El precio de una noche

Capítulo 6: El Nido de Víboras

Los primeros cuarenta días de Lucía fueron una guerra silenciosa. En el penthouse, Valentina se dedicaba a la crianza con una ferocidad instintiva: las tomas cada tres horas, los cólicos que la hacían llorar hasta el amanecer, el cambio de pañales en la penumbra, las noches en vela meciendo a la pequeña mientras el mundo afuera seguía girando con indiferencia. Había algo primitivo en esa rutina, algo que la conectaba con su propia madre muerta y con su abuela Lucía, la única mujer que la había querido sin condiciones. A veces, cuando la bebé por fin se dormía, Valentina apoyaba la mejilla sobre su cabecita y respiraba su olor a leche y a sueño, y entonces, solo entonces, se permitía llorar en silencio.

Sandro, por su parte, se había convertido en un padre sorprendentemente presente. Aprendió a preparar biberones sin quemar la leche, a envolver a la bebé en mantas como si fuera un fardo precioso, y a caminar de puntillas por las noches para no despertarla. Incluso había instalado una mecedora junto a la ventana panorámica, y allí pasaba las madrugadas con Lucía pegada a su pecho, tarareando canciones napolitanas que su propia madre le cantaba a él en otra vida. No sabía si la niña entendía la música, pero los ojitos verdes se cerraban lentamente, y su respiración se volvía profunda, y Sandro sentía entonces algo que nunca había experimentado: paz. Una paz frágil, prestada, quizá incluso inmerecida, pero paz al fin.

Sin embargo, ni Valentina ni Sandro podían ignorar la realidad que los acechaba desde fuera. Los guardaespaldas habían detectado movimientos extraños: coches que daban vueltas a la manzana, llamadas silenciosas al portero electrónico, y una noche, alguien había intentado sobornar al conserje del edificio para obtener las llaves del piso. Rita, la más veterana de las dos guardaespaldas, recomendó reforzar la seguridad con dos hombres más, pero Sandro se negó. No confiaba en nadie más. Su círculo de lealtades se había reducido a un puñado de personas, y sabía que entre las sombras de su propia organización se cocía una traición que aún no podía identificar.

Porque afuera, el mundo no dormía.

Caterina Vitale, la matriarca, no había aceptado la orden de su hijo. Durante décadas, había manejado los hilos de la familia desde las sombras, incluso más que su difunto esposo. Era ella quien había decidido qué capos ascendían y cuáles caían. Era ella quien había organizado la alianza con los políticos, los jueces, los sindicatos y la policía. Era ella, sobre todo, quien había ordenado la ejecución de Salvatore Rossi, el padre de Valentina, por un crimen que nunca cometió.

La verdad, que Sandro aún ignoraba, era más sórdida de lo que nadie imaginaba. Salvatore había sido inocente. Caterina lo eliminó porque se había negado a apoyar un golpe de estado dentro de la familia. El verdadero traidor era un primo lejano de los Vitale, un hombre llamado Enzo Scalise, al que Caterina protegió a cambio de lealtad absoluta durante los años siguientes. Scalise se había convertido en su perro faldero, su ejecutor, su sombra. Y ahora, ver a la hija de su víctima en brazos de su hijo, y encima con un heredero, era una afrenta que Caterina no podía tolerar. No por odio a Valentina —aunque también—, sino por el mensaje que enviaba a la familia: que ella había perdido el control sobre su propio hijo. Y en el mundo de la mafia, perder el control era el primer paso hacia la muerte.

Una tarde gris de noviembre, mientras Sandro se reunía con sus capos en el almacén de Red Hook para discutir la ejecución de un juez que había fallado en contra de sus intereses, Caterina hizo su jugada. No fue violenta. Fue peor: fue legal. O al menos, lo suficientemente legal como para que pareciera intocable.

Apareció en el penthouse sin anunciarse, flanqueada por dos abogados y un notario. Rita intentó detenerla en la puerta, pero Caterina la miró con un desprecio helado y dijo: "Quítate de mi camino o mañana mismo te haré desaparecer como a la perra callejera que eres". Rita, que había visto combates en Fallujah y había matado a tres hombres con sus propias manos, sintió un escalofrío. Se apartó.

Valentina abrió la puerta del interior con Lucía en brazos, todavía en bata, el cabello recogido en un moño desordenado, ojeras moradas de las noches sin dormir. Caterina la miró de arriba abajo con el desprecio de quien examina un insecto antes de aplastarlo. Llevaba un traje sastre gris perla, zapatos de tacón de aguja, y un collar de perlas que había pertenecido a su propia abuela. Todo en ella olía a dinero viejo y a podredumbre nueva.

—Así que tú eres la Rossi —dijo, entrando sin permiso, haciendo un gesto para que sus abogados la siguieran—. Menos imponente de lo que esperaba. Tu padre al menos tenía porte. Y una barba muy bien afeitada, la última vez que lo vi. Justo antes de que lo metieran en el maletero de un coche.

Valentina sintió un puñetazo en el estómago. Aquella mujer no solo estaba allí para amenazarla. Venía a disfrutarlo.

—Señora Vitale, no está invitada —respondió Valentina, con una calma que no sentía. Sus manos temblaban, pero sostuvo a Lucía con firmeza, pegándola contra su pecho como un escudo humano—. Le ruego que se vaya o llamaré a la policía.

—¿A la policía? —Caterina soltó una risa seca, metálica—. Querida, la policía me debe tres favores y una hipoteca. Si llamas, vendrán, me saludarán con respeto, y se irán. Esto es Nueva York, no un cuento de hadas. Siéntese.

Y así, en la sala de un penthouse que no era suyo, rodeada de enemigos que sonreían con dientes de acero, Valentina se sentó. No por obediencia. Porque sus piernas ya no la sostenían.

Caterina se instaló en el sofá de cuero blanco como si fuera su trono. Los abogados desplegaron documentos sobre la mesa de cristal. El notario ajustó sus gafas. Todo estaba coreografiado, ensayado, perfecto.

—Vengo a hacerle una oferta que no puede rechazar —dijo Caterina, cruzando una pierna sobre la otra—. Un millón de dólares en efectivo. Un apartamento en París, en el distrito 16, el más exclusivo. Una nueva identidad, con pasaporte europeo, certificados de estudios, incluso un pequeño negocio a su nombre para que pueda justificar sus ingresos. Y un vuelo privado que sale esta misma noche desde Teterboro. A cambio, usted desaparecerá con la niña y nunca, jamás, volverá a contactar a mi hijo.




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