Deslicé el dedo para abrir el archivo adjunto.
Era una fotografía de alta resolución tomada en una fiesta privada en un penthouse exclusivo en París. La iluminación era tenue, sofisticada, rodeada de copas de champán y luces nocturnas. En el centro de la imagen estaba Mateo. Llevaba un traje de corte perfecto, pero no lucía como el hombre abrumado y triste que hablaba por FaceTime por las noches. Sonreía, relajado, sosteniendo por la cintura a una chica despampanante: una rubia de ojos claros, innegablemente hermosa, de esas bellezas parisinas que parecen sacadas de una portada de alta costura.
Ella estaba completamente pegada a él. Su rostro estaba a escasos milímetros de la mejilla de Mateo, sus manos acariciándole el cuello, en una actitud de intimidad posesiva que no dejaba espacio para la imaginación.
Debajo de la foto, venía un texto extenso en francés enviado por la propia chica.
Mi nivel de francés era básico, pero lo suficiente para entender palabras clave que me hicieron hervir la sangre.
-Elena... traducela. Ahora
Ordené con una voz de ultratumba, pasándole el teléfono por encima del hombro a la manager.
Elena se acercó despacio, tomó el teléfono y leyó la pantalla con la voz entrecortada por la indignación:
-«Gracias por ser tan obediente, Katherina...»
Tradujo Elena, tragando saliva.
-«tu miedo a venir a París le abrieron la puerta a quien realmente merece estar a su lado. Las fotos desde tu balcón y las advertencias no eran para destruirte... eran solo para asegurarme de que te quedaras en Nueva York y no arruinaras su nuevo imperio. Mateo es mío ahora. Gracias por cedérmelo sin pelear»
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala.
Cada palabra resonó en mi cerebro como una detonación. La verdad cayó sobre nosotros con el peso de una losa de hormigón. Toda la paranoia, los ataques de pánico de Kate, el despliegue de seguridad privada, las noches en vela cuidando a los bebés en la penumbra... todo había sido una puta manipulación pirotécnica. Una estrategia vil ideada por una modelo parisina obsesionada para aterrorizar a Kate, obligarla a quedarse en Nueva York y despejarle el camino hacia Mateo en Europa.
Y lo peor de todo: Mateo estaba allí, disfrutando de la fiesta, dejándose abrazar por la misma mujer que había convertido la vida de la madre de sus hijos en un infierno de ansiedad.
El aire dentro de mi pecho se volvió puro veneno. Sentí una ráfaga de fuego caliente subirme desde el estómago hasta la garganta. La rabia, una ira ciega, brutal e incontrolable, me nubló la vista.
-Elena
Dije. Mi voz ya no sonaba humana; era un rugido bajo, vibrante de odio purísimo.
-llévate a los niños a su cuarto. Cierra la puerta. Ahora mismo
-Kyle, por favor...
Empezó a decir Elena, asustada por el tono de mi voz.
-¡Que te lleves a los niños, Elena!
Grité, incapaz de contener el estallido.
Elena reaccionó de inmediato. Cargó a Mía, tomó a Leo de la mano y los guió a toda prisa por el pasillo, cerrando la puerta del dormitorio tras de sí. Me puse de pie de un salto. El salón se me hacía pequeño. La rabia me hacía temblar las manos, los nudillos blancos por la presión de apretar los puños con tanta fuerza que las uñas me clavaban la carne.
-¡Ese hijo de puta!
Bramé, dándole una patada destructiva a la mesa de centro de cristal, haciendo que los adornos volaran por el suelo y se estrellaran contra la pared.
-¡Ese maldito infeliz!
-Kyle... por favor
Sollozó Kate desde el sofá, cubriéndose los oídos, temblando violentamente.
-¿"Por favor"? ¡Kate, te destruyó la mente! ¡Te tuvo semanas sin dormir! ¡Te hizo sentir una mala novia, te hizo llorar por no ir a París para no arruinarle su maldito sueño, mientras él se paseaba por las fiestas dejándose manosear por la mujer que te estaba amenazando!
Grité, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado, pasándome las manos por el cabello de forma frenética. El pánico me consumía, mezclado con un deseo salvaje de venganza. Sentía una desesperación física, un impulso violento que me quemaba los músculos.
-voy a tomar el jet privado. Voy a volar a París esta misma noche
Dije, sacando mi propio teléfono del bolsillo con dedos torpes y furiosos, buscando el contacto de mi piloto.
-oy a buscar a ese infeliz a la sede de Maison Laurent, lo voy a sacar a rastras a la calle y le voy a romper la cara a golpes. Te lo juro por Dios, Katherina, le voy a moler a golpes cada hueso de la cara por haber jugado así contigo
-¡Kyle, detente!
Gritó Kate, poniéndose de pie con torpeza, tambaleándose mientras se acercaba a mí y me agarraba de los brazos con todas las fuerzas que le quedaban.
-¡Por favor, mírame! ¡No lo hagas peor!
Me detuve en seco. La fuerza de sus manos en mis brazos me paralizó.
La miré. Kate estaba completamente deshecha, con los ojos anegados en dolor, humillada, traicionada por el hombre por el que lo había arriesgado todo. La visión de su sufrimiento me atravesó el pecho con más violencia que cualquier choque en la pista a trescientos kilómetros por hora.
-nos vio la cara de imbéciles a los dos, Kate...
Murmuré, con la voz quebrada por la ira y la impotencia, sintiendo mis propios ojos arder.
-me quedé cuidando su casa, cuidándote a ti, ahogándome en la culpa por sentir lo que siento por ti mientras él te vendía por una fiesta en París. No se va a quedar así. No lo voy a permitir
Kate apoyó su frente contra mi pecho, rompiendo a llorar con una desesperación que me desgarró el alma. Mis brazos, aún tensos y temblorosos por la rabia, la rodearon por instinto, pegándola a mi cuerpo para protegerla del colapso.
El fuego de la venganza seguía ardiendo en mi sangre, pero mientras la sostenía en la oscuridad del salón, supe que la verdadera guerra acababa de comenzar. Y esta vez, no habría espacio para la diplomacia.