El humo del cigarro se enroscaba como una víbora gris bajo los focos cenitales del Salvatore’s. Ese era su reino.
Alessandro “Sandro” Vitale observaba el salón desde su mesa privada, un balcón de cristal oscurecido que dominaba el corazón del restaurante como un dios pagano contemplando su templo desde lo alto. Abajo, los hombres de negocios legítimos se mezclaban con los capos de la droga, las celebridades con los corruptos, las esposas enjoyadas con las amantes secretas. Todos pagaban por estar allí. Todos pagaban por su protección. La cuota era alta, pero la alternativa —la posibilidad de despertar un día sin poder pagar, sin poder respirar, sin poder nada— era infinitamente más cara.
Sandro era joven para ser el heredero del Imperio Vitale, apenas treinta y dos años, pero la muerte de su padre, Giuseppe, dos años atrás lo había encallecido prematuramente. En el espejo de su mente veía aún la imagen de su padre desplomándose sobre el escritorio de caoba, un solo agujero de bala en la sien, los ojos abiertos como si todavía intentaran comprender la traición. Nadie había reclamado el asesinato. Nadie había tenido el valor. Pero Sandro sabía, en esa parte de su alma que ya no creía en nada, que los culpables aún caminaban entre los vivos. Y los encontraba. Uno por uno. Lentamente. Con paciencia de cirujano y saña de verdugo.
Su traje Zegna negro estaba impecable, cortado a la medida por un sastre anciano en Milán que juraba no trabajar para mafiosos, solo para “caballeros de negocios complicados”. La tela se movía con él como una segunda piel, sin una sola arruga. Pero bajo la manga de la camisa, una cicatriz reciente en el antebrazo le picaba con la regularidad de un reloj biológico: recordatorio de que la semana pasada había ejecutado personalmente a un traidor. Un hombre llamado Benny Fazzino, que había trabajado para su padre durante veinte años y que había vendido información a los chinatos por una suma miserable, apenas cincuenta mil dólares. Sandro lo había hecho arrodillar en el sótano de una carnicería abandonada en Brooklyn. Le había hablado en voz baja, casi con cariño, preguntándole por sus hijos, por su esposa, por el perro que tenía desde cachorro. Y luego, con la misma mano que ahora sostenía el cigarro, había apretado el gatillo. La sangre de Benny aún manchaba el cuero de sus zapatos, aunque los limpiabotas del Salvatore’s habían hecho un trabajo impecable.
Su belleza era la de un ángel vengador: mandíbula cuadrada que parecía tallada en granito, pómulos altos que proyectaban sombras dramáticas bajo la tenue luz del restaurante, ojos verdes como el vidrio roto, afilados y peligrosos, capaces de pasar de la frialdad absoluta a una calidez engañosa en menos de un segundo. Cabello negro peinado hacia atrás con fijación de cera italiana, cada mechón en su lugar como soldados en formación. Tenía una boca que no sonreía a menudo, pero cuando lo hacía, la sonrisa nunca llegaba a sus ojos. Esa era la señal. Los que conocían a Sandro sabían que su sonrisa era más aterradora que su puño cerrado.
Pero eran sus manos, grandes y quietas como arañas dormidas, lo que infundía verdadero terror. Manos que habían estrangulado, apuñalado, acariciado el gatillo. Manos que podían partir una nuez con dos dedos o acariciar la mejilla de una mujer con la delicadeza de un copo de nieve. Manos que, según las leyendas que circulaban por los bajos fondos de Nueva York, nunca temblaban. Ni siquiera cuando estaban mojadas de sangre.
Sandro dio una larga calada a su cigarro —un Davidoff oscuro, de esos que solo se consiguen en Ginebra, en una tiendecita que su padre le había mostrado cuando él tenía diecisiete años y aún soñaba con ser arquitecto— y dejó que el humo se escapara lentamente por sus fosas nasales. El restaurante vibraba abajo con la energía de quinientas almas que creían estar a salvo. Qué equivocadas estaban. Nadie estaba a salvo en el mundo de Sandro Vitale. Ni siquiera él.
—La partida de heroína del puerto se retrasa —murmuró su lugarteniente, Marco, inclinándose hacia su oído con la parsimonia de quien ha aprendido que las malas noticias requieren un protocolo casi religioso—. Los rusos quieren renegociar el porcentaje.
Marco De Luca tenía cuarenta y siete años, canas en las sienes y una lealtad probada en tres guerras de bandas. Había empezado como chófer del padre de Sandro y ahora era su mano derecha, su sombra, el único hombre en la organización que podía hablarle con franqueza sin temor a perder la lengua. Era bajo, corpulento, con una cara de sapo benigno que ocultaba un instinto asesino digno de los mejores manuales de la Cosa Nostra. Su mujer, una siciliana devota, creía que trabajaba en importación de aceite de oliva. Sus hijos estudiaban en universidades privadas. Su perro, un labrador llamado Santo, lo esperaba cada noche con el rabo moviéndose como un metrónomo. Marco mataba por Sandro sin dudarlo, pero nunca había podido matar la mirada de su esposa cuando llegaba tarde a cenar.
Sandro apagó el cigarro sin apartar la vista del comedor. Lo presionó contra el cenicero de cristal de Murano con un movimiento lento, casi perezoso, y el tabaco crujió como huesos secos bajo una bota. Sus dedos tamborilearon una vez sobre la madera de caoba. Ese sonido, en su mundo, equivalía a una sentencia de muerte. Marco lo sabía. Los camareros que pasaban cerca lo sabían. Hasta los pinches de cocina, tres pisos más abajo, habrían reconocido ese eco fatal si hubieran podido oírlo.
—Diles que el porcentaje no se negocia —dijo Sandro, y su voz era tan suave como el filo de un cuchillo recién afilado—. Y si vuelven a retrasar un envío, el próximo cadáver que flote en el Hudson será el de su contacto de aduanas. No el cadáver entero, Marco. Una parte. La que más le duela a su jefe. Envía a Rizzo a “recordárselo” personalmente. Que lleve la caja de herramientas. La pequeña.
Marco asintió, pero no se movió. Hubo una pausa incómoda, una de esas pausas que en la jerarquía mafiosa equivalen a una confesión.