Capítulo 11
La Caída de la Reina.
La propuesta de Dominic cayó como una sentencia de muerte. La sola mención de llevarse a Alexa a vivir a su casa hizo que la poca cordura que le quedaba a Vincent desapareciera por completo.
Vincent, cegado por una furia posesiva intentó golpear el rostro de su hermano, pero Alexa, anticipando el desastre, lo empujó hacia atrás.
—¡Acepto! —gritó ella, con una firmeza que congeló el puño de Vincent en el aire.
Vincent la miró con incredulidad, sus ojos grises marcados por una ira irracional.
Tomó a Alexa bruscamente por el antebrazo y la arrastró hacia la entrada del estacionamiento privado, ignorando sus protestas.
—¡Sube al maldito vehículo ahora mismo y no vuelvas a decir otra estupidez como esa! —le ordenó Vincent, abriendo la puerta del sedán de un tirón. Su cuerpo ardiendo de rabia—. No voy a permitir que alguien como Dominic te ponga una sola mano encima. ¿Acaso te volviste loca?
—¡Es la única opción que tenemos! —gritó Alexa, zafándose de su agarre con esa firmeza que lo volvía loco—. ¡Tu hermano es el único que puede salvar a Anny!
—Conseguiré a los mejores médicos del continente antes del amanecer —replicó él, acorralándola contra la carrocería bloqueándole cualquier salida—. Traeré especialistas de Alemania o de Inglaterra, compraré lo que haga falta. Pero tú no te vas con él.
—¡Anny no tiene tiempo para esperar a que tus malditos aviones aterricen! —espetó ella, con las lágrimas en sus ojos, pero con la determinación de una madre que está dispuesta a todo—. Un mes pasa rápido. No voy a dejar morir a mi hija por tus estúpidos... celos.
Se miraron fijamente, tan cerca que el aire a su alrededor se volvió denso.
Ambos tenían las respiraciones agitadas, sus latidos golpeando el pecho del otro. En medio de la hostilidad, el ambiente se transformó; la tensión eléctrica de la ira se volvió una necesidad física abrumadora.
Las ganas de besarse, contenidas durante años, seguían latentes, quemándolos por dentro.
Vincent la miró con una mezcla de posesividad y deseo reprimido. Acortó la distancia que los separaba, pegándola por completo a la ventanilla del sedán.
Sus ojos se detuvieron los labios temblorosos de Alexa, atrapado en ese magnetismo salvaje que los años de distancia no habían podido borrar.
Levantó una mano, rozando apenas la mandíbula de Alexa, rompiendo la última barrera de contención que le quedaba. Estaba a un milímetro de besarla cuando el rugido de un motor de alta cilindrada rompió el silencio.
Un deportivo negro frenó bruscamente a pocos metros de ellos. Las luces altas del vehículo los cegaron por completo, obligando a Vincent a apartarse de Alexa a regañadientes, mientras la protegía con su propio cuerpo.
La puerta del conductor se abrió y Dominic bajó con una sonrisa burlona que delataba lo mucho que disfrutaba interrumpirles el momento.
—¡Vaya, qué conmovedor! Pero se nos acaba el tiempo y detesto esperar. Supongo que la pueblerina ya te hizo entender la realidad, hermanito.
Alexa dio un paso al frente, apartándose de Vincent.
Se aclaró la garganta, intentando ocultar el temblor de su voz y el rubor que la cercanía de Vincent le había dejado en sus mejillas.
—El trato sigue en pie —dijo ella, mirando fijo a Dominic—. Cumpliré mi parte, pero mañana a primera hora te quiero en la clínica firmando el consentimiento para la extracción.
Vincent permaneció rígido, con las manos apretadas en puños dentro de los bolsillos de su cárdigan, y la mandíbula tan tensa que una línea rígida se dibujó en su cuello.
Para avivar el fuego, Dominic avanzó hasta quedar al lado de Alexa y, con total descaro, estiró el brazo para rodearle la cintura, apegándola a su costado.
—Es irónico, ¿no lo crees, hermanito? —dijo Dominic, clavando su mirada fija en los ojos de Vincent—. Que después de tanto tiempo, estemos debatiéndonos nuevamente por una mujer.
Vincent lo miró fijo, dando un paso firme hacia Alexa y Dominic se tensó de inmediato.
Metió la mano en su bolsillo, sacó una tarjeta de crédito negra sin límite de fondos y se la entregó a Alexa en sus manos. Se inclinó lo suficiente para que su aliento rozara el lóbulo de su oído.
—No permitiré que mi hija dependa de la caridad de un criminal —le susurró en un tono frío y posesivo—. Úsala para lo que necesites... y recuerda que tú y yo tenemos un tema pendiente cuando todo este circo termine.
La cercanía de su voz rozando su cuello hizo que la piel de Alexa se encendiera en un segundo. Su piel se erizó por completo. Sin embargo, Dominic cortó la tensión abriendo la puerta del copiloto de su deportivo.
—Súbete, preciosa. Tu nueva vida empieza ahora mismo —ordenó Dominic.
Alexa subió al vehículo sin mirar atrás. El deportivo aceleró a fondo, perdiéndose en la carretera.
Vincent se giró y, de un solo golpe, destrozó el cristal de una vitrina del club. Los fragmentos cayeron al suelo mientras sus nudillos sangraban.
—Si él le pone un solo dedo encima... olvidaré que es mi hermano y lo enterraré vivo.