Capítulo 3
Una dolorosa verdad.
El silencio que siguió al grito de Alexa fue más ensordecedor que el propio órgano de la iglesia. Era un vacío absoluto, una grieta en el tiempo donde el aire parecía haberse congelado.
Los invitados, la élite del país, quedaron petrificados en sus asientos.
Vincent Blake no se movió de inmediato. Permaneció de espaldas, con los hombros rígidos bajo su impecable esmoquin negro.
Cuando finalmente se giró, el movimiento fue lento. Su rostro era una máscara tallada por el odio. Sus ojos grises, afilados como cuchillas, se clavaron en Alexa con una intensidad que la hizo retroceder un paso.
A su lado, Irina le lanzó una mirada asesina a Vincent. El ramo de orquídeas temblaba en sus manos. Su rostro, antes triunfal, se desfiguró en una mueca de furia mientras sus ojos saltaban de Alexa a Vincent, buscando una explicación que no llegaba.
—¿Qué significa esto? —preguntó Irina, con una voz que cortaba el silencio—. ¡Saquen a esta mujer de aquí ahora mismo!
Dos guardaespaldas se lanzaron por el pasillo central, pero Vincent alzó una mano, deteniéndolos en seco sin apartar la vista de Alexa.
El murmullo de la prensa empezó a subir de tono; los flashes de las cámaras se disparaban como ráfagas de metralla.
Vincent bajó los escalones del altar. Cada paso que daba hacia Alexa parecía el avance de un depredador. Al llegar frente a ella, cerro su mano sobre su brazo, sin decirle una sola palabra.
La arrastró hacia una puerta lateral que conducía a la sacristía, mientras escuchaba los gritos de Irina a sus espaldas y el estallido del caos de los invitados.
Vincent cerró la puerta de la sacristía de un portazo, bloqueando el ruido exterior. La tensión que vibraba entre ellos era extremadamente asfixiante. Él la soltó con un gesto brusco, como si sintiera asco hacia ella.
—Tienes apenas un minuto para explicarme por qué has venido a destruir mi boda antes de que te entregue a la policía —dijo Vincent. Cruzándose de brazos, dominando el espacio con su estatura—. Seis años, Alexa. Seis años desaparecida después de haberte largado con otro y de haber vaciado la caja fuerte de mi apartamento. ¿Y ahora vuelves con este show absurdo?
Alexa se frotó el brazo donde él la había sujetado. El dolor físico no era nada comparado con el veneno de sus palabras.
—No me fui con otro hombre, Vincent. Y no me llevé absolutamente nada tuyo —respondió ella, mirándolo fijamente—. Pero no estoy aquí para hablar de nosotros. No me importa tu boda, ni tu dinero, ni tu nueva vida.
—¿Ah, no? ¿Entonces a qué has venido? ¿A pedir perdón? —Vincent soltó una risa amarga, mirándola de arriba a abajo—. ¿O vienes porque el hombre por el que me abandonaste ya no puede mantenerte los lujos?
—¡Vine porque tenemos una hija! —gritó Alexa, silenciándolo de golpe.
Vincent se quedó inmóvil. Sus pupilas se dilataron. Por un breve segundo, la seguridad del magnate flaqueó, pero fue reemplazada rápidamente por una barrera de escepticismo aún más dura.
—No intentes eso conmigo. No soy el tonto que conociste hace seis años —soltó él con rabia—. Ese truco es viejo, Alexa. ¿Una hija? ¿Justo el día que firmo el contrato más importante de mi vida?
—Se llama Anny —continuó ella, ignorando su insulto—. Tiene cinco años. Y mientras tú estás aquí celebrando tu compromiso, ella está conectada a un respirador artificial en un hospital público de mala muerte.
—Claro... vienes por dinero. ¿A qué más vendrías?
—Su médula ósea dejó de funcionar. Tiene Anemia Aplásica Severa.
Vincent dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal.
—Eres una mentirosa profesional —dijo él, en voz baja—. Te fuiste de mi cama y desapareciste para siempre. Lo que sea que hayas hecho en estos años no tiene nada que ver conmigo. No voy a caer en tu trampa. No voy a dejar que arruines mi futuro por una invención de tu mente retorcida.
—¿Crees que inventaría algo así? —Alexa sintió que las lágrimas de rabia comenzaban a nublar su vista—. ¡Se está muriendo! ¡Su vida se apaga cada minuto que pierdes gritándome!
—Vete de aquí, Alexa. Antes de que pierda la poca paciencia que me queda y te haga pagar por esta humillación pública.
Alexa metió la mano en su bolsillo con movimientos desesperados. Sacó su teléfono y buscó la última foto que le había tomado a la niña en su cumpleaños.
Giró la pantalla hacia él.
En la imagen, Anny aparecía sonriendo, con sus ojos grises exactamente iguales a los de Vincent.
Vincent bajó la mirada hacia el teléfono.
El aire pareció abandonar sus pulmones. Su mano subió involuntariamente hacia la pantalla, pero se detuvo antes de tocarla. El parecido era innegable. Era como ver una versión pequeña y frágil de sí mismo.
—No vine por tu dinero, Vincent. No me importa tu imperio de cristal ni tu matrimonio con ella —dijo Alexa, con una voz que era apenas un susurro cargado de tensión—. Vine por tu sangre. Anny necesita un trasplante y tú eres el único compatible. Nuestra hija está a punto de morir y tú eres su única esperanza.