El precio de un capricho - mini serie

Capítulo 19

El teléfono parecía quemarme la palma de la mano mientras la limusina me llevaba hacia las oficinas de la agencia. Volví a leer el mensaje una y otra vez en el asiento trasero. La foto de Mateo y mía en el balcón, la frase en francés, la fría amenaza implícita. Mi primer impulso fue llamar a Mateo, gritarle que cancelara la junta con Maison Laurent y que contratara seguridad privada. Pero al recordar la determinación en sus ojos esta mañana, me detuve.
Mateo había pasado años a mi sombra, cuidando mi imagen, salvándome la vida social y profesional mientras posponía sus propios sueños. Esta oferta en París era el pináculo de su carrera. Si le mostraba este mensaje, cancelaría la oferta en un segundo para proteger a los niños y a mí. Se quedaría en Nueva York por resentimiento contenido o por un sentido del deber que terminaría envenenando lo nuestro. No podía hacerle eso. Debía ser una broma pesada de un paparazi resentido. Decidí tragarme el pánico, guardar el teléfono en el fondo de mi bolso y enfocarme en sobrevivir al día.
La jornada en la agencia fue un torbellino desgastante. Entre flashes de cámaras, vestidos de alta costura que no me cerraban del todo por el posparto y el desfile incesante de maquilladores, logré distraer mi mente. Sin embargo, para cuando el ascensor me dejó de vuelta en el recibidor de nuestro apartamento en Tribeca al final de la tarde, sentía que llevaba un camión de volteo sobre la espalda.
Al abrir la puerta, el silencio habitual del vestíbulo estaba completamente destruido por un escándalo de risas, chillidos infantiles y una voz masculina grave imitando el rugido de un león.
Caminé hacia la sala y me detuve en seco. La escena era digna de una comedia surrealista.
Sobre la alfombra persa reposaban dos osos de peluche verdaderamente gigantescos, tan enormes que bien podrían haber requerido su propio código postal. Entre las montañas de felpa marrón, Kyle -el intrépido piloto de Fórmula 1, el hombre que conducía a trescientos kilómetros por hora ante millones de espectadores- estaba tirado boca arriba, despeinado, luciendo un suéter de diseñador completamente manchado de babas. Mía estaba sentada triunfalmente sobre su estómago, jalándole la corbata sin piedad, mientras Leo intentaba escalar una de las patas gigantescas del oso.

-¡Auxilio, Katherina! ¡Tus hijos están intentando reclamar mi alma!

Dijo Kyle en cuanto me vio, exagerando un tono de agonía mientras se dejaba caer sobre la alfombra.
No pude evitar soltar una carcajada genuina, la primera del día. La tensión en mis hombros cedió un poco.

-veo que les trajiste un recuerdo muy discreto de Mónaco

Dije, acercándome para quitarle a Mía de encima y darle un beso en la mejilla a mi hija.

-Kyle, esos osos son más grandes que el apartamento de mi primera agencia

-son osos de edición limitada, Kate. Tienen que aprender a apreciar el buen gusto desde pequeños

Protestó él, poniéndose de pie con torpeza mientras Leo se agarraba de su pantalón. Kyle lo levantó en el aire con suma facilidad, sacándole una risa contagiosa al niño.
Ver a Kyle interactuar con los gemelos siempre me provocaba un sentimiento cálido y agridulce.

-te adelantaste un par de días. Elena dijo que llegabas el viernes

Comenté, dejando a Mía en el corralito mientras Leo jugaba con las orejas del oso gigante.

-terminé las pruebas en el circuito antes de lo previsto y no aguantaba las ganas de verlos

Explicó Kyle, acomodándose la camisa rascándose la nuca con cierta timidez.

-además... quería saber cómo estaban las cosas con lo de París. Elena me comentó algo por encima

Suspiré, caminando hacia la barra de la cocina para servirme un vaso de agua.

-es complicado, Kyle. Mateo está en una encrucijada y yo... yo no sé si puedo volver a armar las maletas y llevarme a los niños allá
-oye, tranquila. Lo resolverán

Dijo él, acercándose a la barra. En ese momento, mi bolso, que descansaba sobre la mesa alta, comenzó a vibrar intensamente.

El sonido del teléfono resonó en la cocina. Me congelé.
Kyle, que estaba justo al lado de la barra, reaccionó por puro instinto reflexivo.

-déjame ver si es Mateo...

Dijo, estirando la mano y tomando el móvil antes de que yo pudiera reaccionar.

-¡Kyle, no!

Grité, pero fue demasiado tarde.
La pantalla se había iluminado con una vista previa de la notificación. Kyle frunció el ceño, deslizó el dedo para abrir la pantalla y la imagen del balcón junto con el texto en francés apareció en alta resolución.
El rostro de Kyle cambió drásticamente en un segundo. La calidez del padre juguetón desapareció por completo, reemplazada por la mirada helada y calculadora del hombre de negocios y atleta de alto rendimiento.

-¿Qué demonios es esto?

Su voz cayó un octavo, fría y cortante.

-no es nada, dame eso

Dije, intentando arrebatárselo, pero él dio un paso atrás, analizando la fotografía con detenimiento.

-¿"La felicidad no te sienta bien, nos vemos en París"? ¡Esta foto fue tomada desde el edificio de enfrente, Katherina! ¡Ayer por la noche!

Kyle estaba visiblemente alterado, la vena de su cuello marcándose.

-esto es un acoso directo. Alguien los está vigilando. Y lo peor de todo... apunta a la zona donde están las cunas de los niños durante el día, ¡Voy a llamar a la policía ahora mismo y le voy a decir a Mateo que...!
-¡No!

Lo interrumpí, tomándolo con fuerza por los brazos, mirándolo con desesperación.

-¡Kyle, por favor, escúchame! ¡No le digas nada a Mateo!

Kyle me miró como si me hubiera vuelto loca.

-¿Estás demente? Tienes a un psicópata tomándoles fotos dentro de su propia casa y amenazándolos. Mateo tiene que saberlo. Tu seguridad y la de mis hijos está en juego
-¡Si se lo digo, renunciará a Maison Laurent!

Le rogué, sintiendo que las lágrimas quemaban en mis ojos.



#1275 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance

Editado: 05.10.2026

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