Capítulo 13
Ardiendo de celos.
El piso catorce de la clínica amaneció convertido en una fortaleza de cristal. Vincent había ordenado el desalojo completo de la planta; no quería médicos ajenos al caso, ni pacientes deambulando, ni la más mínima filtración a la prensa. El silencio en los pasillos era absoluto, roto únicamente por el pitido rítmico y lejano de las máquinas que mantenían a su hija con vida.
Vincent, con las manos de los bolsillos de su pantalón y el semblante endurecido por la falta de sueño, custodiaba la entrada del pabellón como un león enjaulado. El eco de unos pasos lentos captó su atención.
Dominic avanzaba por el pasillo central, vistiendo la bata quirúrgica con una sonrisa irritante, acompañado por el jefe de cirugía.
Al quedar frente a frente, a escasos metros del quirófano, detuvo sus pasos y clavó sus ojos en Vincent, dejando escapar una sonrisa cargada de veneno.
—Debe ser un trago sumamente amargo para ti, hermanito —susurró Dominic, ladeando la cabeza con falsa lástima—. El todopoderoso Vincent Blake, el hombre que dobla voluntades con un chasquido de sus dedos, arrodillado ante el hombre al que desterró. Qué cruel es el destino. Tu dinero y tu maldito imperio no valen nada hoy; la vida de tu bastarda depende exclusivamente de lo que llevo en mis huesos.
A Vincent se le marcaron las venas del cuello y apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos crujieron. Odiaba con cada partícula de su ser, que el hombre que más detestaba en el mundo tuviera el destino de su hija en las manos.
Sin embargo, Vincent endureció la mirada, fijó sus ojos en la puerta del quirófano y lo ignoró por completo, dándole la espalda.
El absoluto desprecio de su gemelo hizo que la sonrisa de Dominic se borrara de golpe, encendiéndose de una furia irracional al notar que no había logrado doblegar el orgullo de su hermano antes de entrar a la sala quirúrgica.
Las cuatro horas siguientes se sintieron como un descenso lento al infierno.
Alexa permanecía en la sala de espera, sus ojos fijos en la puerta de la UCI.
De pronto, las luces del quirófano se apagaron. Mientras Dominic era trasladado bajo los efectos de la anestesia a una suite de aislamiento, el hematólogo principal entró a la sala con el rostro marcado por el cansancio.
—El trasplante ha terminado sin contratiempos —informó el médico, Alexa se puso de pie enseguida—. La médula ya está en el sistema de Anny. Pero no podemos cantar victoria aún; las próximas cuarenta y ocho horas son cruciales. Necesitamos vigilar el inicio de la producción celular y asegurarnos de que no haya ningún rechazo.
Alexa soltó un suspiro de alivio, cubriéndose la boca mientras se dejaba caer en su silla. Vincent entró a la sala poco después de que el médico se retirara. Se sentó a dos metros de ella, manteniendo distancia.
—Anny saldrá de esta porque es una Blake —sentenció Vincent, con su voz gélida—. No por él.
Alexa lo miró de reojo, percibiendo la tormenta silenciosa que amenazaba con destruirlo. La tensión entre ambos volvió a espesarse, un magnetismo oscuro que los incitaba a romper la distancia y buscar el calor del otro tras la agonía de la espera, pero la coraza invisible que Vincent había construido para protegerse, lo mantuvo inmóvil.
El tic-tac del reloj de pared marcaba las dos de la tarde cuando el jefe de enfermeros ingresó a la sala privada, visiblemente tenso por tener que romper la orden de aislamiento impuesta por el dueño de la clínica.
—Señorita Rivas —anunció el enfermero, evitando mirar a Vincent a los ojos—, el donante ha salido por completo de la sedación de la cirugía. Se niega rotundamente a dejarse colocar el tratamiento posterior si usted no se presenta de inmediato en su suite médica.
La habitación de Dominic estaba ubicada en el área más apartada del ala norte, un lugar donde Vincent tenía prohibido el ingreso por una cláusula que su propio gemelo había exigido firmar antes de someterse a la extracción.
Vincent se levantó de la silla como impulsado por un resorte, sus ojos grises ardiendo de furia y la respiración violentamente alterada.
Los celos posesivos, salvajes y primarios que había intentado sofocar durante la mañana estallaron sin control. Antes de que Alexa pudiera dar un paso hacia la salida, él la tomó del antebrazo con una rudeza inusual, deteniéndola en seco y pegando el cuerpo de ella contra el suyo.
—¡No tardes! —exclamó Vincent, mirándola fijamente— y regresa aquí de inmediato en cuanto termines —dijo, con la voz rota por la rabia, la mandíbula tensa y sus labios a milímetros de su oreja—. Tu lugar está aquí, cuidando a nuestra hija. Ella te necesita.
Alexa clavó sus ojos en los de él, sintiendo el calor abrasador de su pecho y la fuerza de sus dedos en su piel. Lo conocía demasiado bien como para saber que la salud de Anny en ese momento era apenas una excusa; la realidad era que Vincent estaba muriéndose por dentro, destrozado por los celos y la insoportable idea de saber que ella entraría sola al terreno de su hermano gemelo.