El precio de su apellido

Capítulo 11

Camila

Llego a la casa de mi infancia a media mañana, y el lugar se siente distinto de la última vez que estuve aquí, la mañana de la boda: más silencioso, más vacío, como si mi padre hubiera dejado de intentar mantener las apariencias de una vida que ya no puede sostener del todo solo.

Lo encuentro en el jardín trasero, sentado en el banco de piedra donde solía leer el periódico los domingos cuando yo era niña, con una taza de café que ya se enfrió hace rato entre las manos.

—Papá.

Levanta la vista, y hay algo en su expresión —una mezcla de alivio y de miedo— que me pone alerta de inmediato.

—Gracias por venir.

Me siento a su lado, en el mismo banco donde tantas veces me contó historias antes de dormir cuando era pequeña, y espero, dándole el espacio que necesita para encontrar las palabras.

—Recibí una llamada ayer —dice al fin—. De una mujer. Elena Vasconcelos.

El nombre cae entre nosotros como una piedra, y siento el estómago encogerse de una manera que ya reconozco, la misma sensación de antes de la boda cuando todo empezó a complicarse.

—¿Qué quería?

—Preguntarme sobre los términos exactos del préstamo original. Sobre cuándo empezó Draco a mostrar interés en la empresa, específicamente. —Mi padre se frota los ojos, cansado—. Camila, me hizo preguntas muy específicas. Sobre fechas. Sobre si Draco pidió información sobre ti antes o después de que la empresa empezara a tener problemas financieros reales.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad, porque no tenía ninguna razón para mentirle. —Su voz se vuelve más tensa—. Draco empezó a investigarnos casi dos años antes de que la empresa entrara en verdadera crisis. Cuando todavía estábamos, técnicamente, estables. Fue él quien, indirectamente, a través de decisiones que tomó en el mercado, aceleró algunos de los problemas que terminaron llevándonos a necesitar ese préstamo con tanta urgencia.

Las palabras aterrizan despacio, cada una más pesada que la anterior, hasta que entiendo del todo lo que mi padre está diciendo.

—¿Estás diciendo que Draco provocó, de alguna manera, la crisis que nos llevó a necesitarlo a él?

—No estoy seguro del todo. —Mi padre me mira, con una honestidad dolorosa en los ojos—. En su momento, atribuí ciertas dificultades a la volatilidad normal del mercado. Un proveedor importante que de pronto subió precios sin razón aparente. Un cliente grande que canceló un contrato de forma inesperada. En su momento no até esos puntos —continúa, más despacio—. Pero Elena insistió en que revisara fechas. Y cuando lo hice anoche, encontré una coincidencia que no puedo ignorar: el proveedor que subió precios sin razón pertenece, indirectamente, a una subsidiaria de Marchetti Holdings.

El silencio que sigue se llena solo con el canto de algún pájaro en el jardín, ajeno por completo al peso de lo que mi padre acaba de decir.

—¿Estás diciendo que Draco no solo esperó a que cayéramos en crisis para rescatarnos? ¿Que la provocó él mismo, para tener una excusa de acercarse a mí?

—No lo sé con certeza, Camila. Y por eso no quería decírtelo hasta estar más seguro. Pero no podía seguir callando algo así, ahora que ya estás casada con él.

Siento algo helado instalarse en mi pecho, una traición nueva que se suma a todas las que ya había aceptado perdonar, una que va mucho más allá de lo que Draco admitió en la caja de recuerdos, en el vestíbulo, en cada conversación honesta que creí que habíamos tenido.

—Necesito pensarlo —digo, levantándome, con la cabeza dándome vueltas—. Necesito... necesito tiempo, papá.

—Lo entiendo. —Se levanta también, y me abraza, un gesto que necesito más de lo que esperaba—. Pero prométeme que vas a preguntarle directamente. Merece la oportunidad de explicarse, si es que hay una explicación.

Asiento, aunque por dentro ya siento que algo se ha vuelto a romper, algo que había empezado, con mucho esfuerzo, a repararse durante la última semana en Italia.

Draco

Elena me espera en mi propia oficina cuando llego esa tarde, sentada en una de las sillas frente a mi escritorio como si todavía tuviera derecho a estar ahí, con una carpeta sobre las rodillas que reconozco de inmediato: el mismo tipo de carpeta que uso yo para documentos que no quiero que salgan de mis manos.

—¿Cómo entraste aquí?

—Todavía tengo amigos en este edificio, Draco. Cuatro años dejan huella, incluso después de que alguien decida que ya no le sirves para nada más que para ser descartado.

Me siento detrás del escritorio, decidido a no darle la satisfacción de verme perder la calma, aunque por dentro siento la tensión acumulándose en cada músculo del cuerpo.

—¿Qué quieres, Elena?

—Ya lo sabes. —Desliza la carpeta sobre el escritorio, hacia mí, con un gesto casi ceremonial—. Documentación completa de las decisiones que tomó Marchetti Holdings en el mercado dos años antes de que le ofrecieras el préstamo a Anselmo Ferrer. Contratos con proveedores que de pronto, sin ninguna razón de mercado, decidieron subir precios a Ferrer Industries. Un cliente importante que canceló un pedido justo cuando la empresa más lo necesitaba, un cliente que, casualmente, también tenía negocios con una de tus subsidiarias.

Abro la carpeta, aunque ya sé exactamente lo que voy a encontrar, porque yo mismo firmé, hace años, algunas de las decisiones que ahora Elena presenta como prueba de una manipulación deliberada.

—No fue tan simple como lo estás presentando.

—¿No lo fue? —Su voz se eleva, cargada de una rabia que lleva conteniendo demasiado tiempo—. Trabajé contigo cuatro años, Draco. Vi cómo tomas decisiones. Nada de lo que haces es casualidad. Si una subsidiaria tuya subió precios a un proveedor específico justo cuando Ferrer Industries más lo necesitaba, no fue coincidencia. Fue estrategia.

No respondo de inmediato, porque la verdad es más complicada de lo que Elena está dispuesta a admitir, pero también más incómoda de lo que yo mismo quiero reconocer en voz alta.




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