El precio de una noche

Capítulo 2: Las Raíces del Mal

Habían pasado seis semanas. Seis semanas de infierno.

Alessandro Vitale no era un hombre que aceptara el “no” como respuesta. Había desplegado a sus mejores hombres para encontrar a Valeria. Hombres que habían rastreado prófugos durante décadas, que habían localizado testigos protegidos por el gobierno, que habían encontrado a soplones enterrados en el otro lado del mundo. Pero era como si la tierra se la hubiera tragado.

No había registro de ninguna “Valeria” con su descripción en los últimos cinco años en Nueva York. No usaba tarjetas de crédito. No tenía redes sociales. No tenía familia conocida. No aparecía en los listados de alquileres, ni en los padrones electorales, ni en las bases de datos de hospitales. Ni siquiera en los archivos de inmigración, donde su acento extranjero sugería que debería figurar.

—No existe —le dijo Marco una tarde en la oficina, un despacho de paredes acorazadas donde Sandro firmaba sentencias de muerte con la misma pluma con la que su padre había firmado contratos de extorsión. El cuarto olía a cuero italiano y a bourbon, pero también a algo más: a la frustración de un hombre que no estaba acostumbrado a perder—. Es un fantasma.

Marco había sido el guardaespaldas de su padre. Ahora era su mano derecha, su sombra, el único hombre al que Sandro permitía verle la nuca descubierta. Un veterano de cuarenta y ocho años, con las sienes canosas y los nudillos deformados por décadas de violencia. Y en ese momento, estaba incómodo. Porque Alessandro Vitale no miraba los informes que Marco le había puesto sobre la mesa. Miraba una servilleta arrugada que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.

—Los fantasmas no sangran —respondió Sandro, y mostró la marca de uñas que aún llevaba en el hombro. Cinco medias lunas rojizas, casi cicatrizadas, que se negaban a desaparecer. Como si la piel recordara lo que la mente no podía olvidar.

Marco apartó la mirada, incómodo. No era la primera vez que su jefe se obsesionaba con una mujer. Pero las anteriores habían sido cosas de una noche, cuerpos calientes que llegaban y se iban como el humo de un cigarro. Esto era diferente. Esto era peligroso.

—He revisado todas las cámaras del hotel —insistió Marco, señalando un montón de impresiones granuladas sobre el escritorio de caoba—. Salió sola a las seis de la mañana. Caminó hacia el este. Desapareció en una zona ciega en la calle 42. Después… nada. Como si se la hubiera tragado el asfalto.

—Nadie desaparece así —dijo Sandro, y su voz era un gruñido grave, el sonido de una fiera que olía la presa pero no podía verla—. Tiene que haber algo. Una cuenta bancaria. Un teléfono. Alguien que la conociera.

—No hay nada, jefe. Lo siento.

Sandro se puso de pie. Era alto, ancho de hombros, con ese tipo de presencia que llenaba una habitación sin necesidad de palabras. Sus ojos negros, los mismos que habían visto morir a su padre a los diecisiete años, los mismos que habían ordenado su primera ejecución a los veintiuno, ahora tenían un brillo distinto. No era furia. Era hambre.

—Sigue buscando —ordenó—. Quiero que vuelvas a interrogar a todo el personal del hotel. Recepcionistas, botones, camareras. Alguien vio algo. Alguien sabe algo. Y quiero los registros de todas las llamadas salientes de las habitaciones cercanas a la suya.

—Jefe, eso son trescientas habitaciones…

—¿Te he pedido tu opinión? —Sandro se inclinó sobre la mesa, apoyando los puños en la madera. El gesto era mínimo, casi imperceptible, pero Marco dio un paso atrás. Conocía esa postura. Era la misma que Sandro adoptaba antes de partirle la cara a alguien—. No me importa lo que cueste. No me importa a quién tengas que sobornar o a quién tengas que romperle los dedos. Encuéntrala.

Marco asintió y salió sin decir una palabra más.

Mientras tanto, el negocio se desmoronaba.

Los rusos, envalentonados por la muerte de Rizzo —un capo de la familia Gambino que había sido aliado de los Vitale durante quince años, ajusticiado en una lavandería de Brighton Beach con un tiro en la nuca—, habían incautado un cargamento de armas valorado en tres millones de dólares. La familia Colombo estaba presionando en Brooklyn, intentando absorber el territorio que los Vitale controlaban desde los años ochenta. Y alguien estaba filtrando información a la fiscalía. Documentos internos, rutas de contrabando, nombres de jueces comprados. Las ratas olían el cambio de aire y se preparaban para saltar del barco.

Sandro debería haber estado concentrado en la guerra que se avecinaba. Debería haber estado en reuniones con sus capitanes, negociando con los abogados, supervisando la reubicación de sus activos. En lugar de eso, pasaba las noches recorriendo bares de mala muerte, clubes de alterne y pensiones de mala categoría, mostrando la foto de un rostro que solo existía en su memoria.

La foto era borrosa. La había obtenido de las cámaras de seguridad del hotel: una imagen granulada en blanco y negro donde Valeria bajaba la mirada, el pelo oscuro cayendo sobre su rostro. Apenas se le veía la nariz, el mentón, la curva de una mejilla. Pero Sandro la habría reconocido entre diez mil. Porque su memoria no guardaba su cara. Guardaba sus ojos.

—Estás perdiendo la cabeza —le espetó su madre, Caterina, en una de sus raras visitas a la mansión familiar en Long Island.

Caterina Vitale era una mujer de sesenta años, con el pelo plateado recogido en un moño tan apretado que parecía tensarle la piel del rostro. Vestía un traje negro de Chanel, perlas en el cuello y una cruz de diamantes que su difunto esposo le había regalado la noche antes de morir. Tenía una mirada que había visto enterrar a un esposo y a dos hijos mayores. Una mirada que no conocía la piedad, ni el miedo, ni el arrepentimiento.

La mansión de Long Island era su territorio. Una fortaleza de piedra blanca rodeada de jardines inmaculados, donde Caterina gobernaba con la misma mano de hierro con la que su hijo gobernaba las calles. Las sirvientas caminaban en puntillas. Los jardineros no levantaban la vista. Y los muros, gruesos como los de un búnker, guardaban secretos que nadie se atrevía a pronunciar.



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En el texto hay: mafia, embarazo inesperado, enemigos

Editado: 21.04.2026

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