El precio de su apellido

Capítulo 13

Duermo mal las primeras dos noches en casa de mi padre, en mi antigua habitación que todavía huele vagamente a los mismos productos de limpieza de mi infancia, con el peso de la conversación con Draco repitiéndose en bucle cada vez que cierro los ojos. No lo llamo. Él tampoco insiste más allá de un mensaje breve cada mañana —*pensando en ti, sin presión*— que leo y no respondo, aunque cada vez me cuesta más ignorarlo del todo.

Mi padre, por su parte, se mueve por la casa con un cuidado nuevo, como quien camina sobre un suelo que sabe frágil, trayéndome café sin que se lo pida, dejándome espacio sin desaparecer del todo. Al tercer día, finalmente, me encuentra en la cocina antes del amanecer, incapaz de dormir otra vez, y se sienta frente a mí sin decir nada durante un rato largo.

—No sé cómo arreglar esto —dice al fin, con la voz cargada de un cansancio que reconozco porque es el mismo que llevo yo—. No sé si hay algo que pueda decir que compense lo que te hice pasar.

—No se trata de compensar, papá. —Envuelvo la taza caliente entre las manos, buscando algo de calor que combata el frío que llevo dentro desde la pelea con Draco—. Se trata de entender por qué pasó. Y de que yo también entienda mi parte en todo esto.

—Tú no tienes ninguna parte en esto, Camila. Fui yo quien tomó decisiones desesperadas. Fui yo quien no vio venir la manipulación de Draco hasta que ya era demasiado tarde.

—Pero también fui yo quien te dejó de hablar durante semanas después de la boda. —La confesión sale más fácil de lo que esperaba, como si llevara tiempo esperando el momento correcto para decirla—. Quien decidió que era más fácil culparte a ti por completo que reconocer que ambos estábamos atrapados en decisiones imposibles, tomadas bajo presiones que ninguno de los dos eligió.

Mi padre se queda callado, sorprendido quizás de escuchar algo parecido al perdón en mi voz, algo que ninguno de los dos se había permitido ofrecer del todo desde el día del contrato.

—Te fallé —dice finalmente, con los ojos brillantes—. Como padre, te fallé. Debí haber encontrado otra manera, cualquier otra manera, antes de aceptar los términos de Draco.

—Quizás no había otra manera, papá. —Alargo la mano y aprieto la suya sobre la mesa, un gesto pequeño que se siente enorme después de semanas de distancia entre nosotros—. Draco se aseguró de eso, ¿no? Manipuló el mercado para que no la hubiera. Eso no es tu culpa. Es la suya.

—Aun así, elegí no contártelo desde el principio. Elegí protegerte de la verdad completa, de la misma manera en que Draco eligió hacerlo después. —Su voz se quiebra un poco—. Creo que los dos aprendimos, cada uno a su manera, que protegerte de la verdad nunca funciona como creemos que va a funcionar. Solo pospone el dolor, lo hace más grande cuando finalmente llega.

Sus palabras se quedan resonando en mi cabeza mucho después de que termina de hablar, porque hay algo ahí, en la manera en que nombra el patrón, que ilumina algo que no había terminado de entender del todo sobre mi propia rabia hacia Draco.

—Te perdono, papá —digo finalmente, y siento el peso de las palabras aligerar algo en mi pecho que llevaba semanas cargando sin saberlo del todo—. No porque lo que hiciste estuviera bien, sino porque entiendo que estabas tan atrapado como yo, quizás más, cargando con la culpa de haberme puesto en esa posición sin haberlo elegido tú tampoco del todo.

Mi padre llora entonces, sin ningún intento de contenerse, y me levanto para abrazarlo, sintiendo, por primera vez desde el día del contrato, que algo entre nosotros vuelve a estar completo, o al menos en el camino de estarlo.

Esa misma tarde, mientras ordeno algunas cosas en mi antigua habitación, encuentro, guardada en el fondo de un cajón que no había abierto en años, una libreta vieja donde solía anotar pensamientos de adolescente, listas de libros por leer, fragmentos de historias que nunca terminé de escribir. La hojeo con una nostalgia extraña, y en algún punto, entre páginas llenas de letra desordenada, encuentro una entrada de hace años que no recordaba haber escrito:

*Hoy en la gala vi a un chico que me miraba raro desde el otro lado del salón. No hablamos. No sé quién es. Pero por un momento sentí que alguien, en medio de toda esa gente aburrida, realmente me estaba viendo, no solo mirando de reojo mientras habla de negocios con mi padre.*

Me quedo mirando las palabras durante mucho rato, con un escalofrío recorriéndome la espalda. No tenía ni idea, en ese momento, de que la persona que me observaba desde el otro lado del salón terminaría, años después, comprando literalmente mi futuro para tener la oportunidad de acercarse a mí. Pero tampoco recordaba haber sentido, aquella noche, algo parecido a lo que describí en esta página: la sensación extraña de ser vista de verdad, incluso a la distancia, incluso sin palabras.

Es una pieza más del rompecabezas que llevo días intentando armar, y aunque no cambia nada de lo que Draco hizo mal, sí me hace pensar en la complejidad real de lo que empezó entre nosotros mucho antes de que cualquiera de los dos supiera nombrarlo.

Decido, esa noche, que necesito escuchar la historia completa desde la única persona que la conoce sin ningún filtro de amor ni de culpa: Elena.

No le digo a mi padre a dónde voy. No le digo a Draco tampoco, aunque una parte de mí sospecha que, de alguna manera, él se va a enterar de todas formas, con la misma red de información que parece tener sobre todo lo demás en mi vida. Consigo el número de Elena a través de Marisol, que todavía guarda contactos de las semanas de investigación antes de la boda, y le envío un mensaje breve, directo:

*Soy Camila. Necesito hablar contigo. Sin filtros esta vez. ¿Podemos vernos?*

Responde en minutos, con una dirección distinta a la cafetería de la primera vez, un pequeño parque cerca del río donde, según explica, suele ir a pensar cuando necesita alejarse de todo.




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