El precio de su apellido

Capítulo 20

# Capítulo 20

Tomo la decisión un domingo por la mañana, sin ningún anuncio dramático, sin ninguna señal externa que la provoque: simplemente despierto en mi antigua habitación, miro el techo que llevo semanas mirando cada mañana, y siento, con una claridad tranquila que no había sentido en meses, que ya no necesito este espacio de la misma manera que lo necesitaba antes.

Bajo a la cocina, donde encuentro a mi padre preparando el desayuno con la misma rutina que ha mantenido desde que volví a vivir aquí, y me siento frente a él con una taza de café que esta vez sí pienso terminar.

—Voy a volver a casa de Draco —digo, sin rodeos—. De manera permanente, quiero decir. No solo las visitas de estas últimas semanas.

Mi padre deja la sartén a un lado, y me mira con una expresión que mezcla la tristeza de verme partir de nuevo con algo más profundo, más parecido al alivio genuino.

—¿Estás segura?

—Más segura de lo que he estado de nada en mucho tiempo. —Sonrío, sintiendo la certeza asentarse en mi pecho mientras lo digo en voz alta—. No porque todo esté resuelto perfectamente, papá. Todavía hay trabajo que hacer, siempre lo va a haber, según la doctora Solano. Pero porque ya vi, durante semanas, que el cambio en Draco no fue solo una reacción a la crisis. Se sostuvo en lo cotidiano, en los días donde nadie estaba mirando si elegía la honestidad o el atajo fácil.

Mi padre asiente, despacio, y por un momento, veo en sus ojos el mismo tipo de alivio que sentí yo la noche que finalmente lo perdoné, hace semanas, en este mismo lugar.

—Voy a extrañar tenerte aquí —dice, con la voz un poco quebrada—. Pero también voy a estar feliz de verte construir la vida que elegiste, esta vez con los ojos completamente abiertos.

—Vas a seguir siendo parte de mi vida, papá. Eso no cambia.

—Lo sé. —Sonríe, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano—. Solo necesitaba decirlo en voz alta, esta vez, en lugar de guardármelo como hacía antes.

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No le aviso a Draco de inmediato. Decido, en cambio, presentarme en su casa esa misma tarde, con una maleta pequeña —no todas mis cosas todavía, solo lo suficiente para empezar, con el resto siguiendo en los próximos días— y una determinación tranquila que se siente completamente distinta a la incertidumbre con la que salí de esa misma casa meses atrás.

Draco abre la puerta él mismo, algo inusual para un domingo por la tarde cuando normalmente estaría en el estudio revisando documentos, y en cuanto ve la maleta, su expresión cambia por completo: sorpresa, luego una esperanza cautelosa que no se permite todavía celebrar del todo.

—Camila.

—¿Puedo pasar? —pregunto, con una sonrisa que ya no intento contener—. Y quedarme, esta vez, de manera permanente.

Draco se queda inmóvil un instante, como si necesitara procesar las palabras antes de creerlas del todo, y luego, sin decir nada más, cruza el umbral y me envuelve en un abrazo que contiene meses enteros de espera contenida, de paciencia genuina, de trabajo real hecho sin ninguna garantía de que este momento fuera a llegar.

—Pensé que todavía necesitarías más tiempo —murmura contra mi pelo, con la voz cargada de una emoción que no intenta disimular.

—Necesitaba ver que el cambio se sostenía. —Me aparto lo suficiente para mirarlo a los ojos—. Y lo vi, Draco. Cada mensaje diario, cada decisión que compartiste sin que te lo pidiera, la manera en que manejaste lo de Mateo, cómo respetaste completamente mi decisión de construir Ferrer Consulting sin ninguna interferencia. Vi, durante semanas, a un hombre distinto del que me llevó a esa primera cena hace meses. Y decidí que ya no tenía sentido seguir esperando una prueba más, cuando ya tenía todas las que necesitaba.

Me besa entonces, despacio, con una ternura que contiene toda la certeza ganada de estos meses difíciles, y cuando finalmente entramos juntos a la casa, cerrando la puerta detrás de nosotros, siento que estoy cruzando un umbral distinto al de la boda: no el comienzo forzado de un matrimonio nacido de deudas y manipulación, sino el comienzo real de una vida elegida, día tras día, con los ojos completamente abiertos.

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Esa noche, deshaciendo la maleta en lo que vuelve a ser, oficialmente, nuestro armario compartido, encuentro, guardado cuidadosamente en un cajón que no recordaba haber dejado ahí, el cuaderno de cuero que compré en Italia, todavía con las páginas llenas de las notas que escribí durante nuestra luna de miel, antes de que todo se complicara.

Lo hojeo con una nostalgia extraña, releyendo mis propias palabras sobre la villa, el mar, la sensación de felicidad perfecta que sentí antes de que Elena y las revelaciones y la separación cambiaran el curso de todo. Es extraño, pienso, leer esas palabras ahora, sabiendo todo lo que pasó después, y sentir que, a pesar de todo el dolor intermedio, la felicidad que describí entonces no era falsa. Solo era incompleta, construida sobre una base que todavía no habíamos terminado de examinar del todo.

Draco entra a la habitación mientras leo, y se sienta a mi lado en la cama, mirando por encima de mi hombro las páginas del cuaderno.

—¿Todavía significa algo para ti? —pregunta—. Después de todo lo que pasó, ¿esa semana en Italia sigue siendo un buen recuerdo, o quedó contaminada por lo que vino después?

Pienso la pregunta con cuidado, porque merece una respuesta honesta, no una consoladora.

—Sigue siendo un buen recuerdo —digo finalmente—. Pero ahora entiendo que fue el último capítulo de una versión más simple de nosotros, la que existía antes de que tuviéramos que enfrentar la verdad completa. Lo que tenemos ahora es más complicado, pero también más real, más ganado. No cambiaría esta versión por volver a esa simplicidad, aunque fuera más cómoda.

Draco asiente, y por un momento nos quedamos en silencio, con el cuaderno todavía abierto entre nosotros, hasta que él, con una cautela nueva que reconozco de las últimas sesiones de terapia, decide compartir algo que claramente lleva tiempo pensando.




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