~Narración de Kyle~
El timbre del microondas sonó en la penumbra de la cocina, devolviéndome a la realidad. Eran las tres de la mañana. Me pasé una mano cansada por la cara, sintiendo la barba de un par de días, mientras esperaba que los biberones alcanzaran la temperatura adecuada.
Si mi director de equipo en Ferrari me viera en este momento, le daría un infarto. A tres semanas del Gran Premio de Bélgica, el piloto número uno de la escudería no estaba descansando en una cámara hiperbárica en Mónaco ni concentrado en el simulador. Estaba en la cocina de un piso en Tribeca, en calcetines, despeinado y preparando leche en polvo con la precisión de quien ajusta la presión de los neumáticos en una parada en boxes de tres segundos.
Tomé los dos biberones y caminé en silencio por el pasillo de madera. Al pasar por la habitación principal, la puerta estaba entreabierta. Me detuve un segundo.
Ahí estaba Kate. Se había quedado dormida sobre la cama vestida con una camiseta gigante y unos pantalones de pijama, con el ordenador portátil encendido aún a un lado de las cobijas. La pantalla brillaba con el tono azulado de una videollamada de FaceTime recientemente finalizada.
Sabía exactamente con quién acababa de hablar. Se lo leía en la postura exhausta, en el modo en que suspiraba incluso dormida. Hoy finalmente armó el valor que le faltaba y le soltó la bomba a Mateo a través de la pantalla: no iría a París. Le había inventado una excusa piadosa sobre la rutina de los bebés, el estrés del desarrollo de los gemelos y los contratos de modelaje en Nueva York. Mateo, atrapado entre las reuniones maratónicas con los ejecutivos de Maison Laurent y el agotamiento del cambio de horario, no tuvo más remedio que tragar entero.
Alcé la vista al techo y dejé ir un suspiro ahogado. Mateo creía que su novia se quedaba en Estados Unidos por la tranquilidad de los niños. Lo que Mateo no sabía -y lo que Kate se empeñaba en ocultar para no arruinar su "gran oportunidad"- era que los hombres del equipo de seguridad que yo pagaba de mi bolsillo vigilaban la puerta del edificio las veinticuatro horas, porque la persona detrás de los mensajes anónimos no había dejado de acechar.
Entré al cuarto de los bebés. Mía ya estaba comenzando a gimotear en su cuna, mientras Leo pateaba los barrotes.
-tranquilos, fieras, papá está aquí
Murmuré en un susurro, cargando a Leo con el brazo izquierdo mientras le acomodaba el biberón a Mía en la cuna con la otra mano.
Me senté en el sillón de lactancia con Leo en mi regazo. El pequeño agarró el biberón con sus dos manitas y me miró con sus enormes ojos oscuros. Eran los ojos de Kate. Cada rasgo de su rostro era un recordatorio diario y minucioso de la mujer a la que había jurado dejar ir.
Se suponía que esto era temporal. Se suponía que yo solo estaba aquí como un padre responsable y una medida de protección de emergencia. Le había jurado a Kate, y me había jurado a mí mismo aquella noche en que la vi besar a Mateo, que había aceptado la derrota. Guardé mi orgullo, subí a mi monoplaza y dejé que ella construyera su vida. Me convencí de que el amor maduro significaba alegrarse por su felicidad, aunque esa felicidad no me incluyera.
Qué maldito mentiroso era. Estar en este apartamento semanas enteras, compartiendo el desorden diario, los llantos nocturnos, las tazas de café frío a medianoche y el miedo enconado por las amenazas, había erosionado la coraza que con tanto esfuerzo me había construido. El problema no era la convivencia; el problema era la intimidad doméstica. Era ver a Kate despeinada por las mañanas, riéndose con la boca llena de tostadas mientras se le caía la mermelada en el sillón. Era la forma en que rozaba involuntariamente su hombro contra el mío cuando revisábamos las cámaras de seguridad que mis hombres habían instalado. Era el aroma de su perfume de vainilla impregnado en las mantas de la sala donde yo dormía cada noche.
El sentimiento que creí haber sepultado en Mónaco no estaba muerto. Solo estaba esperando una grieta para salir a la superficie y quemarme vivo.
Leo terminó su biberón y soltó un sonido de satisfacción antes de apoyar su cabecita contra mi pecho. Le di palmaditas suaves en la espalda hasta que escuché su respiración volverse pausada y profunda. Me quedé allí, en la penumbra de la habitación adornada con osos de felpa y móviles de estrellas, sintiendo el peso cálido de mi hijo contra el corazón.
La puerta de la habitación se abrió suavemente y la silueta de Kate apareció en el umbral. Se frotó los ojos, parpadeando ante la débil luz de la lámpara de noche.
-Kyle...
Susurró, con la voz ronca por el sueño.
-escuché a los niños. Deberías haberme despertado. Es mi turno
-están bien, Kate. Mía ya se durmió y Leo está a punto
Contesté en voz baja, sin moverme para no despertar al pequeño.
Kate caminó hacia nosotros. Llevaba los pies descalzos y caminaba sin hacer ruido. Se inclinó sobre mi hombro para mirar a Leo, y la cercanía fue como un latigazo. Su cabello me rozó la mejilla y el aroma a lavanda y piel tibia me inundó los sentidos. Cerré los ojos un segundo, apretando la mandíbula hasta que me dolió para evitar la tentación absurda de girar la cabeza y besar su cuello.
-eres increíble, ¿Lo sabes?
Murmuró ella, sonriendo con una ternura devastadora mientras le acariciaba la cabeza a nuestro hijo.
-no sé cómo haces para aguantar nuestro ritmo y luego ir a ganar carreras a trescientos kilómetros por hora
-es cuestión de entrenamiento
Bromeé, aunque mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.
-manejar un coche de Fórmula 1 es bastante más fácil que convencer a Mía de que se coma la papilla
Kate soltó una risita ahogada. Levantó la mirada de Leo y me miró directamente a los ojos. En la semioscuridad de la habitación, sus ojos reflejaban la luz de las estrellas del techo.
-se lo dije a Mateo