El precio de su apellido

Capítulo 12

Vuelvo a casa esa tarde con la cabeza llena de preguntas que no sé cómo formular sin que suenen a acusación, aunque sospecho, en el fondo, que ya no importa cómo las formule: la acusación está ahí, instalada en mi pecho desde que salí del jardín de mi padre, creciendo con cada minuto que pasa.

Draco no está en casa cuando llego. Su asistente me informa, por teléfono, que sigue en la oficina, que probablemente llegará tarde. Algo en la manera en que lo dice, con una nota de disculpa innecesaria en la voz, me confirma lo que ya sospechaba: hay algo pasando que va más allá de una simple negociación con un proveedor asiático.

Espero. Camino de un lado a otro del salón, repaso mentalmente cada conversación que hemos tenido desde la boda, cada silencio, cada "necesito unos días" que le di el beneficio de la duda. Miro la caja de recuerdos, todavía en el estudio, y por primera vez desde que la vi, no siento ternura al pensar en ella. Siento la sospecha fría de que quizás nunca me mostró todo lo que había dentro.

Son casi las diez de la noche cuando finalmente escucho la puerta principal abrirse.

Draco entra al salón con la corbata ya aflojada, el mismo cansancio de los últimos días grabado en cada línea de su rostro, y en cuanto me ve, de pie en medio de la habitación con los brazos cruzados, se detiene en seco, como si mi expresión le dijera todo lo que necesita saber antes de que pronuncie una sola palabra.

—Camila.

—¿Ibas a contármelo? —Mi voz sale más firme de lo que esperaba, aunque por dentro siento que todo tiembla—. ¿O ibas a esperar a que lo leyera en un periódico, como amenazó Elena?

El color desaparece de su rostro, y en ese instante, en la manera en que sus hombros caen apenas unos centímetros, tengo la confirmación completa de que todo lo que mi padre me contó esta mañana es cierto.

—¿Cómo lo sabes?

—Mi padre. —Doy un paso hacia él, con una rabia que llevaba horas conteniendo empezando a escapar de su jaula—. Elena lo llamó. Le hizo preguntas sobre fechas, sobre cuándo empezaste a interesarte en nosotros. Y cuando mi padre revisó todo con calma, encontró que uno de los proveedores que subió precios sin ninguna razón de mercado, justo cuando más lo necesitábamos, pertenece a una de tus subsidiarias.

Draco no lo niega. No dice nada durante un momento demasiado largo, y ese silencio, más que cualquier palabra, confirma cada temor que he cargado durante todo el día.

—Iba a contártelo —dice finalmente, con la voz baja—. Elena me dio una semana. Necesitaba tiempo para...

—¿Para qué, Draco? —Mi voz se quiebra, pero no de tristeza, sino de una furia que no sabía que era capaz de sentir con esta intensidad—. ¿Para encontrar la manera de suavizarlo? ¿Para decidir cuánta verdad podía soportar antes de dármela completa? Porque eso es exactamente lo que hiciste antes de la boda también, ¿no? Medir cuánta verdad podía manejar, dosificarla, decidir por mí qué tan rota podía estar la historia antes de mostrármela entera.

—No es tan simple como lo estás pintando.

—¡Entonces explícamelo! —La voz se me sube, resonando en el salón vacío de una manera que nunca había permitido, ni siquiera en los peores días antes de la boda—. Explícame cómo no es tan simple que provocaste, deliberadamente, la ruina de mi familia para tener una excusa de comprarme.

—No provoqué su ruina desde el principio. —Su voz también se eleva, algo que nunca había escuchado en él, la primera grieta real en el control perfecto que mantiene siempre—. Hubo decisiones de mercado, en distintos momentos, por distintas razones, algunas de las cuales coincidieron con oportunidades para acelerar lo que ya estaba pasando con la empresa de tu padre.

—Eso es una manera muy elegante de decir que sí, que lo hiciste a propósito.

—¡No fue todo calculado desde el principio, Camila! —Su voz se rompe, y por primera vez veo algo parecido a la desesperación genuina en su expresión, no la vulnerabilidad cuidada que me mostró antes de la boda, sino algo más crudo, más real—. Hubo un momento, hace dos años, en que vi la oportunidad y no hice nada para detenerla. Eso es lo que hice mal. No inventé la crisis de tu padre desde cero, pero tampoco hice nada para evitarla cuando pude haberlo hecho, porque una parte de mí, la parte más oscura y egoísta que tengo, vio en esa crisis la única manera posible de acercarme a ti.

—Eso es todavía peor. —Las lágrimas empiezan a caer, calientes, imposibles de contener—. Porque significa que tuviste la opción de ser el buen samaritano, el hombre que ayuda sin condiciones, y en cambio elegiste dejar que mi familia sufriera solo para tener una palanca sobre mí.

—Lo sé. —Su voz se quiebra del todo, y por un momento parece que va a llorar, algo que nunca lo he visto hacer, ni siquiera cuando admitió su cobardía en el estudio semanas atrás—. Lo supe entonces, y lo he sabido cada día desde que empezamos esto, y no encontré el valor de decírtelo porque tenía miedo, un miedo real y constante, de que en el momento en que lo supieras completo, exactamente como está pasando ahora mismo, decidieras que no hay ninguna versión de mí que valga la pena perdonar.

—¡No se trata de si valgo la pena perdonar, Draco! —Grito, sin importarme ya si los vecinos pueden escucharnos—. Se trata de que prometiste, la noche antes de la boda, que no habría más secretos. Me miraste a los ojos y me lo prometiste, y una semana después ya estabas guardando algo. Y no cualquier cosa. La verdad más importante de todas, la que explica por qué toda esta historia empezó de la manera más rota posible.

—Tienes razón. —Se pasa las manos por el cabello, un gesto de desesperación pura—. No tengo ninguna excusa que te ofrezca que no suene, incluso para mí mismo, a una justificación patética de mi propia cobardía.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —Mi voz baja de intensidad, pero no de peso, cargándose de algo más triste que la rabia inicial—. Que empecé a confiar en ti. De verdad. En Italia, viendo cómo hablabas de tu padre, escuchándote hablar de negocios conmigo como si mi opinión importara de verdad, empecé a pensar que quizás sí podíamos construir algo real encima de un comienzo tan roto. Y ahora ni siquiera sé si algo de eso fue real, o si solo fue otra versión calculada de ti mismo, diseñada para conseguir exactamente esto: que confiara lo suficiente para no hacer las preguntas correctas.




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