El precio de su Sangre

CAPÍTULO 9. Tratos con el Diablo.

Capítulo 9

Trato con el Diablo.

—¡No voy a permitir que ese infeliz ponga un solo pie en esta clínica! —la voz de Vincent resonó con fuerza, cargada de furia—. Dominic no es un salvador, Alexa. Es un parásito que disfruta destruir todo lo que toca. No voy a meter al enemigo en la vida de mi hija.

Alexa lo miró con los ojos encendidos, plantándose firmemente ante él.

—¡Es la vida de nuestra hija, Vincent! —le reclamó, con la voz rota—. ¡Tu maldito orgullo no va a salvarla cuando su corazón deje de latir! ¿Prefieres verla morir antes que tragarte tu soberbia?

Don Rafael dio un paso al frente, interponiendo su bastón entre ambos con un golpe seco que exigió silencio inmediato. Su rostro reflejaba una severidad fría e implacable.

—Suficiente, Vincent —sentenció el viejo patriarca, mirándolo fijamente—. Te lo advierto, o dejas que busque a tu hermano, o verás morir a la niña frente a tus ojos. Yo no voy a enterrar a mi nieta por tus malditos rencores del pasado. Si tú no te mueves, lo haré yo.

Vincent retrocedió un paso, apretando los puños con fuerza. Se sentía atrapado, con las manos atadas de una forma que odiaba.

Giró la cabeza y la vio a través del cristal. Anny se veía cada vez más pálida sobre la cama, su respiración era asistida por las máquinas y sus signos vitales se debilitaban con cada hora que pasaba.

Sin embargo, Vincent conocía la naturaleza de su gemelo. Dominic jamás hacía un favor de manera desinteresada; cada movimiento suyo era calculado. Aceptar su ayuda en este momento no era un acto de caridad familiar, sino abrirle las puertas de su imperio y de su vida.

Era, literalmente, venderle el alma al diablo.

Mientras las paredes de la clínica parecían cerrarse sobre Vincent, a pocos kilómetros de allí, el escándalo de la catedral seguía provocando réplicas.

Desde su departamento, Irina veía las noticias con una expresión de pura indignación. No pretendía quedarse cruzada de brazos viendo cómo una mujer del campo, una muerta de hambre del pueblo de Santa Fe, arruinaba sus planes de convertirse en la legítima señora Blake.

Una sola llamada de sus informantes en la clínica fue suficiente para ponerla al tanto de lo que ocurría.

Irina sonrió con malicia, sintiendo que el juego se ponía a su favor. Sabía exactamente qué hilos mover para recuperar lo que consideraba suyo.

Se adelantó a contactar a Dominic en secreto, trazando los planes para una alianza oscura.

El gemelo desterrado era la pieza perfecta para sus planes: el instrumento ideal para destruir a Alexa y obligar a Vincent a arrodillarse ante ella.

Al caer la medianoche, la desesperación terminó por quebrar la resistencia en la clínica. Don Rafael, viendo que los médicos no daban esperanzas, decidió tomar las riendas de la situación por su propia cuenta, ignorando la negativa de su hijo mayor.

El viejo patriarca se dirigió a la habitación y tomó a Alexa del brazo.

—Venga conmigo —le dijo con tono seco—. Si queremos salvar a esa niña, tenemos que bajar al mismísimo infierno esta noche.

Alexa no lo dudó. Se limpió las lágrimas y lo siguió sin mirar atrás.

El vehículo se adentró en los suburbios de la ciudad, dejando atrás el distrito financiero y las zonas residenciales exclusivas. Se internaron en un barrio industrial abandonado, donde las calles eran oscuras. El chofer detuvo el automóvil frente a un club nocturno de fachada decadente.

Los guardaespaldas de Rafael abrieron las puertas del lugar, abriéndose paso a empujones entre la multitud.

Subieron al segundo piso, un espacio exclusivo que dominaba todo el local desde las alturas.

Al final del pasillo, sentado en un sillón de cuero negro, rodeado de botellas de whisky estaba él.

Dominic vestía una camisa oscura entreabierta, mostrando una actitud relajada que contrastaba con el peligro que emanaba de su sola presencia. Al verlo de frente, Alexa sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, haciéndola retroceder un paso.

Era el mismo rostro de Vincent, pero sus ojos oscuros no tenían la misma frialdad de su hermano; los de Dominic mostraban una fijeza depredadora.

Rafael avanzó con paso firme, golpeando con fuerza la punta de su bastón contra la madera del suelo.

—Dominic —dijo el patriarca, con su voz llena de autoridad—. Deja las ironías para otro momento. Sabes perfectamente a qué hemos venido hasta aquí. No vayas a arruinar las cosas esta vez, te lo advierto. La situación es de vida o muerte.

Dominic ni siquiera se molestó en mirar a su padre. Sus ojos se clavaron directamente en Alexa, recorriéndola de arriba abajo con una lentitud perfectamente calculada que la hizo sentir completamente expuesta.

Una sonrisa lenta, afilada y peligrosa comenzó a dibujarse en los labios del gemelo desterrado. Dejó el vaso sobre la mesa y se puso de pie, acortando la distancia entre ellos de forma amenazante.

—Vaya, vaya... pero miren quien está aquí —soltó Dominic, a pocos pasos de Alexa—. Sabía que tarde o temprano, la mujer de mi hermano terminaría en mis brazos.




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