrarte algo —dice, cambiando al tuteo por primera vez desde que nos conocimos, un gesto pequeño que no pasa desapercibido para ninguno de los dos—. Si estás dispuesta.
Asiento, y me guía hasta un estudio más pequeño, al final del pasillo, donde hay una caja sobre el escritorio. La abre sin decir nada, y dentro encuentro recortes de periódico, fotografías, incluso una entrada de teatro vieja de una obra a la que, según recuerdo vagamente, asistí hace años con mi madre.
—Draco. —La voz me sale temblorosa—. Esto es...
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Editado: 15.08.2026