Capítulo 4
Corazón de Acero.
Vincent mantenía la mirada fija en la pantalla del teléfono de Alexa, pero su rostro se mantuvo rígido e inexpresivo.
La pequeña niña de la foto sonreía con una alegría que le resultaba indiferente, pero sus ojos... esos ojos eran el vivo espejo de los suyos.
El silencio en la sacristía se volvió insoportable hasta que Vincent apartó la mano de Alexa con un movimiento brusco.
—Cualquier niña puede parecerse a mí, Alexa. El mundo está lleno de coincidencias y tú eres una experta en fabricarlas —sentenció él, con su voz cargada de desprecio—. ¿Me crees tan idiota como para caer en una trampa tan estúpida como esta? He visto estafas mucho mejor ejecutadas y no funcionan conmigo.
—No es una estafa, Vincent. No vine aquí a pedirte dinero. Solo te pido que le des una oportunidad de vivir. Anny se está muriendo y necesita tu sangre.
Antes de que él pudiera responder, la puerta de la sacristía se abrió de par en par. Irina entró como un torbellino. Sus ojos estaban encendidos, ardiendo de una furia irracional.
—¡Tú! —gritó Irina, lanzándose hacia Alexa—. ¡Maldita buscona muerta de hambre! ¿Como te atreves a interrumpir mi boda?
Sin previo aviso, Irina soltó una bofetada seca en la mejilla de Alexa. El sonido del golpe resonó en las paredes de de la sacristía. Alexa trastabilló, llevándose la mano a la cara mientras el ardor se extendía por su piel.
Irina alzó la mano para golpearla de nuevo, pero esta vez, Vincent la detuvo sujetando su muñeca con una presión que la hizo jadear.
—Basta, Irina —ordenó Vincent. Su voz estaba cargada de un tono déspota y autoritario.
Vincent se giró hacia Alexa. Pero en sus ojos no había rastro de compasión.
—Vete de aquí, Alexa. Ahora —sentenció él, señalando la salida lateral de la sacristía—. Mis abogados se encargarán de investigar tu pequeña estafa. Si vuelves a acercarte mí, te aseguro que terminarás el día en una celda.
Alexa lo miró fijamente una última vez. La bofetada de Irina había dolido menos que la indiferencia de Vincent.
Con el alma hecha pedazos, salió a trompicones hacia la calle, sintiendo que el último hilo de esperanza se cortaba para siempre.
Afuera, el cielo de la capital parecía haberse derrumbado. Una lluvia torrencial y fría golpeaba el pavimento, empapando a Alexa en segundos. Se dejó caer de rodillas en la acera lateral, ocultándose de las cámaras de los periodistas que aún rodeaban la entrada principal.
El agua se mezclaba con sus lágrimas mientras recordaba el rostro de su pequeña hija Anny. Estaba sola. Había perdido su última esperanza y el hombre que debía ser su salvador resultó ser un bloque de hielo impenetrable.
"Perdóname, hija", sollozó, abrazándose a sí misma bajo el aguacero mientras el frío le calaba los huesos.
Dentro de la catedral, Vincent regresó al altar. El silencio de los invitados era denso, expectante. Se colocó frente al sacerdote y tomó las manos de Irina, pero el contacto le resultó demasiado asfixiante.
—Podemos continuar —dijo él con su voz firme, aunque sus ojos estaban perdidos en el vacío.
El sacerdote retomó los votos, pero las palabras se convirtieron en un zumbido lejano para Vincent. Cada vez que miraba a Irina, no veía a la mujer con la que estaba a punto de unir su imperio. Veía la imagen del teléfono de Alexa. Veía esos ojos grises de Anny, cargados de una pureza que erizó la piel.
La cláusula del testamento de su abuelo exigía un matrimonio. Pero el convenio con la familia Ferrer ahora mismo se sentía como una jaula de oro que se cerraba sobre sí mismo.
La voz de Alexa retumbaba en su cabeza como un tambor de guerra: "Su vida se apaga cada minuto que pierdes gritándome".
—Vincent Blake, ¿aceptas a Irina Ferrer como tu legítima esposa...? —preguntó el Padre ante el silencio prolongado.
Vincent sintió que el aire de la catedral se agotaba. El parecido de esa niña no podía ser una coincidencia; era una condena genética. Si Alexa decía la verdad, él estaría matando a su propia hija en ese preciso instante por un estúpido arranque de orgullo.
Miró a Irina, quien lo observaba con una ansiedad mal disimulada, esperando escuchar el "sí" que sellaría su ascenso.
De repente, el aire a su alrededor le resultó sofocante y el compromiso se sintió como una soga al cuello.
—Vincent, ¿aceptas? —insistió el sacerdote.
Vincent soltó las manos de Irina como si fueran brasas. Miró a la multitud, a la prensa y pensó en la niña.
—La boda se pospone —soltó con una frialdad que heló la sangre de los presentes.
—¿Qué? ¡Vincent, no puedes hacerme esto! —gritó Irina, pero él ya le había dado la espalda.
Vincent bajó los escalones del altar con un par de zancadas largas. Empujó las puertas de la catedral y salió al exterior, lanzándose hacia la tormenta. Su traje de diseñador se empapó en segundos, pero no le importó. Sus ojos buscaban desesperadamente a Alexa entre la neblina de la lluvia.
—¡Alexa! —rugió su voz, perdiéndose en el estruendo de los truenos—. ¡Alexa, maldita sea, vuelve aquí!