# Capítulo 10
Regresamos a la ciudad un martes por la mañana, y el contraste es inmediato: el aire ya no huele a limones ni a sal, sino a asfalto caliente y a la prisa de miles de personas que no tienen ni idea de que, para mí, el mundo cambió por completo hace apenas una semana. Draco ha estado callado desde el vuelo, más callado de lo habitual, y aunque le pregunté dos veces si algo pasaba, ambas veces respondió con una sonrisa demasiado rápida y un "solo cansancio" que no terminé de creerme del todo.
No insisto. Todavía estoy aprendiendo los límites de esta nueva vida, y una parte de mí decide, por ahora, darle el beneficio de la duda.
La casa nos recibe en silencio, ordenada y fría después de una semana vacía, y apenas hemos dejado las maletas en el vestíbulo cuando su teléfono suena por tercera vez en media hora.
—Tengo que ir a la oficina —dice, guardándose el teléfono en el bolsillo con un gesto brusco que no le había visto antes—. Algo urgente con un proveedor.
—¿Todo bien?
—Todo bien. —Me besa la frente, rápido, casi mecánico, y sale por la puerta antes de que pueda preguntar nada más.
Me quedo de pie en el vestíbulo de mi nueva casa, todavía con el olor a mar pegado a la piel, preguntándome si esta va a ser la nueva normalidad: paréntesis de felicidad interrumpidos por urgencias que nadie me explica del todo.
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Marisol me visita esa tarde, con la excusa de ayudarme a organizar algunas cosas que trajimos del viaje, aunque sospecho que en realidad viene porque le preocupa cómo estoy adaptándome a todo esto.
—¿Cómo estuvo Italia? —pregunta, doblando ropa sobre la cama mientras yo reviso el correo que se acumuló durante la semana.
—Hermoso. De verdad, Marisol, no tengo palabras para describir la villa, el mar, los pueblos...
—Pero.
Me detengo, sorprendida de que me conozca lo suficiente para escuchar el "pero" que ni siquiera había pronunciado.
—Pero volvimos y él ya está distinto. Distraído. Se fue corriendo a la oficina apenas llegamos.
—Es un hombre que dirige un imperio, Camila. Eso no se detiene ni siquiera por una luna de miel.
—Lo sé. —Suspiro, dejando el correo a un lado—. Es solo que... prometió que no habría más secretos. Y siento que ya está guardando algo.
Marisol se sienta a mi lado, con la seriedad de quien lleva años trabajando para mi familia y conoce, quizás mejor que nadie, la diferencia entre la preocupación razonable y la paranoia.
—Dale tiempo antes de sacar conclusiones. Los hombres como Draco Marchetti no llegan a construir lo que él construyó siendo transparentes con todo el mundo todo el tiempo. Eso no significa que te esté mintiendo a ti. Significa que todavía está aprendiendo a compartir el control con alguien más.
Quiero creerle. Decido, por ahora, intentarlo.
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Esa noche, Draco regresa tarde, con la corbata aflojada y una expresión de cansancio que no logra disimular del todo. Lo encuentro en el estudio, sirviéndose un whisky que no es su costumbre beber entre semana, y me siento frente a él, decidida a no dejar que la distancia crezca sin al menos intentar cerrarla.
—¿Vas a contarme qué pasó hoy? —pregunto, directamente, sin rodeos.
Draco se queda callado un momento, con el vaso a medio camino de sus labios, y por un instante veo el debate silencioso detrás de sus ojos: la tentación de minimizar, de decir "solo trabajo", contra la promesa que hizo la noche antes de la boda.
—Hubo un problema con la expansión que estamos negociando en el sudeste asiático —dice al fin, y aunque no es toda la verdad —lo sospecho por la manera en que evita mi mirada un segundo de más—, al menos es algo real, algo que puedo verificar—. Uno de nuestros socios locales, una empresa llamada Tanaka Group, se está echando atrás en los términos que habíamos acordado hace meses.
—¿Qué tipo de términos?
Draco me mira, sorprendido quizás de que pregunte con este nivel de interés, y algo en su expresión se suaviza.
—¿De verdad quieres que te lo explique? No es precisamente una conversación romántica para nuestra primera noche de vuelta.
—Quiero entender tu mundo, Draco. Todo tu mundo, no solo la parte bonita.
Asiente, despacio, y por primera vez desde que lo conozco, empieza a explicarme los detalles de una negociación real, con la misma seriedad con la que hablaría con cualquiera de sus socios.
—Llevamos ocho meses trabajando en la adquisición de una cadena de distribución logística en el sudeste asiático. La idea es simple, aunque la ejecución no lo es: Marchetti Holdings necesita presencia física en esa región para poder competir con los grandes conglomerados que ya dominan las rutas comerciales entre Asia y Europa. Sin infraestructura propia ahí, dependemos de terceros para mover cualquier producto, y eso nos hace vulnerables a cambios de precio, a retrasos, a decisiones que no controlamos.
—¿Y Tanaka Group es quien tiene esa infraestructura?
—Exacto. Es una empresa familiar, de tercera generación, con almacenes y rutas de distribución en seis países distintos. El acuerdo original contemplaba una fusión parcial: nosotros aportamos capital para modernizar su infraestructura tecnológica, ellos aportan la red física y el conocimiento del mercado local, y dividimos las ganancias según un porcentaje que negociamos durante meses.
—¿Qué salió mal?
Draco se pasa una mano por el cabello, un gesto de frustración genuina que reconozco de otras conversaciones difíciles.
—El hijo del fundador, que va a heredar el control de la empresa en los próximos años, decidió que el porcentaje que negociamos con su padre ya no le parece justo. Quiere renegociar los términos ahora que ya invertimos capital significativo en el proceso de due diligence, lo cual, francamente, es una jugada sucia. Sabe que hemos gastado meses y una cantidad considerable de dinero en abogados y auditores, y está usando eso como palanca para exigir condiciones mejores de las que su propio padre aceptó.
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Editado: 15.08.2026