El regreso a Nueva York fue una odisea. Sandro dispuso un avión privado, un médico a bordo y una escolta armada. Valentina no habló durante todo el vuelo. Miraba por la ventana las nubes como si fueran las lápidas de su pasado. Sandro respetó su silencio. No pidió explicaciones. Solo le sostenía la mano de vez en cuando, y ella no la retiraba. Había algo roto entre ellos, sí, pero también algo que se negaba a morir. Quizá la costumbre. Quizá el miedo. Quizá el latido diminuto y feroz que crecía en el vientre de ella, exigiendo un lugar en un mundo que ya había decidido odiarlo.
Aterrizaron en un aeropuerto privado de Teterboro. Marco los esperaba con una flota de SUV negros. Al ver a Valentina, su lugarteniente frunció el ceño, pero no dijo nada. Sandro lo fulminó con la mirada. No era un gesto, era una advertencia grabada a cuchillo.
—Nadie, absolutamente nadie, debe saber quién es ella —ordenó, con la voz helada—. Si alguien pregunta, es mi esposa. Y el niño es mi heredero.
Marco asintió, pero sus ojos viajaron al vientre abultado de Valentina, después a la mirada esquiva de ella, y finalmente a Sandro. Había algo en ese intercambio que olía a juicio.
—Jefe, la familia… su madre…
—Mi madre se enterará cuando yo decida. ¿Está claro?
—Sí, jefe. —Marco bajó la cabeza. Pero en sus ojos había una advertencia que Sandro eligió ignorar. La viuda de hierro siempre se enteraba de todo. Siempre.
Instalaron a Valentina en el penthouse. No en la mansión familiar. Sandro quería tenerla cerca, bajo su control, pero también quería protegerla de las víboras de la mafia. El penthouse tenía tres plantas, muros de vidrio, una terraza con vistas al río Hudson y sistemas de seguridad que costaban más que una casa en los Hamptons. Le asignó dos guardaespaldas mujeres, entrenadas en artes marciales y en el manejo de armas: Rita y Camila, exmilitares, leales solo a él. Les pagaba el triple que a sus sicarios, y eso decía todo.
Le compró ropa, libros, un piano eléctrico (ella había mencionado una vez que tocaba de niña), y una cuna de roble tallado que llegó al día siguiente en una caja de roble italiano. Valentina la vio y no dijo nada. Pero esa noche, mientras Sandro creía que dormía, la oyó mecer la cuna vacía y cantar en voz baja una canción en español. Algo sobre una paloma blanca. Sandro nunca había oído a su madre cantar. Tampoco a ninguna de las mujeres que habían pasado por su vida. Aquello le removió algo en el pecho. Algo que no sabía nombrar.
Cada noche, después de resolver los sangrientos asuntos del imperio —ejecuciones, sobornos, pactos rotos y otros tantos sellados con apretón de manos y el brillo de un cuchillo—, se sentaba junto a su cama y le leía en voz alta. Primero fue Neruda, después Borges, después un libro de poemas que ella había dejado caer una vez en la cabaña. Sandro leía mal: su voz era áspera, los acentos le bailaban, pero Valentina cerraba los ojos y escuchaba como si fuera lo único que la mantuviera anclada a la tierra.
No era romance. Era supervivencia. Valentina seguía sin perdonarlo del todo. Y él seguía sin saber cómo pedir perdón por los crímenes de su padre. Pero había algo más fuerte que el odio: la necesidad. La necesidad de que ese niño naciera en un mundo donde las balas no fueran la única lengua. La necesidad de creer que aún era posible ser otra cosa.
Una noche, a las dos de la madrugada, Valentina despertó con un dolor agudo en el bajo vientre. No era el dolor sordo de las últimas semanas. Era un latigazo, un puño que le retorcía las entrañas. Sudor frío. Náuseas. El terror blanco de lo inevitable.
—Sandro —gritó. No era un llamado. Era un salvoconducto.
Él apareció en segundos, con el pelo revuelto y una pistola en la mano. Dormía en el sofá de la sala, a solo diez metros, con un ojo siempre abierto. Al verla retorciéndose de dolor, arrojó el arma sobre la mesita de noche y corrió hacia ella. Sus manos, manchadas de sangre ajena tantas veces, temblaron al tocar su frente.
—Está viniendo —dijo ella, entre jadeos, apretando los dientes—. Se adelanta. Tres semanas. No puede ser…
Llamaron al médico de confianza, un hombre llamado Dr. Levine que había tratado a la familia Vitale durante décadas. Era un judío de Kiev, viejo, sabio, con manos de cirujano y una mirada que había visto nacer a tres generaciones de mafiosos. Llegó en veinte minutos, con su maleta de cuero gastado, pero para entonces, Valentina ya estaba en trabajo de parto activo. No había tiempo para llevarla a un hospital. El parto sería allí, en el penthouse, con vistas a los rascacielos de Manhattan que parpadeaban en la noche como testigos indiferentes.
Sandro nunca había sentido tanto miedo. Ni cuando mató a su primer hombre a los diecisiete años. Ni cuando su padre cayó acribillado frente a una pizzería de Brooklyn. Ni cuando él mismo recibió un tiro en el hombro y tuvo que coserse la herida con hilo de pescar. Ese miedo era diferente. Era el miedo a perder algo que ni siquiera sabía que quería. Era el miedo a que el mundo se lo arrebatara antes de que él pudiera ensuciarlo.
Sujetó la mano de Valentina mientras ella empujaba, gritaba, maldecía. Le clavó las uñas en la piel, y él no se quejó. Solo le susurraba palabras sin sentido: “Respira”, “ya falta poco”, “eres más fuerte que yo”. Ella lo miró en un momento de lucidez entre contracción y contracción, y vio lágrimas en sus ojos. Alessandro Vitale, el Carnicero de Manhattan, llorando sobre su mano.
—No te atrevas a dejarla —le susurró ella, con una ferocidad que no era ruego—. No te atrevas a convertirla en lo que eres.
Él asintió. Y lo dijo en voz alta, para que ella, para que Levine, para que las guardaespaldas, para que Dios mismo lo escuchara:
—Lo juro. Sobre mi vida. Sobre la sangre que he derramado.
El Dr. Levine, con la calma de los que han visto nacer y morir a cientos, guió la salida. “Un último empujón”, dijo. Valentina apretó los dientes hasta creer que se le romperían. Y entonces, un llanto. Un llanto furioso, indómito, lleno de vida. Como un puñetazo en la pared del silencio.