El olor a café recién hecho chocaba brutalmente contra el aroma a leche en polvo que parecía haberse impregnado en las paredes del apartamento. Eran las seis de la mañana y la luz dorada del amanecer neoyorquino filtraba apenas por los grandes ventanales.
En la isla de la cocina, Mateo libraba una batalla campal. Llevaba una bata de seda negra -porque Mateo jamás perdería el glamour, ni siquiera al amanecer- que en ese momento lucía una sospechosa mancha naranja justo a la altura del pecho.
-Katherina, te lo juro por el mismísimo Yves Saint Laurent, esto es un ataque coordinado
Protestó Mateo, sosteniendo una cuchara de silicona como si fuera un arma defensiva mientras intentaba esquivar un puñado de pure de zanahoria que Mía acababa de proyectar desde su silla alta.
A su lado, Leo soltó una carcajada estridente, un sonido angelical que terminó con el bebé derramando medio biberón sobre el pantalón de lino de su padrastro.
-son bebés, Mateo, no estrategas militares
Me reí, acercándome por detrás para rodear su cintura con mis brazos. Apoyé la barbilla en su hombro, disfrutando del calor de su cuerpo.
-aunque admito que Mía tiene una puntería envidiable
Mateo suspiró, pero la rigidez de su postura se evaporó al instante. Dejó la cuchara en el plato, se giró entre mis brazos y me sujetó por la cintura. Sus ojos oscuros, habitualmente llenos de esa chispa audaz y crítica que lo convirtió en el estilista más codiciado de la moda, brillaban con un afecto que todavía lograba acelerarme el corazón.
-eres una desalmada por burlarte de mi sufrimiento
Murmuró con una sonrisa torcida antes de inclinar la cabeza y besarme.
Fue un beso lento, profundo, de esos que me hacían olvidar por completo que dormía un promedio de cuatro horas por noche. Durante dos segundos, el caos de la cocina desapareció. Mateo me pegó a su cuerpo y yo pasé mis manos por su cuello, enredando mis dedos en su cabello despeinado. Su perfume costoso mezclado con el aroma casero de la mañana era la combinación más adictiva del mundo.
Un chillido coral de los gemelos rompió el hechizo. Mateo se separó unos centímetros, rozando su nariz con la mía.
-cita romántica terminada. Duración: tres segundos. Rompimos nuestro récord de ayer
Susurró, guiñándome un ojo.
La puerta principal se abrió con el sonido familiar de una llave electrónica y el taconazo firme de Elena resonó en el pasillo. Entró como un torbellino, cargando una carpeta de piel, un iPad y dos vasos gigantes de café de especialidad.
-buenos días a la familia más fotografiada de Manhattan
Anunció Elena sin anestesia, dejando los cafés en la mesa y esquivando hábilmente un juguete de plástico que rodaba por el suelo.
-Kate, tienes la prueba de vestuario para la portada de Vogue a las diez. Mateo, la junta ejecutiva de la marca te quiere en el piso treinta a las once. Y antes de que pregunten, Kyle ya mandó la transferencia mensual para los fideicomisos de los niños y su asistente llamó para confirmar que llega el viernes de su carrera en Mónaco para pasar el fin de semana con los gemelos
Me pasé una mano por la cara. La presencia de Kyle en nuestras vidas se había vuelto sorprendentemente fluida. Tras aquella noche decisiva donde aceptó que lo nuestro había terminado y vio cómo elegía a Mateo, Kyle cumplió su promesa: no había vuelto a interferir en mi vida amorosa y era un padre presente, responsable y extrañamente maduro a la distancia. Sin embargo, su sombra siempre estaba ahí, recordando que nuestro pasado jamás sería del todo invisible.
-gracias, Elena. Siempre tan poética a primera hora
Dije, tomando un sorbo de café.
-¿Todo bien en la agencia?
Elena vaciló por una fracción de segundo. Fue un gesto casi imperceptible para cualquiera, pero yo la conocía demasiado bien.
-todo bajo control
Respondió rápido, sacando unos papeles.
-aunque Mateo tiene algo que contarte antes de la junta
Miré a Mateo. Él había dejado de limpiar la mancha de su bata y mantenía la vista fija en la taza de café. El ambiente juguetón de hace un minuto se disipó al instante.
-¿Mateo?
Lo llamé, sintiendo un leve pinchazo de inquietud en el estómago.
Mateo respiró hondo, se acercó a la isla y me miró directamente a los ojos.
-me ofrecieron la dirección creativa global de Maison Laurent. La sede principal
Me quedé helada.
-eso es... eso es enorme, Mateo. Es el trabajo de tus sueños
Intenté que mi voz sonara con el entusiasmo genuino que sentía por él, pero la palabra global pesaba en el aire.
-pero... la sede principal está en...
-París
Completó él por mí.
Un silencio pesado cayó sobre la cocina. París. La ciudad donde casi pierdo el rumbo, la ciudad de las pasarelas sofocantes, donde los fantasmas de mi carrera pasada aún resonaban. Y, sobre todo, la ciudad que nos obligaría a reestructurar toda la vida que con tanto esfuerzo habíamos construido aquí, en Nueva York, con dos niños pequeños que necesitaban estabilidad.
-exigen que me traslade allá en un mes. Por un contrato mínimo de dos años
Agregó Mateo, con la mandíbula tensa.
-quieren que tú también te mudes conmigo, Kate. Quieren reestructurar tu imagen desde la capital de la moda
-¿Mudarnos?
Repetí, sintiendo que el aire se volvía denso.
-Mateo, acabamos de encontrar un equilibrio. Los niños tienen a sus médicos aquí, la rutina está funcionando, Kyle viene a Nueva York cada vez que tiene un descanso... no podemos simplemente empacar dos cunas y volar al otro lado del océano porque una firma lo exige
-es la oportunidad de mi vida
Dijo Mateo, y por primera vez en semanas, escuché al hombre ambicioso y perfeccionista que no cedía ante nada-. He pasado años siendo "el estilista de las estrellas". Esta es mi oportunidad de ser el diseñador que lidere el imperio. Pensé que te alegraría.