El precio de un capricho - mini serie

Capítulo 8

~Narración de Mateo~

Apreté los dos vasos de cartón con tanta fuerza que el plástico de las tapas crujió bajo mis dedos, derramando unas gotas de café hirviendo sobre mi mano. Ni siquiera sentí el ardor. Solo sentía el latido sordo y furioso de la sangre retumbando en mis oídos mientras veía la espalda de Kyle Woods alejarse por el pasillo del hospital, erguida, arrogante, como si la tierra que pisaba fuera de su propiedad.
«El lugar al lado de su cama, en su vida y en su corazón, me pertenece a mí».
Sus palabras seguían reverberando en mi cabeza como un veneno de efecto lento. Odiaba la precisión matemática con la que ese imbécil me había desarmado. Odiaba que hubiera leído a través de mí con tanta facilidad, desnudando en diez segundos el secreto que llevaba guardado en lo más profundo del pecho desde hacía cinco años.
Tragué saliva, intentando sofocar la náusea que me producía la vergüenza. Kyle tenía razón en una sola cosa: yo era el tipo agradable. El amigo incondicional. El que le alcanzaba el agua en los desfiles de París, el que la hacía reír cuando el dolor de tobillos la hacía llorar, el que sostenía su mano mientras el mundo entero veneraba su belleza en las portadas. Había estado a su lado en cada crisis, en cada victoria, en cada noche de soledad en la que ella suspiraba por un hombre que estaba demasiado ocupado acelerando a trescientos kilómetros por hora como para notar lo extraordinaria que era.
Nunca dije nada. Jamás crucé la línea. No porque no la amara con una intensidad que a veces me dejaba sin aliento, sino porque Kate lo miraba a él con una devoción que no dejaba espacio para nadie más. Para ella, el mundo comenzaba y terminaba en la sonrisa confiada de Kyle Woods. Yo acepté mi papel de espectador con resignación, feliz simplemente con ser su refugio seguro.
Pero verlo regresar ahora, arrogándose el derecho de reclamarla solo porque el instinto biológico le dio una bofetada de realidad, me quemaba las entrañas.
Me tomé un minuto para regular la respiración antes de empujar suavemente la puerta de la habitación. El murmullo rítmico del monitor de los bebés llenaba la penumbra. Kate descansaba de lado, con el rostro relajado y una mano descansando sobre la curva de su vientre. Se veía tan frágil bajo la luz tenue, y al mismo tiempo, tan infinitamente valiente.
Tiré los cafés a la papelera y me acerqué a la orilla de la cama. Me senté en el sillón de plástico que Kyle había ocupado momentos antes y pasé una mano por mi rostro, tratando de borrar cualquier rastro de la discusión del pasillo.

-sé que estás despierta, Kate

Murmuré con suavidad, con un tono mucho más cálido del que había usado afuera.
Ella abrió lentamente los ojos. Un parpadeo perezoso reveló sus pupilas dilatadas por el cansancio. Una pequeña sonrisa, cansada pero dulce, se dibujó en sus labios al verme.

-¿Se nota mucho?

Susurró con la voz ronca.

-te conozco desde los diecinueve años. Sé cómo respiras cuando estás dormida de verdad y cómo simulas para no tener que dar explicaciones

Kate dejó escapar un largo suspiro que hizo temblar sus hombros. Deslizó su mano por la sábana y buscó la mía. Apreté sus dedos con delicadeza, sintiendo la tibieza de su piel.

-habló conmigo

Dijo ella, mirando hacia el techo.

-me dijo que dejó la escudería. Que no va a correr en España
-lo sé. Me crucé con él afuera

Kate giró la cabeza hacia mí, escudriñando mi rostro con atención. Sus ojos, siempre intuitivos, notaron la tensión en mi mandíbula.

-¿Te dijo algo feo? Mateo... no dejes que te perturbe. Kyle está acostumbrado a mandar y a que todo el mundo se pliegue a sus exigencias
-no me dijo nada que no pudiera manejar

Mentí, sonriendo de lado, aunque el pecho me dolía por la contención.

-solo... me da rabia, Kate. Me da rabia que venga a sacudir tu mundo ahora que por fin estabas encontrando algo de paz. Cree que porque es el padre de esos niños tiene un pase automático de regreso a tu vida

Kate apretó mi mano con un poco más de fuerza. Su mirada se volvió oscura, profunda, cargada de una madurez que la niña que conocí en París nunca imaginó tener.

-un pase automático no

Dijo con firmeza.

-el apellido y la biología le darán un lugar en la vida de los bebés, Mateo, pero no en la mía. No se da cuenta de que las palabras que me dijo aquella noche mataron a la Katherina que lo adoraba. No se puede resucitar algo que se convirtió en cenizas

Escucharla decir eso hizo que algo dentro de mi pecho se aflojara, pero la sombra de las palabras de Kyle volvió a asaltarme: «El amor no se apaga por un mal momento... Se esconde por rabia», ¿Tenía razón el piloto estrella? ¿O realmente Kate había cerrado esa puerta para siempre?

-yo solo quiero que estés bien

Murmuré, inclinándome levemente hacia ella, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.

-que no te sientas sola. Pase lo que pase con Kyle, con la prensa o con la F1, yo voy a estar aquí. No me voy a mover de tu lado

Kate me miró con una ternura tan pura que me cortó el aliento. En sus ojos no había romance ni pasión desmedida; había una confianza ciega, un afecto profundo y sincero que me salvaba y me destruía al mismo tiempo.

-lo sé, Mateo

Respondió, apoyando su mejilla contra la almohada.

-eres mi familia. No sé qué habría hecho estos meses sin ti

Familia. La palabra resonó en el aire con la dulzura de una caricia y la pesadez de una condena. Kyle me había llamado "el amigo confidente", y en el fondo, la mirada de Kate me lo confirmaba. Para ella, yo era su roca, su hermano, su refugio. Pero nada más.
Un pinchazo de dolor me atravesó el alma, pero lo disimulé con una sonrisa perfecta, la misma que había ensayado durante cinco años. Acomodé la manta sobre sus hombros y le aparte un mechón de cabello de la frente.

-descansa, Kate. Tienes que llegar a las treinta y seis semanas. Déjame a mí lidiar con los dragones allá afuera



#1275 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance

Editado: 05.10.2026

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