Capítulo 2
Un encuentro inesperado.
Alexa acababa de llegar a la capital, sintiendo un frío tan intenso que le calaba los huesos. Cada segundo que el autobús se había retrasado antes de llegar, ella lo había sentido como un latido menos en el pecho de su hija Anny.
Se bajó en la terminal con una sola dirección grabada en la cabeza y un nudo apretado en el pecho.
La primera bofetada de realidad la recibió en un quiosco de periódicos: la foto de Vincent Blake estaba en todas partes, con su rostro serio y esa mirada de acero que parecía despreciar al mundo entero. Y a su lado, una hermosa rubia sonreía mostrando su anillo de compromiso.
No se parecía en nada al hombre que ella había conocido antes.
—“La boda del siglo: Vincent Blake e Irina Ferrer se darán el ‘sí,’ esta tarde en la Catedral Metropolitana” —Decía el encabezado.
Alexa sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Él se casaba hoy. El destino se estaba burlando de ella en su propia cara. Mientras su hija luchaba por cada bocanada de aire en una cama de hospital, el hombre que la engendró estaba a punto de casarse con otra mujer.
—No, esto no puede ser cierto —susurró Alexa, apretando el periódico en su mano—. Tú tienes que ir con Anny hoy.
Treinta minutos después, Alexa estaba frente a la imponente Torre Blake. El rascacielos de cristal polarizado y acero se alzaba como un monumento a la arrogancia de su dueño.
Los guardias de la entrada, hombres con rostros de piedra y auriculares, ni siquiera la dejaron cruzar el umbral.
—Tengo que ver a Vincent. Es urgente, es... sobre su hija —dijo Alexa, con su voz temblorosa.
El guardia la miró de arriba abajo. Su ropa barata, era una señal de alerta para el protocolo de seguridad.
—El señor Blake no recibe a nadie sin previa cita. Lárguese antes de que la saque a la fuerza —respondió el hombre, dándole un empujón que casi la hace caer.
—¡Es su hija! ¡Se está muriendo en un hospital! —gritó ella, desesperada. La impotencia la quemaba por dentro.
El hombre robusto soltó una risa seca, mientras arrastraba a Alexa hacia la acera.
—Si tuviera un dólar por cada mujer que viene con ese cuento, ya me habría jubilado. Fuera de aquí, cazafortunas.
Alexa sintió la humillación quemándole la garganta, pero antes de que pudiera protestar, su teléfono vibró en su bolsillo. Era Sandra, su mejor amiga.
—Alexa. Es imposible que veas a ese hombre hoy. He visto las noticias, la seguridad de esa Catedral es extrema.
—Me da igual, Sandra. No voy a dejar que ese hombre camine hacia el altar sin saber que la vida de su hija depende de él. Envíame la dirección.
El trayecto hacia la catedral fue una carrera contra el reloj. Cuando Alexa llegó, el sonido de las campanas ya retumbaba dentro del altar.
Era un sonido pesado, triunfal, que parecía celebrar su propia derrota.
Sus manos no dejaban de temblar mientras cruzaba la calle.
Se detuvo en la puerta. La vista desde allí era insultante, y el olor a rosas tan fuerte que le daba náuseas.
Dentro, había cientos de personas vestidas con trajes que costaban una fortuna y joyas que reflejaban la luz de los vitrales. En medio del altar estaba Vincent, impecable en su traje negro hecho a medida.
Su presencia llenaba el espacio, eclipsando incluso la opulencia de la decoración y, frente a él, Irina Ferrer, una mujer cuyo vestido blanco podría pagar el doble del tratamiento médico de Anny.
Alexa apretó el anillo en su mano, el que Vincent le regaló hace seis años. En ese momento, comparado con el lujo que la rodeaba, ese anillo parecía una limosna.
El sacerdote comenzó a hablar. Cada palabra de la ceremonia era un clavo más en el ataúd de su hija.
Alexa cerró los ojos y, por un segundo, pudo escuchar el pitido débil del monitor de Anny en el hospital. El sonido de las campanas la transportó de regreso a la habitación donde su pequeña hija luchaba por su vida. Y ahora le devolvía el fuego a su mirada.
—Si alguien se opone a esta boda… —la voz del Padre resonó desde el altar—, que hable ahora o calle para siempre.
El silencio que siguió fue denso, cargado de la expectativa de una sociedad que creía que nada podía salir mal.
Alexa caminó por el pasillo principal. Sus pasos, aunque firmes, parecían ecos en un desierto.
Cuando el guardia más cercano reaccionó, ella ya estaba en el centro, justo frente a él.
—¡Vincent, detente! —la voz de Alexa cortó el aire como un cuchillo.
Toda la catedral se quedó en silencio.
Vincent se giró lentamente, reconociendo esa voz. Sus ojos grises, antes indiferentes, se clavaron en ella y por un segundo, la máscara de hielo del magnate se agrietó, dejando ver un destello de asombro en su rostro.
—¿Alexa? —murmuró Vincent, todavía sin poder creer que era ella.
—Tenemos que hablar —dijo Alexa, ignorando la expresión de su rostro.
El caos estalló. Pero en medio del murmullo de los invitados y los flashes de la prensa, Alexa solo podía ver el odio que comenzaba a crecer en los ojos del hombre que una vez fue su único refugio.