Los cuatro días que siguen a la tarde en casa de Draco transcurren de una forma que no esperaba: con una especie de tregua frágil entre nosotros, hecha de mensajes cortos que él empieza a enviarme sin que nadie se lo pida, de flores que llegan sin tarjeta pero que reconozco perfectamente como suyas, de una atención que ya no se siente calculada sino, extrañamente, genuina.
No hablamos de lo que pasó esa tarde. No hace falta. Vive entre nosotros como un secreto compartido, algo que cambió el terreno bajo nuestros pies sin que ninguno de los dos necesite nombrarlo en voz alta todavía.
Estoy probándome el vestido azul —Renata terminó de ajustarlo ayer, y debo admitir que Draco tenía razón: el azul oscuro me sienta mejor de lo que el blanco jamás lo habría hecho— cuando mi teléfono suena con un número que no reconozco.
—¿Camila Ferrer?
—Sí, ¿quién habla?
—Mi nombre es Elena Vasconcelos. Creo que deberíamos hablar antes de que cometas el error de tu vida.
El nombre no me dice nada al principio, pero algo en el tono de su voz —frío, seguro de sí mismo de una manera que reconozco porque la he visto en Draco— me pone en alerta de inmediato.
—¿De qué se trata esto?
—De Draco. De la boda. De todo lo que él probablemente no te ha contado. —Hace una pausa calculada—. ¿Podemos vernos? Hoy, si es posible. Creo que mereces saber en qué te estás metiendo antes de que sea demasiado tarde.
Elena me espera en una cafetería discreta en las afueras de la ciudad, lejos de cualquier lugar donde alguien pudiera reconocerla o reconocerme a mí. Es hermosa de una manera fría y estudiada, con el tipo de elegancia que se entrena, no que se hereda, y cuando me siento frente a ella, sus ojos me recorren con la misma atención quirúrgica que le he visto a Draco en más de una ocasión.
—Gracias por venir —dice, sin sonreír—. Sé que esto debe parecerte extraño.
—Extraño es poco. ¿Quién eres exactamente?
—Trabajé para Draco. Durante cuatro años, hasta hace ocho meses. —Remueve su café sin beberlo, un gesto que reconozco porque yo hago lo mismo cuando estoy nerviosa—. Dirigía la división de expansión internacional de Marchetti Holdings. Y sí, antes de que preguntes, también fui algo más que su empleada, durante un tiempo.
Algo frío se instala en mi estómago, aunque intento no dejar que se note en mi cara.
—No sé por qué debería importarme tu historia con él.
—Debería importarte porque, hasta hace tres años, Draco y yo teníamos un acuerdo. No formal, no público, pero real. —Su voz se mantiene neutra, casi profesional, lo cual hace que sus palabras suenen todavía más creíbles—. Y entonces, de la nada, empezó a investigar a la familia Ferrer. Empezó a desviar recursos hacia un préstamo que no tenía ningún sentido estratégico para la empresa. Empezó a hablar de ti, aunque nunca te había conocido, con una obsesión que en su momento atribuí a una nueva estrategia de negocios.
—¿Qué estás insinuando?
—No insinúo nada. —Se inclina hacia adelante, y por primera vez veo algo parecido al dolor genuino debajo de su fachada calculada—. Draco lleva años enamorado de una idea, Camila. De un recuerdo. De una fotografía de una chica de dieciséis años leyendo en un rincón. No de ti, la persona real, con defectos y decisiones propias. De una fantasía que construyó en su cabeza y que decidió, un día, ir a buscar como quien busca cualquier otro activo que le falta para completar su colección.
Las palabras aterrizan en un lugar que ya estaba herido, un lugar de duda que había empezado a cerrarse en los últimos días y que ahora se abre de nuevo, más ancho que antes.
—¿Por qué me cuentas esto? —pregunto, con la voz más firme de lo que me siento por dentro—. ¿Qué ganas tú diciéndome todo esto?
Elena se queda callada un momento, y cuando responde, su voz pierde parte de la frialdad calculada de antes.
—Porque yo también creí que lo conocía. Durante cuatro años pensé que sabía exactamente quién era Draco Marchetti, y resultó que solo conocía la parte de él que quería mostrarme. —Sus ojos se humedecen ligeramente, aunque se recompone rápido—. No te digo esto para hacerte daño. Te lo digo porque alguien debería habérmelo dicho a mí, antes de que perdiera cuatro años de mi vida en un hombre que ya tenía el corazón puesto en otra parte, aunque él mismo tardara años en admitirlo.
Salgo de esa cafetería con más preguntas de las que tenía al entrar, y con una sensación incómoda instalada en el pecho que no logro sacudirme durante todo el camino de regreso a casa.
Encuentro a Draco esperándome en la entrada de mi casa cuando llego, algo inusual, ya que normalmente coordina las visitas con antelación. Su expresión, tensa y alerta, me dice que ya sabe dónde he estado.
—Elena te llamó. —No es una pregunta.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque uno de mis contactos la vio contigo en esa cafetería hace una hora, y porque conozco a Elena lo suficiente para saber exactamente qué tipo de historia decidió contarte. —Su mandíbula está tensa, sus manos cerradas en puños que intenta, sin mucho éxito, disimular—. ¿Puedo pasar? Necesito explicarte lo que realmente pasó entre nosotros.
Lo dejo entrar, más por necesidad de respuestas que por generosidad, y nos sentamos en el salón, con una distancia entre los dos que se siente más grande de la que había habido en días.
—Elena y yo tuvimos una relación —empieza, sin rodeos—. Durante casi dos años, mientras ella trabajaba para mí. Fue real, en la medida en que algo puede ser real cuando una parte de ti sabe, desde el principio, que no puede darle a la otra persona todo lo que necesita.
—Ella dijo que la dejaste cuando empezaste a investigarnos a mi padre y a mí.
—Es cierto. —No lo dice con orgullo, sino con la misma incomodidad cruda que ha mostrado cada vez que hemos hablado de temas difíciles—. No fue elegante cómo terminó. Ella merecía una conversación honesta, no la distancia progresiva que le ofrecí mientras yo intentaba entender qué estaba pasando conmigo mismo. Fue un error. Uno de los muchos errores que he cometido en todo este proceso.
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Editado: 15.08.2026