~Narración de Kate~
Habían pasado exactamente cuatro días desde que el mundo dejó de girar a trescientos kilómetros por hora para dividirse en dos pequeñas respiraciones.
Mi apartamento en Brooklyn ya no olía a té de manzanilla ni a flores frescas; ahora olía a una mezcla caótica de crema para rozaduras, leche materna hervida y desinfectante hipoalergénico. Sobre mi cama descansaban dos pequeños milagros envueltos en mantas de algodón: Leo, que había nacido primero con un llanto enérgico y el cabello tan oscuro como el mío, y Mía, diez minutos más joven, infinitamente más pequeña y con unos ojos grises que amenazaban con volverse del azul celeste que tanto intentaba olvidar.
A mis veinticinco años, mi cuerpo se sentía como si hubiera sobrevivido a un maratón de alta montaña. Llevaba una bata de franela tres tallas más grande, un moño deshecho en la coronilla que desafiaba las leyes de la gravedad y dos ojeras que ni el mejor corrector de Chanel podría disimular. Pero cuando los miraba, el cansancio desaparecía para dar paso a una plenitud que me erizaba la piel.
El único problema en mi impecable cuadro maternal era la zona de guerra en la que se había convertido mi sala de estar.
-el ángulo del humidificador no es el correcto, Mateo
Resonó una voz grave y exasperantemente confiada desde la entrada.
-si la humedad del aire supera el cincuenta por ciento, los bebés pueden desarrollar mucosidad. Lo vi en un documental de pediatría esta mañana
-Kyle, por el amor de Dios, llevo tres días instalando la cuna y ajustando la temperatura del apartamento
Respondió Mateo con una falsa dulzura que masticaba veneno en cada sílaba.
-sé perfectamente cómo programar un humidificador ultrasónico de última generación. No necesitas aplicar la telemetría de la Fórmula 1 a la ventilación de un recién nacido
Cerré los ojos con fuerza, dejando caer la cabeza contra las almohadas.
La gran competencia había comenzado.
Desde que recibí el alta en el hospital, mi piso se había transformado en la pista de pruebas de un duelo absurdo. Por un lado, Kyle: el piloto estrella que había cambiado su mono de carreras por camisetas de algodón pálido, armado con un arsenal de libros de puericultura que se leía de madrugada y una chequera dispuesta a comprar hasta el aire que respiraban sus hijos. Por el otro, Mateo: mi roca, el amigo de toda la vida que ahora se paseaba por la cocina como un chef profesional, luciendo una venda discreta en los nudillos -resultado de un "desafortunado tropiezo con un marco de puerta"- y dispuesto a demostrar que ningún deportista de élite podía cuidar de mí mejor que él.
Me levanté despacio, sosteniendo mi vientre todavía blando con una mano, y me asomé al pasillo.
La escena en la sala era para enmarcarla en una comedia de enredo. Kyle, con los brazos cruzados y una postura erguida que delataba sus ganas de mandar, supervisaba cómo Mateo intentaba armar un columpio eléctrico de bebé de tela orgánica que costaba lo mismo que un auto usado.
-solo digo que si sigues apretando ese tornillo hacia la izquierda, la estructura perderá estabilidad cuando Leo empiece a ganar peso
Añadió Kyle con una sonrisa de superioridad que me hizo entrecerrar los ojos.
-y te recuerdo que mis hijos nacieron con un porcentaje muscular por encima de la media
-¿Porcentaje muscular? Son recién nacidos, Kyle, no autos de carreras
Repuso Mateo, levantando la vista con el destornillador en la mano y una vena marcándosele en la frente.
-si tan experto eres en física aplicada, ¿Por qué no vas a la cocina a esterilizar los biberones? Aunque me temo que para eso se requiere una delicadeza que no se enseña en la pista
-esterilicé los biberones a las seis de la mañana mientras tú seguías durmiendo
Contraatacó Kyle, dando un paso al frente con los puños metidos en los bolsillos del pantalón de chándal.
-y de paso dejé organizada la agenda de vacunas de la próxima semana
-¡Oh, qué logro! Seguro te dieron un trofeo por eso
Se burló Mateo, soltando una risita irónica.
-¿Se puede saber si van a seguir midiéndose el ego o si van a dejar que mis hijos duerman la siesta?
Interrumpí, apoyándome contra el marco de la puerta.
El silencio fue instantáneo.
Ambos se giraron bruscamente. Por un segundo, el piloto imbatible y el estilista estrella parecieron dos niños sorprendidos con las manos en la masa. La mirada de Kyle bajó rápidamente hacia mis pies descalzos y luego hacia mi rostro cansado, perdiendo toda la arrogancia en un abrir y cerrar de ojos. Una sombra de culpa y admiración genuina cruzó sus ojos celestes.
-Kate... no queríamos despertarte
Murmuró Kyle, dando un paso cauteloso hacia mí, aunque deteniéndose a una distancia prudente.
-solo estaba asegurándome de que el equipo de la sala cumpliera con los estándares de seguridad
-y yo estaba intentando que no convirtiera la cuna en un bóxer de boxes
Añadió Mateo, ajustándose la camiseta y dedicándome una sonrisa cálida.
-¿Cómo te sientes? Te traje sopa de verduras casera. La dejé en el fuego
-me siento como si viviera en un vestuario de deportes
Suspiré, caminando con lentitud hacia el sofá para dejarme caer sobre los cojines con un leve quejido.
-aprecio que ambos quieran ayudar, de verdad. Pero si van a estar aquí, necesitan bajar tres decibelios su rivalidad. Mis hormonas están al límite y no dudaré en echarlos a los dos a la calle
Kyle trago saliva. Se notaba a leguas que estar allí, en mi espacio, viendo cómo Mateo se movía con absoluta libertad por la cocina mientras él tenía que pedir permiso para cada gesto, lo estaba carcomiendo por dentro. Pero no se rendía. Se acercó a la mesa de centro y tomó una bandeja con una taza de té humeante que había preparado previamente.
-té de hinojo
Dijo Kyle con una voz extrañamente suave, ofreciéndome la taza.