El precio de su apellido

Capítulo 7

Paso el día siguiente sin ver a nadie. Le pido a mi asistente de toda la vida, Marisol, que cancele todo lo que quede en la agenda de los preparativos, y me encierro en mi antigua habitación, la que todavía conserva los pósters descoloridos de la adolescencia y los libros que leía antes de que mi vida se convirtiera en una negociación entre hombres que decidían mi futuro sin preguntarme.

Necesito pensar sin la voz de Draco en la cabeza, sin el perfume de las flores que sigue enviando, sin la sensación todavía fresca de sus manos en mi piel. Necesito encontrar mi propia voz en medio de todo esto, la que llevo semanas ahogando bajo el ruido de decisiones que otros tomaron por mí.

Saco una libreta vieja, de cuando todavía escribía cosas solo para mí misma, y empiezo a anotar, sin ningún orden particular, todo lo que sé con certeza.

Sé que mi padre cometió un error que ahora yo tengo que pagar.

Sé que Draco construyó una estrategia financiera alrededor de un sentimiento de adolescente que nunca superó.

Sé que ese mismo hombre lloró —casi, casi lloró— cuando admitió que me habría perdido para siempre por cobardía.

Sé que cuando me tocó por primera vez, sentí algo que no había sentido con nadie más, algo que no puedo fingir ni forzar.

Sé que Elena está herida, y que su dolor es real, aunque eso no signifique automáticamente que su versión de la historia sea la única verdad.

Miro la lista durante mucho rato, y al final entiendo algo que llevaba días evitando admitir: no existe una versión de esta historia donde todas las partes queden completamente limpias. Ni Draco, ni mi padre, ni siquiera yo, que en algún momento de las últimas semanas dejé de resistirme del todo y empecé, en secreto, a desear que esto funcionara.

La pregunta nunca fue si Draco es perfecto. La pregunta es si lo que hay entre nosotros, con todas sus grietas y su origen imposible de justificar del todo, merece una oportunidad real.

Por la tarde, Valentina aparece de nuevo, esta vez sin café, con una expresión seria que no le había visto hasta ahora.

—Vengo a decirte algo que probablemente no debería decirte —empieza, sentándose frente a mí sin ceremonias—, pero ya rompí esa regla una vez contigo, así que qué más da.

—Te escucho.

—Draco no ha dormido en tres días. —Su voz pierde parte de su firmeza habitual—. Lo conozco desde que nací, Camila. Lo vi enterrar a nuestro padre sin derramar una sola lágrima en público. Lo vi cerrar acuerdos que hundieron a competidores enteros sin que le temblara el pulso. Nunca, en treinta y dos años, lo había visto tan fuera de control como estos últimos tres días, desde que Elena te llamó.

—¿Qué se supone que debo hacer con esa información?

—Nada, si no quieres. —Se encoge de hombros, aunque su mirada sigue seria—. Solo quería que supieras que, sea lo que sea que decidas, no eres la única cuya vida está en juego en esta decisión. Mi hermano lleva años construyendo su vida entera, sin saberlo del todo, alrededor de la posibilidad de este momento. Si decides que no puedes confiar en él, respétalo. Pero no dudes de que, para él, esto nunca fue solo estrategia. Aunque empezara así.

Se va tan rápido como llegó, dejándome con una imagen nueva en la cabeza: Draco, el hombre que reorganiza salas enteras con su sola presencia, sin dormir, aterrado de perder algo que pasó años construyendo con la paciencia obsesiva de quien no sabe hacer las cosas de otra manera.

Esa noche, decido que necesito verlo. No para darle una respuesta todavía, sino porque hay una pregunta que solo puedo hacerle mirándolo a los ojos, sin la distancia de un teléfono ni la interferencia de terceros que tienen sus propias versiones de la verdad.

Llego a su casa sin avisar, algo que nunca había hecho, y es su ama de llaves quien me abre la puerta, sorprendida de verme a esa hora.

—Está en el estudio, señorita Ferrer. No ha salido de ahí en todo el día.

Lo encuentro exactamente donde dijo Valentina que estaría: sentado en el suelo del pequeño estudio donde me mostró la caja de recuerdos, con la caja abierta de nuevo frente a él, rodeado de fotografías y recortes que ha debido revisar cientos de veces en los últimos días. No lleva la ropa impecable de siempre; la camisa está arrugada, hay sombras oscuras bajo sus ojos que no había visto antes, y por un instante, antes de que note mi presencia, veo a un hombre completamente distinto del que conocí en aquel restaurante hace semanas.

—Camila. —Se levanta rápido, como si mi presencia lo hubiera sacado de un trance—. No esperaba...

—Lo sé. No avisé.

Nos quedamos de pie, uno frente al otro, con la caja de recuerdos entre nosotros como testigo silencioso de todo lo que hemos construido y destruido en las últimas semanas.

—Tengo una pregunta —digo, y mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Solo una. Y necesito que me la respondas sin calcular, sin estrategia, sin ninguna de las herramientas que usas normalmente para conseguir lo que quieres.

—De acuerdo.

—Si mañana yo decidiera no casarme contigo. Si decidiera que esto es demasiado, que el origen de todo esto está demasiado roto para construir algo real encima. ¿Qué harías?

Draco se queda callado un momento largo, y veo en su rostro el esfuerzo genuino de responder con honestidad, no con la respuesta que cree que quiero escuchar.

—Cancelaría el contrato —dice al fin—. Perdonaría la deuda de tu padre sin condiciones, sin pedir nada a cambio, aunque eso signifique perder una cantidad de dinero que la mayoría de la gente consideraría una locura. Y luego... —Su voz se quiebra un poco—. Luego probablemente pasaría el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado si hubiera encontrado una manera mejor de acercarme a ti. Pero no te obligaría a nada. Nunca más, después de esto.

—¿Aunque eso signifique perderme para siempre?

—Aunque signifique eso. —Da un paso hacia mí, despacio—. Camila, cometí muchos errores para llegar a este punto. Pero el error que no pienso cometer es obligarte a quedarte conmigo por deuda, ni por miedo, ni por nada que no sea, al final, tu propia elección. Si vas a casarte conmigo mañana, necesito que sea porque lo eliges, no porque no ves otra salida.




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