El precio de su apellido

Capítulo 8

Amanezco antes de que suene cualquier alarma, con el corazón latiendo a un ritmo que no sé todavía si es de miedo o de anticipación, probablemente de ambos a la vez. La luz entra tímida por la ventana de mi antigua habitación, y me quedo tumbada un momento, mirando el techo, dejando que la certeza de la noche anterior se asiente de nuevo en mi pecho antes de levantarme a enfrentar un día que va a cambiar mi vida de manera irreversible.

Marisol llega temprano, cargada de la energía nerviosa de quien lleva semanas organizando este día con la precisión de una operación militar, y detrás de ella entra mi padre, ya vestido con un traje que no le había visto usar desde el funeral de mi madre, con una expresión que mezcla orgullo y culpa de una manera que reconozco perfectamente porque la he sentido en carne propia estas últimas semanas.

—Estás hermosa —dice, con la voz un poco rota—. Tu madre habría estado orgullosa.

—Papá.

—Sé que no es la boda que soñabas de niña. —Se acerca, y por primera vez en semanas, me abraza como solía hacerlo antes de que todo esto empezara, sin la distancia culpable que se instaló entre nosotros desde el día del contrato—. Pero quiero que sepas que, viéndote ahora, viendo cómo has enfrentado todo esto... nunca he estado más orgulloso de ti.

Me permito, por un instante, apoyar la cabeza en su hombro, dejando que el momento sea simple, sin cálculos ni contratos ni dudas, solo un padre y una hija el día de una boda que ninguno de los dos eligió del todo, pero que ambos hemos decidido, cada uno a su manera, aceptar con la cabeza en alto.

El vestido azul de Renata es, tengo que admitirlo, una obra de arte. La tela cae con un peso perfecto, oscura como el cielo justo antes de una tormenta, y cuando me miro al espejo por última vez antes de salir hacia la ceremonia, no veo a la chica asustada del despacho de mi padre hace semanas. Veo a alguien distinta, más firme, alguien que decidió, contra todo pronóstico, elegir su propio camino dentro de las circunstancias imposibles que le tocaron.

—Draco tenía razón sobre el color —digo, más para mí misma que para Marisol, que ajusta el velo con dedos ágiles.

—El señor Marchetti parece tener razón sobre bastantes cosas, por lo que he visto estas últimas semanas.

No respondo, pero sonrío, un gesto pequeño que Marisol capta y que la hace sonreír también, aliviada quizás de ver algo parecido a la felicidad en mi rostro después de semanas de verme tensa y distante.

La ceremonia se celebra en los jardines de una propiedad que pertenece a la familia Marchetti desde hace generaciones, un lugar que Draco eligió, según me contó Valentina, precisamente porque no quería que nuestra boda ocurriera en ninguno de los lugares fríos y corporativos donde normalmente cierra sus negocios. Las sillas están dispuestas entre árboles centenarios, hay flores blancas y azules —otra vez ese azul, el mismo que eligió para mi vestido— y una luz dorada de última hora de la tarde que hace que todo el lugar parezca sacado de un sueño que no me pertenece del todo, pero que empiezo, despacio, a reclamar como propio.

Camino hacia el altar del brazo de mi padre, sintiendo cada mirada de los invitados —la mayoría desconocidos para mí, socios de negocios y familiares lejanos de los Marchetti— como un peso que decido, deliberadamente, ignorar. La única mirada que me importa está al final del pasillo, esperándome junto al altar, y cuando finalmente la encuentro, todo lo demás desaparece.

Draco lleva un traje oscuro, sin corbata, con la camisa desabrochada en el cuello de la misma manera despreocupada y deliberada que llevaba la noche que lo conocí, pero hay algo distinto en su expresión hoy: no hay nada del cálculo frío de aquella primera cena. Solo hay algo crudo y abierto, algo que se parece peligrosamente a la esperanza, mientras me observa recorrer el pasillo hacia él.

Cuando llego a su lado, mi padre coloca mi mano en la suya con un gesto solemne, y por un instante los tres compartimos un silencio cargado de todo lo que ha pasado para llegar hasta aquí: la deuda, el miedo, las dudas, la decisión final tomada anoche con los ojos abiertos.

—Cuídala —dice mi padre, con la voz quebrada.

—Con mi vida —responde Draco, y algo en la manera en que lo dice, sin ningún rastro de la fórmula vacía que suelen ser esas palabras en las bodas convencionales, me hace creerle por completo.

La ceremonia transcurre en una especie de nebulosa cálida que solo recordaré después en fragmentos: el oficiante hablando de compromiso y de nuevos comienzos sin saber la historia real detrás de esas palabras; Valentina en la primera fila, secándose discretamente las lágrimas con un pañuelo que claramente llevaba preparado; mi padre, de pie junto a mí, con la espalda más recta de la que ha tenido en semanas.

Cuando llega el momento de los votos, Draco se aparta del guion que probablemente sus abogados o algún asesor de protocolo le sugirieron, y habla directamente, con la voz baja pero firme, mirándome a los ojos como si no hubiera nadie más en el jardín entero.

—Camila. —Hace una pausa, buscando las palabras con el mismo cuidado que ha usado en cada conversación difícil que hemos tenido—. Empecé este camino de la peor manera posible. Con cálculo, con estrategia, con un plan construido alrededor de un recuerdo que llevaba años sin saber cómo soltar. No voy a fingir hoy que eso no pasó, ni voy a pedirte que finjas que lo olvidaste.

Un murmullo suave recorre a los invitados, que no entienden del todo la referencia, pero que sienten, como yo, el peso genuino de sus palabras.

—Lo que sí te prometo —continúa— es que, a partir de hoy, cada decisión que tome respecto a nosotros vendrá de otro lugar. No del control. No del cálculo. Vendrá de la misma verdad simple que sentí la primera vez que te vi, hace años, sin saber siquiera tu nombre completo: que eres, sin ninguna duda, lo mejor que le ha pasado a mi vida entera. Prometo ganarme, cada día, el lugar que hoy me estás regalando a tu lado, aunque tarde el resto de mi vida en merecerlo del todo.




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