El precio de su Sangre

CAPÍTULO 17. El Veneno de Irina.

Capítulo 17

El Veneno de Irina.

La humillación ardía en las venas de Irina como ácido. Ser expulsada de la oficina de Vincent Blake con tanto desprecio había sido un golpe letal para su orgullo, pero una mujer despechada y con recursos ilimitados era el arma más peligrosa de todas.

Salió de la imponente torre corporativa con los puños apretados, subió a su coche y le ordenó a su chofer que la llevara directamente a las afueras de la ciudad, a la residencia donde Dominic intentaba desesperadamente salvar lo que quedaba de su imperio financiero.

Al llegar, no pidió permiso para entrar. Los guardias, ya acostumbrados a su presencia, la dejaron pasar hasta el despacho privado. Dominic estaba detrás de su escritorio, rodeado de documentos y teléfonos que no dejaban de sonar, lidiando con la asfixia económica que su gemelo le había impuesto.

Su rostro aún pálido, se tensó al verla entrar.

—No estoy de humor para tus berrinches, Irina. Vincent me ha bloqueado hasta la última cuenta —gruñó Dominic, frotándose las sienes—. Si vienes a llorar porque mi hermano te rechazó de nuevo, puedes irte por donde mismo entraste.

Irina cerró la puerta a sus espaldas con un golpe seco, luciendo una sonrisa fría y venenosa. Caminó hacia el escritorio y arrojó sobre él una carpeta amarilla.

—No vengo a llorar, Dominic. Vengo a decirte que aún podemos destruir a esa mujer desde sus cimientos —dijo ella, apoyando las manos sobre el escritorio e inclinándose hacia él—. Alexa es un misterio con patas, pero nadie carece de un pasado. He puesto a mis investigadores a escarbar en el pueblo donde ella vivía antes de mudarse a la ciudad.

Dominic detuvo lo que estaba haciendo. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, pidiendo silenciosamente que continuara.

—Alexa tiene una mejor amiga allí. Se llama Sandra —reveló Irina, saboreando cada sílaba—. Son inseparables desde hace años. Si hay alguien en este mundo que conoce los secretos más sucios de Alexa, sus debilidades y sus verdaderos miedos, es ella. Sandra es su talón de Aquiles.

Una sonrisa llena de malicia comenzó a curvarse en el rostro de Dominic. La furia de las pérdidas millonarias quedó momentáneamente relegada por la promesa de venganza.

—Empieza a preparar tus maletas, Irina —ordenó Dominic, poniéndose de pie lentamente con la ayuda de su bastón—. Iremos a ese pueblo muy pronto, a visirar a esa tal Sandra.

Horas más tarde, aprovechando que Dominic estaba sumergido en interminables videollamadas con sus abogados internacionales, Alexa logró convencer al jefe de seguridad de que la escoltara a la clínica. Necesitaba ver a Anny.

La necesidad de sentir la respiración de su pequeña y comprobar con sus propios ojos el milagro de su recuperación era lo único que la mantenía cuerda en esa casa.

El piso catorce estaba inusualmente silencioso. Alexa entró a la suite de cuidados intensivos y el corazón le dio un vuelco al ver a Anny durmiendo plácidamente, con un color mucho más saludable en sus mejillas. Acarició su cabello con extrema delicadeza, asegurándole que pronto estarían juntas y lejos de esa guerra familiar que amenazaba con devorarlas.

Tras media hora de paz absoluta, Alexa decidió salir al pasillo para buscar al médico de guardia y pedir una actualización de los análisis de laboratorio. Sin embargo, al cruzar las puertas automáticas, el aire se volvió pesado.

Irina la estaba esperando.

Estaba recostada contra la pared del corredor, con los brazos cruzados y una expresión de superioridad que le deformaba las facciones. El contraste entre ambas mujeres era evidente e inevitable. La figura de Alexa, con sus curvas naturales, amplias caderas y ese magnetismo imponente que volvía loco a Vincent con solo verla, contrastaba radicalmente con la figura voluptuosa, plástica y exagerada de Irina.

—No deberías estar aquí sola, Alexa. Los pasillos de los hospitales son lugares muy... peligrosos —murmuró Irina, despegándose de la pared y bloqueándole el paso con una actitud hostil.

—No tengo tiempo para tus juegos, Irina. Hazte a un lado —respondió Alexa, negándose a dejarse intimidar por la mujer que había intentado destruir su vida anteriormente.

Irina soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor. Acortó la distancia entre ellas, emanando un perfume floral empalagoso que le revolvió el estómago a Alexa.

—Escúchame muy bien, porque solo lo diré una vez —dijo Irina, con los ojos ardiendo en puro odio—. O desapareces de la vida de Vincent para siempre, o haré que el mundo entero sepa que eres una vulgar estafadora que usó a una niña enferma para cazar a un millonario. Me encargaré de filtrar a la prensa que orquestaste todo esto desde el principio para meterte en la cama de un Blake. Te destruiré, Alexa.

Alexa no retrocedió ni un solo paso. La sangre le hirvió en las venas. Su instinto maternal y protector la dotó de una fiereza indomable.

—Inténtalo —la desafió, mirándola desde arriba, con la voz firme y letal—. Habla con quien quieras. Llama a la prensa. Vincent sabe perfectamente quién soy y, a diferencia de ti, no necesito rogar por su atención. Si crees que unas falsas acusaciones me van a alejar de mi hija, estás muy equivocada. Ahora apártate.

La seguridad de Alexa hizo que la furia de Irina se desbordara, pero en lugar de gritar, una sonrisa perversa se dibujó en sus labios.

—Qué conmovedor. De verdad crees que él te ama —se burló Irina, abriendo su bolso de diseñador—. Eres tan ingenua que casi me das lástima. Crees que Vincent se enfrentó al mundo por ti, cuando en realidad, lo único que le importa es el apellido que llevará esa mocosa.

Irina sacó una carpeta negra y extrajo un documento perfectamente redactado, con el inconfundible membrete del equipo de abogados corporativos de la familia Blake. Con un movimiento brusco, se lo estampó a Alexa en el pecho, obligándola a tomarlo.

—Léelo —ordenó Irina, disfrutando del momento.




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