Kyle dejó ir un largo suspiro de frustración y bajó el teléfono.
-está bien. Pero si no descubres qué pasa en cuarenta y ocho horas, se lo digo yo mismo o contrato a un equipo de seguridad por mi cuenta, ¿Entendido?
-entendido. Gracias, Kyle, de verdad...
-¿Qué es lo que no me van a decir?
La voz resonó desde la entrada del apartamento. La puerta principal estaba entreabierta y Mateo estaba de pie en el umbral, vistiendo un traje impecable de tres piezas, con su portafolios en la mano. Su mirada alternaba entre mi rostro pálido y la mano de Kyle, que aún sostenía mi teléfono.
El pánico me paralizó la garganta. La tensión en la habitación se volvió sofocante.
Mateo dio dos pasos lentos hacia el centro de la sala, clavando sus ojos oscuros en Kyle. La chispa de rivalidad entre ellos, que habíamos logrado adormecer en los últimos meses, resucitó en un parpadeo.
-llego a casa y los encuentro a los dos en susurros, hablando de secretos y de no decirme algo
Dijo Mateo, manteniendo un tono peligrosamente calmado, aunque el puño con el que sostenía su maletín estaba blanco por la presión.
-¿Alguien me va a explicar qué está pasando aquí? ¿Kate?
Apreté las manos, incapaz de articular una mentira convincente. Sentí que el mundo se me venía abajo.
Entonces, Kyle dio un paso al frente.
Por un instante lo vi dudar, apretando el teléfono en su bolsillo con nerviosismo, pero en cuestión de segundos adoptó una postura erguida, esa arrogancia natural y segura que utilizaba frente a la prensa antes de una carrera.
-tranquilo, Mateo. No hay ningún misterio de Estado
Dijo Kyle con una voz asombrosamente firme y despectiva, cruzándose de brazos.
-Kate simplemente me estaba contando sobre la oferta que te hicieron en París y lo abrumada que está con la logística de los niños
Mateo frunció el ceño, sin bajar la guardia.
-¿Y por qué no querían que me enterara?
-porque Kate no quería estresarte ni sonar como una mala pareja poniéndote frenos hoy que es tu día importante
Continuó Kyle, sosteniéndole la mirada a Mateo sin parpadear.
-me estaba pidiendo consejo. Le daba miedo que, si decidías irte a Francia, todo fuera un caos. Así que le estaba ofreciendo una solución
-¿Qué solución?
Preguntó Mateo, dando un paso más, entornando los ojos. Kyle sonrió de lado, con esa seguridad exasperante que solía desquiciar a cualquiera.
-le estaba diciendo que si tú decides aceptar la dirección creativa en París e irte para allá a cumplir tu sueño, yo puedo instalarme unas semanas en Nueva York para ayudarla a cuidar a los niños mientras ustedes organizan la transición. O que, si ella prefiere quedarse, yo me hago cargo de la custodia aquí mientras tú trabajas allá. Solo le ofrecía mi ayuda como el padre de Mía y Leo para que no sientan que el mundo se les viene abajo. Eso era todo el "secreto"
Me quedé sin aliento, mirando a Kyle impresionada por la rapidez con la que había inventado la coartada perfecta, mezclando la verdad de nuestra discusión sobre París con la mentira necesaria para proteger mi secreto.
Mateo miró a Kyle en silencio durante unos segundos eternos. Podía ver el engranaje de su mente procesando la información, evaluando si el ofrecimiento de Kyle era una tregua genuina o una provocación sutil para marcar territorio. La tensión entre ambos hombres en medio de la sala se podía cortar con un bisturí.
El crujido del aire acondicionado en la terminal ejecutiva del aeropuerto JFK sonaba como un temporizador en cuenta regresiva. La maleta de cuero italiano de Mateo reposaba a su lado, tan impecable y sobria como la expresión de su rostro.
Habían pasado solo dos días desde la escena en nuestra sala. Dos días de un silencio espeso, cargado de decisiones no conversadas y miradas que se esquivaban en el pasillo. Al final, Mateo había tomado la oferta. No podía culparlo: la dirección creativa de Maison Laurent era el cetro que siempre había merecido ostentar. Pero el precio inmediato era esta despedida precipitada para la semana de prensa previa al anuncio oficial en Europa.
-tienen el vuelo de las tres el próximo mes si decidimos cerrar la mudanza, ¿Verdad?
Preguntó Elena, rompiendo el hielo mientras revisaba las confirmaciones en su iPad con una eficiencia casi quirúrgica.
-sí, Elena. Todo el itinerario está coordinado
Respondió Mateo, aunque su mirada no estaba en ella. Sus ojos oscuros me buscaban a mí.
Sostenía a Mía en mis brazos mientras Leo jugaba con la correa del bolso de Elena. Me acerqué un paso, sintiendo el nudo familiar en la garganta. Mateo extendió los brazos para tomar a nuestra hija, acunándola contra su pecho con una ternura que siempre desarmaba cualquier vestigio de mi orgullo.
-cuídame a tu mamá, pequeña monstruo
Murmuró Mateo, pegando su frente a la de Mía antes de pasársela a Elena y tomar a Leo para darle un abrazo apretado.
-volveré antes de que se den cuenta. Lo prometo
Finalmente, se giró hacia mí. No había prensa alrededor, solo la intimidad fría de la sala VIP. Mateo me sujetó de la cintura y me atrajo hacia él con una urgencia contenida. Su beso supo a café amargo y a un dolor silencioso que ninguno de los dos quería nombrar.
-no me dejes solo en París por mucho tiempo. Siento que te estás alejando y no sé cómo frenarlo
El peso de la culpa por los mensajes anónimos ocultos en mi teléfono casi me hace confesar ahí mismo. Me mordí el labio inferior, tragándome el pánico.
-no me voy a ningún lado, Mateo. Ve y conquista esa firma. Te lo ganaste
Le dije, forzando la sonrisa más radiante que pude gestionar.
Nos dio un último vistazo antes de cruzar la puerta de embarque. Cuando la estructura de vidrio se cerró tras él, sentí como si una parte de mi escudo protector se hubiera esfumado en el aire de la pista.
***
El estudio fotográfico en SoHo era un hervidero de luces estroboscópicas, música electrónica a todo volumen y asistentes corriendo con percheros cargados de seda y plumas. La sesión para la campaña de otoño no esperaba a nadie, ni siquiera a una madre con el corazón dividido.