El precio de su Sangre

CAPÍTULO 8. La última esperanza.

Capítulo 8

La Última Esperanza.

El doctor tenía el informe en sus manos, sin atreverse a mirar a Vincent a los ojos.

—¿A qué se refiere con un "problema grave"? —preguntó Vincent, dando un paso al frente—. Hable de una vez, doctor.

—Señor Blake, realizamos el tipaje de alta resolución para analizar los marcadores HLA, que son las proteínas que el sistema inmunitario utiliza para reconocer qué células pertenecen al cuerpo y cuáles no. Para que un trasplante de médula ósea sea exitoso, necesitamos una compatibilidad casi perfecta. Lamentablemente, usted presenta una anomalía genética en sus marcadores homocigotos.

La habitación quedó sumergida en un silencio absoluto. Vincent frunció el ceño, con la mandíbula tan apretada que una línea rígida se dibujó en su cuello.

—Eso es imposible —soltó con una risa seca, desprovista de gracia—. El ADN dice que soy su padre. Mi sangre corre por sus venas. Ponga el precio que quiera a la solución, haga los procedimientos que necesite conmigo, pero arregle ese desastre ahora mismo.

—La ciencia no se puede comprar con miles de dólares, señor Blake —intervino el médico de la familia con tono rígido—. Si introducimos sus células en el cuerpo de la niña, su sistema inmunitario las atacará de inmediato, provocando un rechazo fulminante. No la curaría; la mataría en cuestión de horas.

Detrás de ellos, el mundo de Alexa se derrumbó por completo. El vaso de plástico que tenía en la mano cayó al suelo. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas, golpeando el suelo con un impacto seco. Se cubrió el rostro con las manos, soltando un llanto desesperado.

La única esperanza que la había hecho cruzar el país y humillarse ante el hombre que más la odiaba se acababa de desvanecer en un segundo.

Vincent la miró de reojo, sintiendo que el peso de su impotencia lo asfixiaba. Por primera vez en su vida, sintió que su fortuna era una basura inútil.

Las puertas de la suite se abrieron nuevamente. Rafael Blake entró con el rostro desencajado y un sobre del laboratorio en la mano.

—Yo también me hice las pruebas mientras esperábamos tus resultados —anunció el viejo patriarca, con la voz apagada—. Quise tener un plan de respaldo por si esto ocurría. Mis marcadores son compatibles en un porcentaje aceptable.

Alexa levantó la cabeza, con una chispa de fe encendiéndose en su pecho.

—¿Usted...? ¿Usted puede ser el donante? —preguntó Alexa, poniéndose de pie.

El médico de la familia negó lentamente con la cabeza, deteniendo el avance del patriarca.

—Don Rafael, su tipaje es compatible, pero su edad y su historial cardíaco hace que el procedimiento no sea viable. Someterlo a una extracción de médula ósea bajo anestesia general provocaría un colapso sistémico. No sobreviviría a la intervención.

El silencio regresó, más denso, más letal.

Rafael miró a su hijo, y luego fijó la vista en la pequeña Anny, que seguía durmiendo ajena a la sentencia de muerte que giraba a su alrededor.

Apretó la empuñadura de su bastón, sopesando una idea absurda que sabía que desataría una guerra.

«"Solo hay otra persona con nuestra genética exacta que podría ser compatible... pero Vincent lo odia"», pensó Rafael, sintiendo un frío en el estómago.

—Hay una alternativa —soltó al fin, en voz baja, rompiendo la tensión.

Vincent se giró hacia su padre, con los ojos entrecerrados y la sospecha marcada en el rostro.

—¿Qué alternativa? Si los bancos de médula tardarán meses en encontrar un donante no emparentado, y la niña no tiene ese tiempo. Habla ya, papá.

Rafael soltó un suspiro pesado, mirando fijamente a su hijo mayor.

—Existe alguien que comparte tu misma estructura genética. Tu hermano gemelo.

El nombre cayó como una bomba de tiempo: Dominic Blake.

El rostro de Vincent se transformó en una máscara de pura furia. Los puños se le tensaron. Dominic, el mismo que había sido desterrado de la familia Blake hace años tras intentar destruirlos por pura ambición; el hombre que casi desmantela la empresa y fragmenta la cordura de Vincent antes de ser expulsado.

—No —rugió Vincent, y su voz no fue un rechazo, sino una declaración de guerra—. Ese maldito infeliz no va a poner un pie en esta clínica, ni va a tocar a mi hija. Está muerto para mí.

Alexa miró a Vincent con incredulidad y luego miró a Rafael.

—Él es el único que puede salvarla. Vincent, por Dios, es la vida de nuestra hija. No puedes negarte por un estúpido rencor del pasado.

—Tú no sabes lo que ese monstruo es capaz de hacer —escupió Vincent, dándole la espalda, alterado como nunca antes lo había estado—. Dominic no hace nada gratis. Buscará la forma de destruirnos a través de la niña.

Alexa dio un paso al frente, interponiéndose entre él y la salida.

Se secó las lágrimas con la determinación de una madre que no tenía nada más que perder.

—No me importa lo que haya hecho, ni me importa cuánto lo odies —sentenció Alexa—. Si ese hombre es la única opción para que mi hija no muera, estoy dispuesta a pactar con el mismísimo diablo de ser necesario.




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