La mañana siguiente amaneció gris y fría sobre Brooklyn, pero el verdadero huracán no venía del cielo, sino de la pantalla de la televisión.
Caminé despacio hacia la cocina con un vaso de leche tibia en la mano, arrastrando las pantuflas por el piso de madera. Al encender las noticias para revisar el clima, la cara de Kyle me recibió de golpe. Los programas de espectáculo matutinos no hablaban de otra cosa. En la pantalla dividida aparecía mi rostro durante el evento benéfico de la noche anterior, radiante e inamovible, junto a las imágenes de Kyle celebrando su victoria en Mónaco con la botella de champán en la mano.
"¿El fin de la era Woods-Ferrec? La supermodelo Katherina Ferrec rompe el silencio a sus siete meses de embarazo y deja helado al piloto estrella de la Fórmula 1", rezaba el titular en letras gigantes y amarillas.
El teléfono del apartamento sonó, rompiendo la tensión del ambiente. Esta vez no era un móvil personal, sino la línea fija que casi nadie conocía, salvo mi agente, Elena.
-dime que estás viendo esto
Soltó Elena sin rodeos en cuanto descolgué el auricular. Su voz sonaba alterada, pero con ese matiz de estratega que la caracterizaba.
-o estoy viendo
Suspiré, apoyando la espalda contra la mesada para aliviar el peso que mis bebés ejercían sobre la zona lumbar.
-supongo que el caos es total
-caos es poco, Katherina. Tu declaración de anoche fue una obra maestra de dignidad. El público está de tu lado. Las marcas de maternidad, ropa de lujo y hasta revistas de alto nivel están saturando mi correo. Todos quieren la primera portada de tu embarazo. Estás marcando tendencia no por ser la "novia de", sino por ser una mujer que no se deja pisotear
Escuchar sus palabras me devolvió un soplo de aire fresco. Durante meses creí que mi carrera en la moda había terminado en el instante en que mi cuerpo empezó a cambiar y el padre de mis hijos decidió dar un paso al costado. Pensar que mi vulnerabilidad se estaba transformando en mi mayor fortaleza me daba una sensación de poder desconocida.
-no quiero comercializar mi embarazo, Elena
Aclaré de inmediato, acariciando suavemente el contorno de mi vientre.
-solo quiero trabajar cuando esté lista, para que a estos dos no les falte absolutamente nada
-y no lo haremos de forma barata, te lo prometo. Pero escucha, hay algo más
Elena hizo una pausa, bajando el tono de voz.
-el equipo de relaciones públicas de Kyle intentó ponerse en contacto conmigo esta madrugada. Quieren un comunicado conjunto. Ofrecen financiar un equipo de seguridad para tu apartamento y asumir todos los gastos médicos de los niños a cambio de que no des más entrevistas individuales
Una sonrisa amarga se me dibujó en los labios. Ahí estaba de nuevo: el patrón de Kyle Woods. Intentar comprar el silencio cuando las consecuencias de sus actos amenazaban con manchar su impecable imagen pública.
-diles que no. No necesito sus favores ni su caridad gestionada por un equipo de prensa. Mis abogados se encargarán de lo legal cuando nazcan los bebés. Hasta entonces, que se concentre en sus carreras de autos y nos deje en paz
Tras colgar, el cansancio pareció disiparse para dar lugar a una energía nueva. Miré mi apartamento. Era hora de dejar de actuar como una refugiada y empezar a preparar el hogar para los dos pequeños seres que llegarían en pocas semanas.
Pasé la tarde ordenando la pequeña habitación contigua a mi dormitorio, aquella que había permanecido cerrada durante semanas por puro dolor. Decidí que se convertiría en la cuna de mis hijos. Desempaqué las primeras prendas que había comprado en secreto meses atrás: mamelucos de punto neutros, pequeñas mantas de lana y un par de patucos diminutos que me hicieron derramar un par de lágrimas, pero esta vez de una profunda emoción.
A última hora de la tarde, el timbre de la puerta principal me tomó por sorpresa. Miré por la mirilla con cautela. Era Mateo, cargado con dos enormes bolsas de la compra y un ramo de flores frescas.
-¡Auxilio al servicio!
Dijo al entrar, dejando las bolsas sobre la mesa con una gran sonrisa.
-vi el circo mediático y me dije: "Kate necesita comida reconfortante y una conversación que no involucre la palabra 'Fórmula 1'"
-eres un ángel
Confesé, abrazándolo como pude a pesar de la prominente barriga que nos separaba.
Mientras Mateo preparaba una cena casera, se sentó frente a mí en la barra de la cocina. Su mirada divertida se volvió más seria, observándome con atención.
-anoche habló contigo, ¿Verdad?
Preguntó suavemente, cortando un par de verduras.
Asentí despacio.
-llamó después de la entrevista. Estaba furioso. Me acusó de dar un espectáculo y de arruinar su concentración. Y luego... tuvo la audacia de decir que quería hablar de los niños cuando regrese de su próxima competencia
-¿Y qué sientes tú?
Indagó Mateo, mirándome a los ojos.
-porque te conozco, Kate. Sé lo mucho que lo amaste. Siete años no se borran con una bofetada ni con un portazo
Sus palabras tocaron una fibra sensible. Hice una pausa, buscando en el fondo de mi corazón una respuesta honesta.
-siento decepción, Mateo. Una decepción tan profunda que apagó el amor. Amaba al Kyle que me enseñaba a usar el metro cuando me daba miedo perderme, al chico que compartía una pizza fría conmigo en el suelo de mi primer piso alquilado. Pero ese hombre ya no existe. El dinero, el éxito y la fama devoraron a la persona que era. Lo que me queda ahora no es despecho, es la certeza de que debo proteger a mis hijos de esa frialdad
-y lo estás haciendo de maravilla
Aseguró él, sirviendo dos platos humeantes sobre la mesa.
-Nueva York puede ser implacable, pero la Katherina de dieciséis años estaría muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido
Aquella noche, mientras cenábamos entre risas ligeras y planes para decorar la habitación de los bebés, sentí que la marea finalmente comenzaba a cambiar. La tormenta no había desaparecido del todo; el nombre de Kyle Woods seguiría resonando en las noticias y su regreso a la ciudad en tres semanas prometía ser un inevitable choque de trenes. Sin embargo, al tocar mi vientre y sentir las patadas enérgicas de mis hijos, comprendí que ya no me encontraba a la deriva. Esta vez, las riendas de mi vida estaban firmemente sujetas en mis propias manos.