El precio de su Sangre

CAPÍTULO 10. El Jaque de Dominic.

Capítulo 10

El Jaque de Dominic.

Vincent no necesitaba ser un genio para saber a dónde se dirigían. Desesperado, furioso y sintiendo que el control se le escapaba de las manos, subió a su vehículo y ordenó seguir el rastreador GPS del sedán de su padre.

El camino hacia los suburbios industriales confirmó sus peores temores: iban a negociar con el diablo.

Mientras tanto, en la zona VIP del club, el tiempo parecía haberse congelado para Alexa.

Dominic dio un paso hacia ella, acortando la distancia con una serenidad que le helaba la sangre. Su presencia era abrumadora. Vestía una camisa oscura entreabierta, y emanaba un perfume costoso mezclado con olor a whisky y tabaco.

Al ver su rigidez, Dominic extendió una mano hacia ella y, con una lentitud perfectamente calculada, rozó su mejilla con el dorso de sus dedos.

Disfrutó notar el temblor que le recorrió el cuerpo. Alexa quiso retroceder, pero la fijeza de sus ojos cargados de una malicia perversa, la clavó en su sitio.

En ese momento, las puertas del reservado se abrieron de par en par.

Vincent entró con una lentitud calculada, pero la expresión de su rostro era la de un hombre dispuesto a matar.

Su mirada fija se detuvo en los dedos de su hermano acariciando la piel de Alexa.

La poca cordura que Vincent tenía se evaporó en un segundo.

Cruzó la distancia que los separaba con zancadas firmes y, antes de que Dominic pudiera reaccionar, Vincent lo tomó con violencia por el cuello de la camisa, estampándolo contra la pared.

Los guardaespaldas de la entrada amagaron con sacar sus armas al ver el estallido de violencia, pero se detuvieron en seco cuando don Rafael alzó su bastón, exigiéndoles retroceder con una sola mirada.

—¡No le vuelvas a poner tus malditas manos de encima! —ordenó Vincent, con la mandíbula tan apretada que las palabras apenas lograban salir de su boca—. Te advierto, Dominic, que no me va a importar que llevemos la misma sangre. Si vuelves a acercarte a ella, te hundo tres metros bajo tierra.

Dominic, lejos de mostrar dolor por el impacto, soltó una risa seca.

Miró a Vincent a los ojos, disfrutando del caos que acababa de provocar en la mente de su hetmano.

—Siempre tan territorial, hermanito —le dijo Dominic, provocándolo, tomándolo de las muñecas con una fuerza igual a la suya para aflojar el agarre—. Pero llegas tarde, como siempre. Primero dejas plantada a tu linda novia en la catedral, y ahora vienes aquí a jugar al héroe cuando sabes perfectamente que me necesitas.

—¡Basta, Vincent! ¡Por favor, deténganse! —gritó Alexa, interponiéndose entre ambos y empujando el pecho de Vincent hacia atrás con las manos temblorosas—. ¡No vinimos a pelear, vinimos a negociar por la vida de Anny!

Vincent respiraba de forma errática. Miró a Alexa de reojo, asimilando sus palabras, y soltó a Dominic de un empujón.

—Vaya, al menos la pueblerina tiene claras sus prioridades —dijo Dominic, sirviéndose un trago—. Sentémonos a negociar, entonces. Porque supongo que para eso vinieron hasta acá en mitad de la noche, ¿no, papá?

—Déjate de juegos, Dominic —sentenció Rafael con voz firme—. Tu sobrina está en la UCI y su sistema inmunológico está colapsando. Necesitamos que te hagas unas pruebas de compatibilidad.

Dominic ensanchó su sonrisa, detallando a cada uno de ellos.

—Lo sé —dijo, recostándose en el sillón—. De hecho, me pareció tan divertido este circo, que ya me hice la maldita prueba por puro morbo. Y adivinen qué... yo sí soy cien por ciento compatible. Mis marcadores están intactos, limpios. Soy el único en esta familia que puede evitar que esa niña termine en un ataúd.

El silencio que siguió fue aplastante. Alexa sintió un vuelco en el estómago; la confirmación de que el monstruo frente a ella era la única salvación de su hija le revolvió el estómago.

—Ponle un precio —sentenció Vincent, con una voz gélida que cortaba el aire—. Diez millones. Veinte millones. Te devuelvo las acciones de la compañía que te confisqué cuando te desterramos de la familia... Pon una maldita cifra.

Dominic lo escuchó con atención, ladeando la cabeza como si estuviera oyendo una propuesta ridícula. De pronto, su risa estalló de nuevo, llenando el reservado de un eco burlón que encendió la sangre de Vincent.

—¿De verdad crees que me importa tu dinero, Vincent? —Dominic se puso de pie—. Tengo suficiente dinero como para comprar la vida de quien yo quiera. Te daré mi médula para salvar a tu bastarda, pero con una condición que tus malditos millones no pueden pagar.

Vincent se tensó por completo.

—Habla de una maldita vez.

Dominic caminó lentamente hasta detenerse justo detrás de Alexa.

Extendió su mano y acarició el brazo de Alexa, clavando su mirada fija en los ojos de su gemelo con una malicia pura.

—Lo haré, sólo si ella viene a vivir conmigo durante el mes de mi recuperación —sentenció Dominic, con una calma aterradora—. Vivirá bajo mi techo, bajo mis reglas. Y tú, querido hermano, no podrás verla ni una sola vez mientras esté conmigo. ¿Tenemos un trato?




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