El precio de un capricho - mini serie

Capítulo 25

~Narración de Kate~

Las dos semanas posteriores al descubrimiento de la fotografía fueron un limbo helado. El apartamento en Tribeca se sentía como una prisión de lujo. La risa de los gemelos era el único alambre de púa que me mantenía pegada a la tierra, mientras Kyle se transformaba en una sombra protectora, implacable y silenciosa, dividiendo su tiempo entre sus entrenamientos y una vigilancia casi obsesiva sobre nosotros.
El sol de la tarde filtraba entre las hojas de los árboles de Central Park, tiñendo el pasto de un dorado cálido. Los gemelos corrían sobre una manta gigante, persiguiendo burbujas de jabón que Kyle soplaba con una sonrisa relajada, la primera que le veía en días.

-mira a Mía, Kate. Definitivamente heredó tus reflejos catastróficos para atrapar cosas

Bromeó Kyle, tumbándose sobre el césped a mi lado, apoyando la cabeza en sus manos.
Solté una pequeña risa, sintiendo por primera vez en catorce días que el nudo en mi garganta se aflojaba. Verlo interactuar con los niños, tan grande, tan fuerte y tan absurdamente entregado a su papel de padre, traía una paz extraña a mi caos. Durante un par de horas, el fantasma de París, la modelo rubia y la traición de Mateo desaparecieron en el aire de Nueva York.

-gracias, Kyle

Murmuré, acomodándome un mechón de pelo detrás de la oreja mientras lo miraba.

-por obligarme a salir de esas cuatro paredes. De verdad lo necesitaba

Kyle se giró levemente, clavando sus ojos azules en los míos. La calidez juguetona de su mirada dio paso a una intensidad seria, profunda, que me hizo contener el aliento por un milisegundo.

-haría cualquier cosa por sacarte una sonrisa, Kate

Dijo en voz baja, con una sinceridad limpia que me atravesó el pecho.

-vámonos antes de que empiece a enfriar

Recogimos todo entre bromas y cargamos a los gemelos en su cochecito doble. El camino de regreso en la camioneta fue tranquilo, lleno de música suave y la respiración pausada de los niños, que habían caído rendidos tras la excursión.
La adrenalina del destino, sin embargo, nos esperaba paciente justo en la puerta de nuestro refugio.
Cuando la camioneta de Kyle se detuvo frente a la entrada principal del edificio en Tribeca, el universo decidió dinamitar la poca paz que habíamos recuperado. Un taxi amarillo acababa de frenar metros adelante. La puerta trasera se abrió y un hombre bajó apresuradamente, ajustándose la solapa de un saco costoso y sosteniendo una maleta de mano. Mateo. Mi corazón dio un vuelco violento contra mis costillas. Me quedé helada en el asiento del copiloto, con las manos petrificadas sobre el cinturón de seguridad, ¿Qué hacía él aquí? No debía volver de Francia hasta dentro de un mes.

-qué demonios...

La voz de Kyle al lado mío no fue más que un gruñido gutural.
Antes de que pudiera reaccionar, Kyle apagó el motor y saltó del vehículo. Salí inmediatamente detrás de él, sintiendo que las piernas me temblaban como si fueran de papel.
Mateo nos vio. Al divisarme, su rostro se iluminó con una sonrisa confiada, ignorando por completo la tormenta que se le venía encima. Ajustó su postura y dio tres pasos rápidos hacia mí, alzando la mano con esa soltura elegante que siempre lo caracterizaba.

-¡Kate! Intenté llamarte desde el aeropuerto, no sabes el caos que fue el vuelo, pero logré cancelar la agenda de esta semana para...
-¡Ni se te ocurra acercarte a ella!

El grito de Kyle resonó en toda la calle como un disparo.
Mateo ni siquiera tuvo tiempo de parpadear. Kyle acortó la distancia entre ellos en un segundo y, con un movimiento brutal impulsado por dos semanas de rabia contenida, le encajó las manos en el pecho y lo empujó con una fuerza salvaje. Mateo salió despedido hacia atrás, perdiendo el equilibrio por completo y estrellándose pesadamente contra el suelo de concreto, golpeando el hombro contra la acera.

-¡Kyle, no!

Grité, ahogándome con mi propio aire.
Mateo dejó escapar un gemido de dolor, mirando a Kyle con absoluta perplejidad mientras se reincorporaba torpemente, limpiándose el polvo del abrigo. La confusión en su cara era real, y por un milisegundo me pareció patético.

-¿Pero qué te pasa, idiota? ¿Te volviste loco?

Escupió Mateo, poniéndose de pie con la mandíbula tensa.

-¡Es mi casa y es mi novia! ¡No me toques!

Kyle dio un paso al frente, los puños cerrados con tanta presión que las venas de sus brazos parecían estar a punto de estallar. Se veía colosal, peligroso, como un depredador a milímetros de triturar a su presa.

-¡Lárgate de aquí antes de que no pueda controlarme!

Rugió Kyle, con una voz que hizo que el conserje del edificio se asomara por la puerta de cristal, aterrado.

-¡Te lo juro por Dios, Mateo, lárgate si aprecias tu maldita vida!
-¡Kyle, basta, por favor!

Intervine, poniéndome entre los dos, colocando mis manos temblorosas sobre el pecho de Kyle. Sentía el latido desbocado de su corazón y el calor de su rabia pura. Miré a Kyle a los ojos.

-déjame a mí. Por favor. Por los niños

Kyle apretó los dientes, su mirada azul fija en Mateo como una mira telescópica, pero ante mi súplica cedió medio paso atrás, sin bajar la guardia.



#1275 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance

Editado: 05.10.2026

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