El precio de su apellido

Capítulo 15

Camila

Mi padre me llama a la cocina esa mañana con una expresión que no le había visto en semanas: no la culpa constante que ha cargado desde el día del contrato, sino algo parecido al asombro genuino.

—Llegó esto —dice, deslizando un sobre grueso sobre la mesa—. De los abogados de Draco.

Lo abro con manos que no terminan de estar firmes, y dentro encuentro el documento original del contrato matrimonial, con una nueva cláusula adjunta, firmada y sellada: la anulación completa de la vinculación entre la deuda de Ferrer Industries y nuestro matrimonio. Sin condiciones. Sin ninguna letra pequeña que ate el perdón de la deuda a que yo permanezca casada con él.

—No entiendo —digo, releyendo el documento por tercera vez, como si las palabras fueran a cambiar de significado si las miro con suficiente atención—. Esto significa que, aunque decida no volver con él, la deuda sigue perdonada de todas formas.

—Eso es exactamente lo que significa. —Mi padre se sienta frente a mí, con los ojos todavía cargados de la misma sorpresa—. Hablé con él ayer. No me pidió nada, Camila. No mencionó ninguna condición, ni siquiera insinuó que esperaba que esto influyera en tu decisión. Solo dijo que era lo correcto, y que debió haberlo hecho desde el principio.

Me quedo mirando el documento un largo rato, sintiendo algo removerse en mi pecho que no había sentido desde antes de la pelea: no perdón todavía, pero sí la primera grieta real de posibilidad, la primera prueba tangible de que quizás Draco es capaz de actuar sin calcular el resultado, sin construir estrategia alrededor de cada gesto.

Pienso en la conversación con Elena, en la manera en que describió cómo la obsesión de Draco se fue construyendo despacio, decisión por decisión, cada una un poco más calculada que la anterior. Pienso en mi padre, admitiendo que ambos, cada uno a su manera, aprendieron que proteger a alguien de la verdad completa nunca funciona como se espera. Y pienso, finalmente, en la libreta vieja, en esa entrada de adolescente que había olvidado por completo, sobre sentirme vista por primera vez por un desconocido al otro lado de un salón.

Ninguna de esas piezas, por separado, es suficiente para perdonar todo lo que pasó. Pero juntas, sumadas a este gesto que no le pedí y que no esperaba, empiezan a formar una imagen distinta de la que tenía hace una semana, cuando salí de esa casa jurándome que no sabía si podría volver a confiar en él alguna vez.

—Voy a ir a verlo —digo, levantándome, con una determinación que no había sentido en días—. Necesito escuchar, de su propia voz, sin ningún documento de por medio, qué es exactamente lo que está dispuesto a cambiar.

Mi padre asiente, sin intentar detenerme ni empujarme, dejando que la decisión sea completamente mía, tal como debió haber sido desde el principio de toda esta historia.

Draco

Estoy en el estudio cuando escucho el sonido del coche entrando en el camino de la casa, un sonido que reconozco de inmediato porque llevo días esperándolo sin admitirlo del todo. Me levanto tan rápido que casi vuelco la copa de vino que llevaba horas sin tocar, y llego a la puerta principal justo cuando Camila baja del coche, con una expresión que no logro descifrar completamente: no la rabia fría de la última vez que hablamos, pero tampoco el perdón inmediato que, en el fondo, sé que no merezco todavía.

—Camila.

—Recibí los documentos. —Su voz es firme, controlada, aunque veo, en la manera en que aprieta las manos, que le cuesta mantener esa calma—. La anulación de la deuda.

—No lo hice para presionarte a volver.

—Lo sé. —Da un paso hacia la entrada, sin invitación explícita de mi parte, aunque no la detengo—. Por eso mismo estoy aquí. Porque fue el primer gesto tuyo en todo esto que no pareció calculado para conseguir algo específico de mí.

La dejo pasar, y caminamos juntos hasta el salón, con una distancia entre los dos que se siente distinta a la de la pelea: menos cargada de rabia inmediata, más llena de la tensión incómoda de dos personas que todavía no saben exactamente qué va a pasar en los próximos minutos.

—Hablé con Elena —dice, sentándose en el borde del sofá, sin quitarse el abrigo, como si todavía no hubiera decidido del todo si va a quedarse el tiempo suficiente para necesitarlo—. Con mi padre también, de verdad, por primera vez desde el contrato. Y encontré una libreta vieja, de cuando tenía dieciséis años, con algo que escribí la misma noche de esa gala.

Me siento frente a ella, sin acercarme más de lo que su lenguaje corporal parece permitir, dándole todo el espacio que necesita para decir lo que vino a decir.

—¿Qué escribiste?

—Que sentí que alguien, por primera vez en medio de toda esa gente aburrida, realmente me estaba viendo. —Su voz se quiebra apenas, un temblor pequeño que no intenta ocultar—. No tenía idea de que ese alguien terminaría, años después, construyendo toda una estrategia financiera para acercarse a mí. Pero tampoco puedo negar que esa sensación fue real entonces, de la misma manera en que algunas de las cosas que sentí contigo estas últimas semanas también lo fueron.

—Todo lo que sentiste conmigo fue real, Camila. El único cálculo que hubo fue el de no contarte la verdad completa a tiempo.

—Lo sé. Y ese es exactamente el problema que tenemos que resolver, si es que vamos a intentar resolver algo. —Me mira directamente, con una claridad que no había tenido en la pelea, cuando todo era rabia sin filtro—. No vengo aquí a decirte que todo está perdonado, Draco. Vengo aquí porque este gesto me hizo pensar que quizás hay una versión de ti capaz de actuar sin necesitar controlar cada resultado. Pero necesito saber si eso es real, o si es solo otra estrategia más sofisticada que las anteriores.

—¿Cómo puedo demostrarte que es real?

Camila se queda callada un momento, considerando la pregunta con el mismo cuidado que ha mostrado desde que entró, y cuando responde, su voz suena más firme de lo que la había escuchado en toda la conversación.




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