El precio de su Sangre

CAPÍTULO 6. El primer encuentro.

Capítulo 6

El Primer Encuentro.

El lujo de la clínica privada de Vincent era casi ofensivo para alguien que venía de un hospital como el de Santa Fe.

Un asistente de laboratorio se acercó a Alexa y le entregó un sobre sellado.

—Señora, los resultados de la prueba de ADN están listos. El señor Blake ordenó que se le entregaran en cuanto estuvieran disponibles. El original está en su despacho, esta es su copia.

Alexa tomó el sobre. No necesitaba romper el sello para saber qué decía; la verdad había estado latiendo en su vientre cinco años atrás y ahora latía en el corazón enfermo de su hija.

Se dio vuelta y notó que el asiento frente a ella estaba vacío. Vincent no estaba allí.

Caminó hacia el área de cuidados intensivos y lo encontró al final del pasillo.

Vincent estaba frente a la suite 103. Estaba apoyado contra la puerta, observando el interior con una intensidad que parecía querer atravesar el cristal.

Alexa se detuvo a unos metros, conteniendo el aliento.

Dentro de la habitación, la pequeña Anny ya había sido estabilizada momentáneamente. Estaba sentada sobre sábanas de seda egipcia, rodeada de monitores y cables. En su regazo descansaba "Louy", su peluche de felpa favorito, con un brazo remendado y un solo ojo de botón. Era un objeto miserable en medio de tanta opulencia, pero Anny lo abrazaba como si fuera su único ancla al mundo.

Vincent finalmente entró... con una lentitud que delataba un miedo que jamás admitiría.

Se detuvo al pie de la cama.

Anny levantó la vista. Sus ojos, grandes y húmedos, se encontraron con los de Vincent. El impacto fue casi físico.

Vincent vio en ese rostro infantil la réplica exacta de sus propias facciones: la misma mirada decidida, el arco de las cejas, y ese par de orbes grises que parecía ver más allá de lo evidente.

—Hola —susurró Anny. Su voz era un hilo frágil por la deshidratación y el cansancio.

Vincent sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Durante seis años se había convencido de que Alexa era una oportunista que lo había abandonado por otro. Pero ver a esa niña, tan pálida, tan pequeña y tan indiscutiblemente suya, le desgarró el alma.

Una rabia gélida por haber sido apartado de ella le trepó por la garganta.

—Hola —logró decir Vincent. Su voz, siempre autoritaria y firme, se quebró en la última sílaba.

Anny ladeó la cabeza, observándolo con esa curiosidad característica de los niños. Extendió su mano con la vía intravenosa sujeta por una cinta adhesiva, y señaló el pecho de Vincent, justo donde latía su corazón acelerado.

—¿Tú eres quién me va a curar? —preguntó la niña con una inocencia que dolió más que cualquier insulto—. Mi mami me dijo que hoy vendría alguien muy fuerte para curarme. Que me daría su fuerza para que yo pudiera correr otra vez. ¿Eres tú?

Vincent cerró los ojos un segundo, apretando los puños a los costados. Cada palabra de la niña era como un puñal.

Él, que se creía el dueño de la ciudad, se sentía el ser más miserable del planeta. Verla allí, luchando por respirar mientras él vivía rodeado de lujos innecesarios, le carcomía los huesos.

—Sí —respondió Vincent, dando un paso hacia ella y sentándose con extremo cuidado en el borde de la cama—. Soy yo. Y te prometo que no vas a estar en cama mucho más tiempo.

Alexa, que observaba desde la puerta, sintió que las lágrimas nublaban su vista. Entró en la habitación en silencio. Vincent se puso de pie al sentir su presencia.

Durante un minuto que se hizo eterno, la frialdad de los últimos años desapareció. Se miraron fijamente por largo rato y en ese momento no eran el magnate y la fugitiva; eran dos almas que se habían destruido mutuamente, pero que ahora se encontraban unidos por un hilo de vida que amenazaba con romperse.

La tensión eléctrica entre ellos pasó de la ira a una vulnerabilidad. Pero ese instante de paz fue un espejismo.

De repente, el monitor de ritmo cardíaco soltó un pitido largo que hizo que Alexa corriera hacia adelante. Anny soltó su peluche y se llevó las manos a la cabeza, soltando un gemido ahogado. Su piel, que segundos antes estaba pálida, comenzó a encenderse en un rojo febril.

—¡Mami! ¡Me duele! —gritó la niña antes de que su cuerpo empezara a arquearse violentamente.

Una enfermera entró corriendo, seguida por dos médicos de guardia que empujaron a Vincent y a Alexa hacia atrás.

—¡Frecuencia cardíaca en 160 y subiendo! —gritó la enfermera mientras le colocaba una máscara de oxígeno—. ¡Doctor, está convulsionando por el pico febril!

—¡Tiene fiebre de cuarenta grados! —dijo el médico jefe mientras revisaba las pupilas de la niña—. ¡Está entrando en shock séptico! ¡Preparen el carro de paro y llamen al equipo de hematología ahora mismo!

Alexa intentó lanzarse hacia su hija, pero Vincent la rodeó con sus brazos, sujetándola con una fuerza inesperada.

Ella comenzó a sollozar contra su pecho, y por primera vez, Vincent no la apartó; la apretó contra él mientras veía, con el alma en vilo, cómo el equipo médico rodeaba la cama de Anny.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.