El Precio de un Suspiro

1. Donde terminan las espinas

Era la quinta vez en la semana que Liàn Wèi ofendía a un erudito, y era la cuarta vez que su padre le reprendía frente a todo el mundo en la sala del trono.

Los soldados y sirvientes alrededor murmuraban sobre los acontecimientos recientes, eran un escándalo de niveles monumentales.

El Emperador de Bèixiao, Lìng Gû, suspiró profundamente, apenas dándole un vistazo a su hijo menor.

—Tu comportamiento es inaudito, Liàn Wèi; Ya no eres un niño, será mejor que cambies pronto esa actitud tuya —su voz escéptica retumbó en toda la sala.

El tercer príncipe miró a su padre, un pequeño e indescriptible malestar anidó en su pecho, una punzada constante que le dejaba avistar un final conocido para a aquella conversación.

"¿Eso es todo lo que dirá?", pensó, su mandíbula tensándose.

Dados a ese punto, incluso un castigo le sabría a una fresca y dulce victoria, en su lugar, se encontró inundado por una espesa amargura que lo dejó sin aliento.

Liàn Wèi empuñó sus manos hasta que sus nudillos se drenaron de sangre y se volvieron blancos.

Observó el frío suelo de mármol sobre el cuál se encontraba arrodillado, con el tiempo sus extremidades se habían adormecido. Incluso con su larga estadía en el Gran Salón, no estaba llegando a ninguna parte.

Finalmente, sus labios se separaron y soltó un: —¿Por qué debería cambiar? —un tono sarcástico y burlón se hizo presente, dedicándole un gesto desafiante a su padre—. ¿Qué darás a cambio de mi obediencia?

El silencio que siguió fue prolongado. Lìng Gû masajeó el puente de su nariz, tenía mejores asuntos por atender, pero en lugar de resolverlos, estaba ahí, perdiendo el tiempo con su hijo inútil.

—Márchate, Liàn Wèi. Es lo mejor que puedes hacer además causarme problemas.

Para el príncipe, eso fue nuevo, tal vez incluso creativo; Pero no era lo que quería escuchar, y no lo escucharía.

Con una lentitud medida, se puso de pie, y sin decir una sola palabra más, se marchó a zancadas. No pensaba mostrarle sus últimos respetos al Emperador, ese hombre no los merecía.

Mucho tiempo atrás había caído en cuenta de que, por más que intentara hacerse notar y enorgullecer a Lìng Gû, no podría lograrlo, ni en mil vidas.

¿Qué más daba si los demás lo juzgaban por ser un irreverente? Los eruditos solo eran víboras parlantes, en ese palacio no había siquiera un alma correcta. ¿Por qué él tendría que hacer la diferencia?

¿Qué sabía el Emperador sobre el bien y el mal? Gobernaba un imperio, pero había permitido que los ministros devoraran a su propia esposa, consumiéndola hasta que no quedó ni cenizas.

Lìng Gû creía que el mal era un hijo rebelde, pero el verdadero mal era el silencio que yacía en un trono de oro y joyas.

Si tan solo él se hubiese parado de aquella silla ostentosa... si hubiera intentado detener al Tercer Príncipe... Liàn Wèi podría demostrarle que no solo podía ser un hijo problemático.

Sin embargo, esa oportunidad nunca se dio. Avanzó cinco, ocho, diez pasos, y nadie le llamó de vuelta. Caminó por los pasillos, nadie le saludó, algo normal, pues lo tachaban por ser cruel todo el tiempo.

No eran rumores exagerados. Tampoco era un temor que había sembrado por inconsciencia. La elección estaba tomada, no había vuelta atrás.

Ser el sádico e infundirle temor a los demás, era mucho mejor que ser la víctima de alguien más.

Necesitaba ver algo más roto que él mismo para convencerse de que aún era un príncipe. Desvió su camino y cruzó el umbral hacia las mazmorras antes de ir a su alcoba.

Los pasillos se encontraban en una espesa penumbra, siendo la única fuente de luz unas escasas antorchas.

El Tercer Príncipe frunció el ceño al ser golpeado por el olor a podredumbre que venía de las celdas.

Detuvo su andar frente a la celda de Yù Wēī, solo era un prisionero de guerra traído desde Nányuè, estaba cubierto de suciedad y sangre.

Pero incluso alguien así conservaba algo de luz y esperanza en sus ojos. Algo de lo que Liàn Wèi carecía hace mucho tiempo. Esa chispa de voluntad era un insulto a su persona.

—Mírate —susurró con cierto desprecio, la voz de Liàn Wèi era como seda sobre cristales rotos—. Te eriges tan orgulloso, incluso entre las ratas. Me pregunto cuántos golpes se necesitan para que esa mirada tuya desaparezca.

No esperó respuesta. No la necesitaba. La humillación era el único idioma que sabía hablar para no romperse.

Llegó a sus aposentos, con la rabia burbujeando en su sangre. Un sirviente tembloroso le recibió, deshaciendo sus capas con manos que fallaban por el miedo.

Liàn Wèi sintió que la corona quemaba; el metal parecía hundirse en su cráneo, recordándole que su libertad era limitada a lo físico.

Una punzada de dolor le nubló la vista, todo a su alrededor convirtiéndose en manchas confusas. El sirviente balbuceó algo, una pregunta inaudible que sonó como el zumbido de un insecto molesto.

—¿Hablas o simplemente gimes como un animal? —espetó Liàn Wèi. Su mano voló a la mandíbula del sirviente, obligándolo a levantar la mirada con una brusquedad cruel—. Habla más alto miserable. Detesto que balbuceen en mi presencia. ¿Tu lengua no sirve, es eso? Si no sirve, no las necesitas ¿Quieres que te la arranque?

El sirviente sollozó soltando disculpas, una tras otra. Por un segundo, Liàn Wèi sintió un asco profundo. No hacia el sirviente, sino hacia sí mismo. Era un déspota rodeado de sombras, un príncipe de nada.

El dolor en su cabeza explotó en un destello blanco. Soltó al sirviente, que cayó al suelo como un fardo de ropa vieja. El Tercer Príncipe ignoró los llamados de sus sirvientes, con la visión borrosa y el corazón latiendo con un ritmo errático, caminó a su cama y se sentó pesadamente sobre ella.

Finalmente, después de que el llamado de los sirvientes cesó, se terminó por desplomar en su cama.

—Todos ustedes morirán... —fue su último pensamiento, una maldición lanzada al techo sombrío—. Y yo seré el primero en disfrutar el silencio.




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