Capítulo 18
La Cena de los Enemigos.
El comedor de la casa de Dominic estaba iluminado por una enorme lámpara de araña de cristal. Todo estaba dispuesto para una noche que, bajo cualquier otra circunstancia, habría sido una celebración familiar.
Era el cumpleaños de Rafael Blake. Sin embargo, el ambiente en la habitación era tan denso y asfixiante que resultaba difícil respirar.
Alexa permanecía de pie cerca de la cabecera de la mesa. Dominic la había obligado a bajar de su habitación y a vestirse para la ocasión, con un vestido vinotinto que se ceñía a su cuerpo con elegancia.
Ella debía ser la anfitriona oficial de la celebración.
Rafael y el abuelo Vicente ya estaban sentados en sus respectivos lugares, observando la escena con rostros tensos y sombríos. Ninguno de los dos aprobaba el teatro retorcido que Dominic estaba montando, pero en la familia Blake, las guerras se libraban guardando las apariencias.
De pronto, el sonido de la puerta al abrirse hizo eco en el pasillo.
Vincent entró al comedor. Iba vestido con un traje negro hecho a la medida que se ajustaba a sus hombros anchos, luciendo impecable, imponente y letal.
Su presencia pareció absorber todo el oxígeno del comedor. Su rostro era una máscara de hielo, mostrando una frialdad que asustaba a cualquiera que se cruzara en su camino. Pero por dentro, estaba viviendo una verdadera tortura.
Sus ojos grises se fijaron inmediatamente en Alexa. Verla allí, de pie a la derecha de su hermano, ocupando el lugar que le correspondía a la mujer de la casa, fue como recibir una puñalada directa al pecho.
Sus instintos más primitivos y posesivos le gritaban que destrozara todo el lugar y se la llevara a la fuerza. Sin embargo, sabía que cualquier paso en falso pondría en riesgo la vida de su hija.
Vincent avanzó con pasos calculados y tomó asiento al otro extremo de la mesa, justo frente a Dominic. Cuando intentó cruzar su mirada con la de Alexa, buscando ese fuego rebelde o esa conexión invisible que siempre compartían, se encontró con algo que lo descolocó por completo.
Alexa no lo miraba con miedo, ni con súplica. Sino con un odio profundo que le alteró los sentidos.
Las mentiras de Irina y aquel documento falso de custodia habían hecho su trabajo a la perfección. Alexa estaba convencida de que él solo la había usado para asegurar el linaje de los Blake y que planeaba robarle a su hija. Lo odiaba con cada fibra de su ser, y Vincent, desconcertado por esa barrera de hielo en los ojos de la mujer que amaba, apretó la mandíbula hasta que le dolió.
—Qué conmovedor es ver a la familia reunida —anunció Dominic, tomando asiento en la cabecera de la mesa y obligando a Alexa a sentarse a su lado, tan cerca que sus brazos se rozaban.
La cena comenzó en un silencio tenso, interrumpido únicamente por el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana fina y el sonido del vino tinto siendo servido en las copas.
Los platillos elaborados por el chef privado pasaron completamente desapercibidos; nadie tenía apetito.
Cuando el postre fue retirado de la mesa, Dominic se limpió las comisuras de los labios con una servilleta y sonrió.
—Bueno, padre —dijo Dominic, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos—. Supongo que es el momento adecuado para los regalos. He preparado algo especial para ti este año.
Dominic hizo una seña a uno de sus hombres de seguridad, quien se acercó de inmediato y colocó una pequeña y elegante caja de madera sobre la mesa, frente a Rafael.
El patriarca la abrió despacio. En su interior había una pesada llave metálica con un logo exclusivo y las coordenadas de un puerto privado.
—Es un yate de lujo, recién fabricado en Italia —alardeó Dominic, inflando el pecho con arrogancia, lanzándole una mirada desafiante a Vincent—. Costó varios millones de dólares. El mejor diseño, la mejor tripulación y totalmente a tu nombre. Quiero ver si mi querido hermano mayor pudo superar eso estando tan ocupado bloqueando mis cuentas bancarias.
Rafael miró la llave con una expresión indescifrable, soltando unas pocas palabras de agradecimiento.
El abuelo Vicente se limitó a mirar a otro lado, fastidiado por la constante y absurda necesidad de Dominic de medir su poder a través del dinero.
Vincent no se inmutó ante la provocación. Mantuvo su postura relajada en la silla, apoyó su espalda en el respaldo y metió una mano en el bolsillo interior de su saco. Extrajo un pequeño envoltorio de terciopelo negro y lo deslizó con suavidad por encima de la mesa hasta las manos de su padre.
Rafael tomó el obsequio con curiosidad.
Al abrirlo, su rostro palideció de inmediato.
Era un antiguo reloj de bolsillo, forjado en oro puro, con las iniciales de Vincent grabadas en la tapa.
Era el reloj que su difunta madre le había regalado poco antes de morir, cuando era apenas un niño.
Un objeto que Vincent había llevado consigo cada día de su vida.
Dominic estalló en una risa seca y cargada de desprecio.
—¿Es una maldita broma, Vincent? —se burló Dominic, señalando el objeto—. Esa baratija anticuada, por más que sea de oro macizo, no vale ni lo que cuesta el maldito timón del yate que acabo de regalarle. Qué tacaño te has vuelto.
El abuelo Vicente golpeó la mesa con fuerza, silenciando la risa de Dominic al instante.
—Eres un idiota Dominic, el respeto no se mide con lo que tienes acumulado en tu cuenta bancaria —lo cortó, con voz firme y áspera—. A veces, el valor sentimental es absolutamente incalculable. Aunque a tus ojos parezca una simple baratija, tu hermano le está cediendo a su padre lo más valioso que ha conservado en toda su vida.
Dominic apretó los labios, sintiendo la humillación quemarle el pecho. Pero no se daría por vencido.
—Tienes razón, abuelo. El valor sentimental lo es todo —murmuró Dominic, girando el rostro lentamente hacia Alexa.