Tres semanas pasaron en un abrir y cerrar de ojos, transformando la suave brisa de la primavera neoyorquina en un sofocante preludio de verano. Con treinta y un semanas de gestación, el peso de los gemelos me exigía una lentitud casi meditativa. Mi vientre era ahora una esfera imposiblemente redonda que dominaba mi anatomía, pero el dolor físico era nada comparado con la tensión que se respiraba en el aire.
Kyle había vuelto a la ciudad.
Los titulares de la mañana lo confirmaban con bombo y platillo: "Kyle Woods aterriza en Nueva York tras su podio en Barcelona". La prensa local estaba desatada, velando armas en cada esquina de Manhattan a la espera del inevitable reencuentro entre la estrella del automovilismo y la modelo que se negó a guardar silencio.
Esa tarde, el sol quemaba sobre el asfalto cuando salí del consultorio médico en el Upper East Side. Había sido una revisión rutinaria, pero el ecografista confirmó que los bebés estaban ganando peso a pasos agigantados. "Enérgicos y saludables", había dicho la doctora, una frase que me servía de coraza cada vez que el miedo intentaba asfixiarme.
Apreté contra mi pecho la carpeta con las nuevas ecografías impresas mientras esperaba a que el servicio de coche privado que me había enviado Elena me recogiera en la acera. Lucía un vestido holgado de lino blanco y sandalias planas. A pesar de los grandes lentes de sol que me cubrían media cara, no pasé desapercibida.
El chillido de unos frenos sobre el pavimento me hizo dar un brinco.
Un deportivo negro de vidrios polarizados se detuvo de golpe junto al bordillo, bloqueando el paso del tráfico en la avenida. La puerta del piloto se abrió de par en par y una figura alta, vestida con chaqueta de cuero y gorra oscura, emergió a toda prisa.
Mi corazón dio un vuelco violento. El tiempo pareció congelarse en la Quinta Avenida. Era Kyle. Se quitó las gafas de sol de un tirón y nuestros ojos se cruzaron por primera vez en más de cinco meses. El impacto fue tan fuerte que casi pierdo el equilibrio. Tenía el rostro más afilado, sombras oscuras marcando el contorno de sus ojos y la mandíbula tensa, dura como el hierro. Parecía un hombre consumido por la misma vorágine que lo había encumbrado.
-Kate
Su voz sonó áspera, rasgando el murmullo de la ciudad mientras acortaba la distancia entre los dos con pasos agigantados.
Instintivamente, retrocedí un paso y crucé los brazos sobre mi vientre, en un gesto puramente defensivo.
-¿Qué estás haciendo aquí, Kyle?
Pregunté, intentando que mi voz no traicionara el pánico que me recorría la espalda.
-llevo tres días intentando comunicarme contigo
Dijo, deteniéndose a solo un metro de mí. Sus ojos azules bajaron de mi rostro hasta posarse, de golpe, en mi prominente barriga. Su mirada se congeló allí. Fue como si un rayo lo hubiera atravesado. Toda la arrogancia que solía envolverlo se desmoronó por un instante, dejándolo con la boca entreabierta y los puños apretados a los lados.
-¡Dios mío! Kate... tú... realmente estás...
-¿Embarazada? Sí, Kyle. De siete meses y medio
Corté con una frialdad glacial.
-¿De verdad necesitabas verlo para creerlo, o es que tu equipo de relaciones públicas no te pasó los informes detallados?
Un par de peatones se detuvieron a mirar, reconociéndonos al instante. Un fotógrafo al otro lado de la calle comenzó a disparar su cámara de forma frenética. Kyle pareció notar los destellos de las lentes y apretó los dientes, alterado.
-súbete al coche
Ordenó, señalando su deportivo con la cabeza.
-no voy a discutir esto en mitad de la calle frente a los paparazis
-no voy a ir a ninguna parte contigo
Respondí, erguirme con toda la fuerza que pude reunir.
-si crees que puedes aparecer aquí, darme órdenes y meterme en tu auto como si fuera una de tus seguidoras, estás muy equivocado
-¡Es por el bien de todos!
Siseó, acercándose un poco más, aunque cuidando de no tocarme.
-mis abogados te buscaron y te negaste a hablar. Intenté llamarte y me colgaste. No me dejaste más opción que buscarte en persona. Necesitamos hablar de la custodia, del acuerdo confidencial y del apellido que van a llevar esos niños
Una risa corta y amarga se me escapó del pecho. La gente alrededor comenzaba a murmurar.
-¿Custodia?
Repetí en voz baja pero cargada de veneno.
-hace cinco meses me dijiste que solo había sido un capricho. Me dejaste sola en este país, sin importar si tenía para comer o cómo iba a pagar las consultas médicas, ¿Y ahora vienes a exigir papeles confidenciales porque te preocupa tu reputación?
-¡Estaba asustado, joder!
Estalló él, pasándose la mano por el cabello en un gesto desesperado.
-estaba en la cima del mundo, las firmas multimillonarias me presionaban y tú me saliste con un embarazo que no estaba en mis planes, ¡No sabía cómo reaccionar! Pero no he dejado de pensar en esto ni un solo día
Las palabras de Kyle retumbaron en mi mente, pero ya no tenían el poder de herirme. Observé sus ojos y solo vi a un hombre asustado, acostumbrado a que el mundo girara a la velocidad de sus deseos. Un hombre que pensaba que podía pausar y reanudar vidas con la misma facilidad con la que frenaba en una curva.
En ese momento, el coche que Elena había enviado se estacionó justo detrás del de Kyle. El chófer bajó rápidamente para abrirme la puerta trasera.
-mi transporte llegó
Dije, mirando a Kyle directamente a los ojos, sin pestañear.
-tus abogados pueden hablar con los míos. Pero te voy a dejar algo muy claro, Kyle Woods: tú tuviste tu oportunidad de ser parte de la vida de estos bebés, de sostener mi mano en las ecografías y de ser un hombre de verdad. Decidiste huir
-Kate, por favor...
Murmuró él, dando un paso adelante y estirando la mano, por primera vez rozando la tela de mi vestido sobre mi barriga.
Al sentir su contacto, una patada violenta y firme se sintió desde el interior de mi vientre. Kyle se petrificó, abriendo los ojos de par en par al sentir la fuerza de sus hijos bajo sus dedos. La emoción cruzó su rostro, una mezcla de culpa y asombro genuino.
Lentamente, le quité la mano de encima.