Capítulo 5
La condición del Magnate.
La lluvia era como un muro de cristal que le nublaba la vista. Vincent caminó por la acera con pasos firmes y decididos, ignorando las preguntas de los periodistas y el escándalo que dejaba tras de su partida de la catedral.
La vio a unos metros, bajo el techo de una parada de autobús, abrazada a su propio cuerpo, tan derrotada que parecía querer fundirse con el asfalto.
Vincent la alcanzó y la sujetó del brazo con fuerza.
—¡Suéltame! —exigió Alexa, sobresaltada.
Sus ojos estaban rojos de tanto llorar y su piel estaba pálida por el frío de la lluvia.
—No voy a soltarte, tú vienes conmigo ahora mismo —rugió él, arrastrándola hacia el sedán negro que su chofer acababa de estacionar frente a ellos.
—¡No iré a ninguna parte contigo! Ya me dijiste lo que piensas. Déjame volver con mi hija.
Vincent no respondió. La obligó a entrar en el asiento trasero y cerró la ppuerta con un golpe seco antes de rodear el vehículo y subir por el otro lado.
El ambiente dentro del vehículo era asfixiante; y la tensión eléctrica entre ellos se hacía cada vez más insoportable.
Durante el trayecto, ninguno habló. Vincent mantenía la mandíbula apretada, mirando por la ventana cómo el imperio que tanto le había costado construir se sacudía por la noticia de su boda cancelada.
Al llegar a la mansión Blake, una fortaleza de cristal y acero en la zona más exclusiva de la ciudad, Vincent la bajó casi a rastras. Al cruzar el gran vestíbulo.
Una mujer de cabellos blancos y mirada dulce salió a su encuentro, deteniéndose en seco al verlos.
—¿Vincent? ¿Qué ha pasado? Se supone que te estarías... —Doña Lupe, la nana que lo había criado tras la muerte de su madre, se llevó las manos al pecho al reconocer a la mujer que estaba frente a ella—. ¿Alexa? ¿Hija, eres tú?
—Hola, Señora Lupe —susurró Alexa con la voz rota.
Sin dudarlo, la anciana pasó por encima de la autoridad de Vincent y envolvió a Alexa en un abrazo protector. Lupe siempre supo que la desaparición de Alexa seis años atrás ocultaba algo más que una traición, y al ver el dolor tallado en sus pupilas, sintió que la verdad estaba golpeando la puerta, al fin.
—Está helada, Vincent. Traeré mantas y té —dijo Lupe, lanzándole a una mirada de reproche que él ignoró.
—No hay tiempo para hospitalidades. Llévala al despacho —ordenó Vincent, subiendo las escaleras de dos en dos—. Necesito respuestas y las necesito ahora.
Minutos después, en el despacho, Vincent se detuvo frente a Alexa. Se había quitado la chaqueta y desabrochado los primeros botones de la camisa. Su respiración era errática, aún no podía creer que ella estuviera allí.
Su presencia lo descolocaba. Parecía un animal acorralado en su propia guarida.
—Renuncié a mi boda, a mi convenio con los Ferrer y a mi propia reputación por toda esta locura tuya —soltó él, apoyándose en la superficie de su escritorio—. Si mientes, te juro que te enviaré a la cárcel hoy mismo. No me importará nuestro pasado. Pero si dices la verdad... si esa niña resulta ser mi hija, seré ese donante que tanto necesitas.
Alexa sintió un rayo de esperanza, pero Vincent dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal como una sombra amenazante.
—Pero te diré una cosa que no pienso hacer negociable —continuó él, con su voz gélida—. Si esa prueba de ADN confirma que la niña es mía, se quedará en esta casa a partir de este momento. Bajo mi cuidado. Bajo la protección de mi apellido. No permitiré que vuelvas a esconderla de mí.
—¡No! —susurró Alexa, retrocediendo—. Ella es mi hija, Vincent. No puedes quitármela. ¡Yo soy su madre!
—No te estoy preguntando, Alexa. Si de verdad esa niña es mía, vivirá aquí, como toda una Blake.
Vincent no esperó respuesta. Tomó el teléfono de línea fija y marcó un número rápido.
—Traigan al equipo médico de la clínica privada a mi residencia. Ahora. Quiero un traslado inmediato de una paciente de cinco años, desde el hospital General del pueblo de Santa Fe. Quiero la mejor unidad de cuidados intensivos móvil.
Alexa se dejó caer en una silla, temblando. Por un lado, el alivio de saber que su hija tendría a los mejores médicos del país la aliviaba de una forma que no podía ni describir; pero, por el otro, el terror de que el hombre frente a ella le arrebatara lo único que le daba sentido a su vida la paralizaba.
A medianoche, el silencio de la mansión fue interrumpido por el sonido de una ambulancia entrando por el portón principal. El médico personal de la familia Blake, un hombre de rostro serio y maletín metálico, entró en el despacho bajo la vigilancia de un Vincent que no se había sentado ni un segundo.
El médico preparó las jeringas y los viales sobre la mesa. La luz de la lámpara del escritorio hacía brillar la aguja de la jeringa.
Alexa miró el brazo de Vincent, y luego ese par de orbes grises que se fijaron en ella con una frialdad que no había visto antes. El juego había comenzado, y el precio de la salvación de Anny podría llevarla a perderla para siempre.