-París no es seguro para ustedes en este momento. Los mensajes no han parado y la seguridad de la firma en Francia es un colador. Tomaste la decisión correcta para los niños
-¿Y para mí?
Preguntó ella, dando un paso atrás y apoyándose contra la pared, mirándome con una vulnerabilidad que me destruía por dentro.
-a veces siento que toda mi vida se convirtió en una huida constante. Y tú... tú eres el único que está aquí sosteniendo la puerta para que no se caiga encima de nosotros
Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Quise decirle que no me diera las gracias, que no me mirara así. Quise gritarle que la razón por la que estaba aquí no era solo por los niños, sino porque la idea de que ese tipo anónimo o cualquier otra persona en el mundo le hiciera daño me volvía completamente loco. Que me estaba arrastrando a las sombras a las que ella le tenía tanto miedo, sacrificando mi propia paz solo por un segundo más de su cercanía.
-es mi trabajo, Kate
Dije con frialdad calculada, ponerme de pie y depositando con extrema delicadeza a Leo en su cuna. Acomodé la cobija sobre el bebé antes de girarme hacia ella.
-son mis hijos. Y tú eres... eres la madre de mis hijos. Haría esto por cualquiera de ustedes tres
Kate parpadeó, sorprendida por la distancia repentina en mi voz. Hubo un destello de confusión en su mirada, un silencio cargado que se alargó entre los dos como un cable de alta tensión a punto de romperse.
-claro
Dijo ella en voz baja, cruzándose de brazos.
-claro que sí. Gracias de todas formas, Kyle
-ve a dormir
Le dije, pasando por su lado sin mirarla directamente a los ojos, temiendo que si me detenía un segundo más, perdería el control.
-salgo temprano mañana. Tengo que revisar los informes de la agencia de seguridad en la entrada
Caminé a pasos rápidos por el pasillo hasta llegar al salón principal. Me dejé caer en el sofá de la biblioteca donde llevaba durando semanas. El cuero olió inmediatamente a su perfume.
Me cubrí la cara con ambas manos, sintiendo el pulso acelerado en mis sienes. Mateo estaba al otro lado del océano, confiando en que el hombre que alguna vez intentó quitarle a la mujer de su vida era ahora un guardián respetuoso y un padre reformado. Y yo estaba en su casa, usando su cobija, albergando en mi pecho un fuego que no tenía derecho a sentir.
Miré hacia la puerta de cristal del balcón, donde la noche neoyorquina se desplegaba en un mapa de luces frías e indiferentes. La amenaza que acechaba a Kate desde las sombras era peligrosa, pero el monstruo que estaba creciendo dentro de este departamento, bajo el disfraz del salvador abnegado, era algo que ninguno de los tres estaba preparado para enfrentar.
***
El rugido del motor V6 turbo híbrido de mi monoplaza solía ser el único sonido capaz de silenciar mis pensamientos. Durante tres horas en la pista de pruebas en Nueva Jersey, el asfalto y la telemetría fueron mi refugio. Todo marchaba a la perfección: los tiempos por vuelta eran impecables, la adherencia del coche era absoluta y, por un breve momento, logré convencerme de que tenía el control absoluto de mi vida.
Pero el espejismo se esfumó en cuanto me quité el casco.
A última hora de la tarde, aparqué la camioneta en el garaje subterráneo de Tribeca. Venía cargado con un par de bolsas enormes de tiendas exclusivas del SoHo: trajes en miniatura de escudería para los gemelos y unos juguetes de madera traídos de Italia. La culpa por la tensión de la noche anterior me había llevado a refugiarme en la rutina de siempre: comprarles regalos a mis hijos y buscar cualquier excusa para ver sonreír a su madre. Subí en el ascensor tarareando una melodía absurda, sintiendo que el aire volvía a mis pulmones. Deslicé la tarjeta magnética, abrí la puerta pesada del apartamento y entré con las bolsas en la mano.
-¡Llegó la caballería! miren lo que les trajo su...
La frase se congeló en mi garganta.
El ambiente dentro del piso era denso, pesado, cargado de un silencio siniestro. Las bolsas de compras resbalaron de mis dedos y cayeron al suelo con un golpe sordo.
En el centro del salón, acurrucada en una esquina del gran sofá de cuero, estaba Kate. Tenía las piernas pegadas al pecho, el rostro escondido entre las manos y los hombros agitándose en un llanto sordo, desgarrador. Era un mar de lágrimas, totalmente rota, como si el mundo entero le hubiera colapsado encima en cuestión de minutos.
En el área de juegos, Elena estaba arrodillada en la alfombra. Intentaba desesperadamente mantener ocupados a Mía y a Leo, haciendo ruidos con unos cubos de colores y dándoles la espalda a la escena para evitar que los bebés vieran a su madre en semejante estado de colapso.
Sentí que el corazón me daba un vuelco violento. Una ola de adrenalina fría me recorrió las venas. Mi primer pensamiento fue la amenaza: el acosador los había atacado, alguien había entrado al edificio, la seguridad falló.
Caminé a pasos agigantados hacia Elena.
-¿Qué demonios pasó?
Exigí en un susurro áspero, con el pulso desbocado.
-¿Alguien intentó entrar? ¿Están bien?
Elena levantó la vista hacia mí. Tenía los ojos cristalinos y una expresión de impotencia absoluta. No dijo una sola palabra. Simplemente negó tristemente con la cabeza, apretando los labios con amargura.
Aquella negativa silente me puso los pelos de punta. Abandoné a Elena y fui directamente hacia el sofá. Me arrodillé en la alfombra, justo frente a Kate, quedando a la altura de su rostro.
-Kate... Kate, mírame
Le pedí, forzando la voz para mantener la calma mientras le apartaba suavemente las manos de la cara. Su rostro estaba helado, sus ojos hinchados y rojos por las lágrimas.
-por favor, habla conmigo, ¿Qué ocurrió? Estoy aquí
Kate no respondió con palabras. Con los dedos temblorosos, desbloqueó la pantalla de su teléfono y me lo tendió.
Tomé el móvil. Una nueva notificación en la pantalla emergía desde el mismo número anónimo que nos había estado atormentando durante semanas con las fotos del balcón y las frases encriptadas.