La villa se alza sobre un acantilado en la costa de Amalfi, blanca y antigua, con las paredes cubiertas de buganvillas que dejan caer pétalos morados sobre las terrazas de piedra cada vez que sopla el viento del mar. Elegí este lugar hace meses, mucho antes de saber si Camila terminaría aceptando casarse conmigo de verdad, porque necesitaba tener un sitio preparado donde el mundo no pudiera alcanzarnos, aunque fuera solo durante unos días.
Llegamos al atardecer, cuando el sol cae despacio sobre el Tirreno y tiñe el agua de un naranja quemado que se refleja en las ventanas de la villa como si el edificio entero ardiera por dentro sin consumirse. El aire huele a sal, a limones de los árboles que crecen junto al camino de entrada, a la tierra caliente que todavía guarda el calor del día aunque el sol ya se esté yendo.
—Draco. —Camila se detiene en el umbral, con los ojos muy abiertos, olvidando por un momento la maleta que un empleado ya se ha llevado hacia el interior—. Es... no tengo palabras.
—No hace falta que las tengas.
La observo mientras camina hacia la terraza principal, con los pies descalzos —se quitó los zapatos apenas bajamos del coche, un gesto pequeño de libertad que me hace sonreír sin que ella lo note—, y se detiene junto a la barandilla de piedra caliza, mirando el mar que se extiende hasta donde la vista alcanza, un azul cada vez más oscuro a medida que el sol termina de esconderse tras el horizonte.
Las gaviotas gritan a lo lejos, sobre las rocas que se hunden en el agua varios metros por debajo de nosotros, y el sonido de las olas rompiendo contra la piedra sube hasta la terraza en un ritmo constante, casi hipnótico, el tipo de sonido que uno podría escuchar durante horas sin cansarse.
—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto? —pregunta, sin apartar la vista del mar.
—Desde que empecé a permitirme creer que existía la posibilidad de que dijeras que sí.
Se gira hacia mí, con el pelo suelto moviéndose con la brisa salada, y por un instante el mundo entero se reduce a la manera en que la luz dorada del atardecer le ilumina el rostro, dibujando sombras suaves bajo sus pómulos, encendiendo destellos cobrizos en un cabello que hasta ahora solo había visto bajo luces artificiales de oficinas y restaurantes.
Cenamos en la terraza esa noche, bajo un cielo que se llena de estrellas de una manera que la ciudad nunca permite ver, con velas repartidas sobre la mesa que proyectan sombras cálidas contra la piedra blanca de la villa. El personal se ha retirado ya, dejándonos completamente solos por primera vez desde la boda, y el silencio entre nosotros no tiene nada de incómodo: es un silencio lleno, cargado de la misma sensación de posibilidad que llevo sintiendo toda la tarde.
—Prueba esto —dice Camila, ofreciéndome un trozo de la burrata que trajeron con la cena, fresca y cremosa, con un hilo de aceite de oliva local que brilla bajo la luz de las velas—. Nunca había probado algo así.
La pruebo, y tiene razón: hay algo distinto en la comida de aquí, más simple y más intensa a la vez, como si cada ingrediente hubiera sido elegido por su capacidad de recordarte exactamente dónde estás.
Hablamos poco de negocios, poco del mundo que dejamos atrás en la ciudad. Hablamos de libros —descubro que Camila ha leído casi todo lo que hay en mi estantería, y algunos títulos que ni siquiera yo conocía—, de su madre, de quien habla con una ternura que hace que sienta una punzada de algo parecido a los celos, no hacia la persona sino hacia el tiempo que no tuve para conocerla también. Hablamos de mi padre, del peso de heredar un apellido que él construyó a base de decisiones que yo mismo no siempre habría tomado.
Es la conversación más larga y más honesta que hemos tenido desde que nos conocimos, sin la urgencia de una decisión pendiente entre nosotros, sin contratos ni plazos ni amenazas externas. Solo dos personas, aprendiendo despacio los detalles pequeños del otro que las semanas de crisis no habían dejado espacio para descubrir.
Al día siguiente, bajamos caminando por un sendero estrecho tallado en la roca que lleva hasta una cala pequeña, casi escondida, a la que solo se puede llegar a pie desde la villa. El camino serpentea entre matorrales de romero silvestre que perfuman el aire cada vez que los rozamos al pasar, y desde ahí arriba se puede ver el pueblo de Positano extendiéndose en cascada por la ladera de la montaña, casas de colores pastel amontonadas unas sobre otras como si hubieran crecido directamente de la roca.
El agua en la cala es de un turquesa tan claro que se puede ver el fondo rocoso incluso a varios metros de profundidad, y cuando finalmente nos metemos, el frío inicial da paso rápido a una sensación envolvente y refrescante que contrasta con el calor del sol de mediodía sobre nuestros hombros.
Camila nada con una soltura que no esperaba, alejándose unos metros de la orilla antes de girarse para mirarme, con el pelo mojado pegado a la cara y una sonrisa que no había visto todavía, libre de cualquier tensión, de cualquier cálculo.
—¿Qué? —pregunta, notando cómo la observo.
—Nada. Solo estoy intentando memorizar este momento exacto.
Se acerca nadando despacio, hasta quedar frente a mí, con el agua salpicando entre los dos cada vez que movemos los brazos para mantenernos a flote.
—¿Por qué este momento en particular?
—Porque es la primera vez que te veo completamente libre. —Le aparto un mechón de pelo mojado de la frente, un gesto que ya empieza a sentirse natural entre nosotros—. Sin nada que resolver. Sin nadie observándonos. Solo tú, siendo exactamente quien eres cuando nadie te está pidiendo nada.
Su expresión se suaviza, y por un momento el único sonido es el del agua moviéndose suavemente a nuestro alrededor, las olas pequeñas rompiendo contra las rocas cercanas, alguna gaviota lejana cruzando el cielo despejado sobre nosotros.
—Me gusta esta versión de nosotros —dice, en voz baja.
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Editado: 15.08.2026