El precio de su Sangre

CAPÍTULO 14. Marcando territorio.

Capítulo 14

Marcando Territorio.

La madrugada tiñó la suite de Anny con sombras densas y una quietud un poco abrumadora, interrumpida solamente por el pitido rítmico de los monitores que vigilaban los signos vitales de Anny.

Vincent empujó la puerta con suavidad. Entró a mitad de la noche, moviéndose con la cautela de un depredador que no quería romper la paz de esa sala, pero con el alma cargada de una tormenta que no lo dejaba respirar.

Se detuvo justo al pie de la cama. Allí, encogida en una silla incómoda y con la cabeza apoyada cerca de las mantas de Anny, Alexa dormía profundamente. El cansancio extremo de los últimos días se marcaba en las líneas finas de su rostro pálido.

Bastó el más mínimo crujido de los zapatos de Vincent contra el suelo para que su instinto la despertara de golpe.

Alexa abrió los ojos y lo miró fijo, con una intensidad que le cortó la respiración.

Vincent se quedó inmóvil, observándola bajo la luz tenue de la pantalla médica. Dio un paso adelante, acortando la distancia, y extendió la mano lentamente hasta rozar su mejilla con el dorso de sus dedos, una caricia suave y, a su vez, extremadamente delicada.

La calidez de su piel desató una marea oscura de deseo y resentimiento en su interior.

Vincent recordó la última noche que habían pasado juntos antes de que todo se derrumbara; recordó la entrega, la locura de sus cuerpos, y la deseó con una desesperación salvaje que le quemó las venas. Sin embargo, detrás del deseo, la rabia brotó con la misma fuerza.

Se sentía furioso porque ella lo había abandonado, porque se había marchado destruyendo el mundo que conocían y lo dejó solo, con su orgullo herido durante casi seis años.

Sin romper el contacto visual, Vincent se quitó el saco de diseñador que llevaba puesto y, con un movimiento rápido, la cubrió por encima de sus hombros, dejando su perfume impregnado en su piel como una marca de propiedad.

—Lamento muchono haber sido yo el donante de Anny —soltó Vincent, con la voz ronca, áspera por la falta de sueño—. Y no soporto la maldita idea de que te vayas a vivir con él. Eso me está quemando por dentro.

Antes de que Alexa pudiera asimilar sus palabras, Vincent la tomó bruscamente por el cuello del saco que acababa de ponerle, atrayéndola hacia él con un tirón violento que eliminó cualquier espacio entre sus cuerpos.

La obligó a mirarlo fijo, atrapando su miraada con sus ojos grises encendidos en un fuego posesivo.

—Escúchame bien —le dijo con una autoridad que la dejó sin aliento—. Tú eres mía, Alexa. Y tienes totalmente prohibido entregarte a él. No me importa el maldito trato que hayan hecho.

No hubo espacio para réplicas. Vincent la besó. Fue un beso furioso, cargado de una posesividad salvaje, apasionado y desesperado, que pretendía borrar los años de ausencia en un solo segundo.

Alexa se tensó, pero el magnetismo que los unía la traicionó. Sus manos se aferraron a la ropa de él, respondiendo con la misma intensidad, perdiéndose en ese beso que les quemaba los labios y les robaba el juicio en mitad de la noche.

De repente, un ruido metálico interrumpió el momento. La puerta se abrió por completo y Dominic apareció en el umbral en una silla de ruedas.

Aunque se notaba débil, pálido y con los estragos de la cirugía marcados en las facciones, la furia en su rostro era absoluta.

Encontró a Vincent besando a Alexa y sus ojos oscuros parecieron arder en llamas.

La tensión en la suite se volvió eléctrica. Dominic apretó los puños sobre los reposabrazos de su silla, respirando con dificultad debido al dolor de la extracción, pero su voz salió cargada de veneno.

—Aléjate de ella, Vincent —dijo Dominic, con una rabia contenida que hizo eco en el silencio—. Te prohíbo volver a tocar a mi mujer, hasta que el plazo de nuestro acuerdo termine.

Alexa se apartó de Vincent de inmediato, con la respiración agitada y el corazón golpeándole el pecho, temiendo por la amenaza oculta en sus ojos.

Vincent no se inmutó. Se enderezó lentamente, manteniendo la postura imponente que lo caracterizaba. Caminó con pasos lentos y pesados hacia la silla de ruedas de su gemelo, inclinándose hasta quedar a milímetros de su oído.

—Recupérate pronto, hermano —le advirtió Vincent al oído, con un susurro tan gélido y letal que pareció congelar el aire—. Y recuerda que por cada dedo que pongas sobre ella, será un clavo más en tu ataúd.

Dominic sostuvo la mirada con los dientes apretados, mientras Vincent le daba la espalda y salía de la habitación sin mirar atrás.

Alexa, sintiéndose abrumada y temblando por la adrenalina, se alejó de la cama de la niña junto a Dominic para emprender su regreso a aquella mansión.

Mientras caminaba por el pasillo, con los labios todavía ardiendo por el beso furioso de Vincent, la determinación se apoderó de su mente.

Juró para sí misma que lo primero que haría al volver a esa casa sería investigar los secretos de Dominic y descubrir, de una vez por todas, qué tuvo que ver Vincent con la misteriosa muerte de Samanta.




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