El precio de una noche

Capítulo 7: El Precio del Perdón

Don Carmine Falcone era un hombre de ochenta y tres años, con más poder que el alcalde y más miedo acumulado que un soldado en trinchera. Gobernaba la Comisión desde una silla de ruedas, víctima de un derrame que lo había dejado medio paralizado pero con la mente más afilada que nunca. Recibió a Sandro en su mansión de Staten Island, una fortaleza rodeada de cámaras, sensores de movimiento y un jardín japonés que cuidaba personalmente.

—Alessandro, muchacho —dijo Don Carmine, con voz de grava—. La última vez que te vi, le estabas pidiendo a tu padre que te comprara un pony. Ahora vienes a pedirme que te ayude a destruir a tu propia madre. El mundo da vueltas.

—No quiero destruirla, padrino. Quiero protegerme de ella. Mi madre mató al padre de Valentina por rencor. Y ahora amenaza con quitarle a mi hija. Eso no es familia. Eso es tiranía.

Don Carmine lo miró largamente. Luego miró a Valentina, que estaba al fondo de la sala con Lucía en brazos, envuelta en una manta de cashmere que les habían prestado. Había algo en la postura de la muchacha que le recordó a su propia esposa, muerta hacía veinte años. La misma dignidad en la desgracia. La misma mirada que no suplica, sino que exige justicia.

—Acércate, niña —dijo.

Valentina obedeció. Se arrodilló frente a la silla de ruedas. Don Carmine alzó una mano temblorosa y le tocó la mejilla. La piel era fría, pero sus ojos ardían.

—Tienes los ojos de tu padre. Era un buen hombre. Leal. Yo voté en contra de su ejecución, pero Caterina tenía más votos. Lo siento. No supe protegerlo.

—No fue su culpa, Don Carmine —respondió Valentina, con lágrimas contenidas—. Pero ahora puede proteger a su nieta.

Don Carmine sonrió. Una sonrisa triste, de viejo zorro. Retiró la mano y se reclinó en el respaldo de cuero. Durante un largo minuto, el único sonido en la biblioteca fue el crepitar de la chimenea y el respirar apenas audible de Lucía. Los libros empolvados observaban desde los estantes, testigos mudos de pactos más oscuros que aquel.

—Sandro, lo que me pides es peligroso. Si ayudo a un hijo contra su madre, siento un precedente. La mafia no sobrevive a la división familiar. Pero… si tú renuncias a todo, si entregas los negocios, las rutas, los contactos… entonces puedo presentarlo como una jubilación anticipada. Caterina se quedará con el imperio, pero tú te irás libre. ¿A cambio de qué?

—A cambio de nada —dijo Sandro—. Solo quiero a mi familia.

—Todos dicen eso. Luego vuelven. El poder es una adicción peor que la heroína, Alessandro. Yo he visto a hombres más fuertes que tú arrastrarse de regreso a la mesa de negociaciones con el rabo entre las piernas. He visto a santos convertirse en demonios por una sola noche de gloria. ¿Qué te asegura que tú serás diferente?

Sandro se quedó en silencio. No porque dudara, sino porque entendía que ninguna palabra podría convencer a un hombre que había visto demasiado. En lugar de responder, se arrodilló frente a la silla de ruedas, tomó la mano paralizada de Don Carmine y la apoyó sobre su propia cabeza, como hacían los soldados con sus capitanes.

—Juro por mi hija, que aún no sabe hablar, que nunca volveré a poner un pie en este mundo. Juro por el hombre que usted fue y por el que yo quiero ser. Si miento, que Lucía me maldiga desde el día que aprenda mi nombre.

Don Carmine cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado en su rostro. No era ternura —él había olvidado la ternura décadas atrás—, sino respeto. El respeto de un tiburón viejo por un pez joven que estaba dispuesto a nadar contracorriente.

—Pide un whisky —dijo.

Sandro se levantó y sirvió dos copas de un Macallan añejo que reposaba en una cristalera del siglo XVIII. Don Carmine bebió a sorbos lentos, saboreando cada gota como si fuera la última. Luego asintió.

—Trato hecho. Pero hay una condición: Valentina debe firmar un perdón público hacia Caterina. Un documento donde declare que tu madre no tuvo responsabilidad en la muerte de su padre. Es mentira, pero salvará las apariencias. ¿Puedes hacerlo?

Valentina sintió que la tierra se abría. Firmar un perdón para la asesina de su padre. Tragar su orgullo, su dolor, su sed de justicia. Recordó la noche del asesinato: el tiro seco en el garaje, el cuerpo de su padre cayendo contra el Caprice azul, la sangre mezclándose con el aceite derramado. Recordó a su madre en el velorio, sus uñas negras de luto antes de tiempo, como si ya lo supiera. Recordó el juicio amañado, el testigo que se retractó, el juez que aceptó un sobre.

Veinticinco años de odio. Veinticinco años de noches en vela. Y ahora le pedían que lo borrara con una firma.

Miró a Sandro. Él la miraba con una súplica silenciosa, pero no cualquier súplica: era la mirada de un hombre que ya había perdido demasiado y no estaba dispuesto a perder nada más. No le pedía que perdonara. Le pedía que sobreviviera.

—Lo haré —dijo, y las palabras le supieron a cianuro—. Pero que conste que lo hago por mi hija. No por él. No por usted. Por ella.

Don Carmine asintió. Ordenó a su secretario que redactara los papeles. Eran las dos de la madrugada. Afuera, el jardín japonés brillaba bajo la luz de los reflectores, y un ciervo se había acercado a beber del estanque de koi, ajeno a la tormenta que se gestaba dentro de la mansión.

Pasaron tres días. Tres días de negociaciones secretas, de llamadas telefónicas cifradas, de encuentros en garajes y almacenes abandonados. El abogado de Don Carmine, un judío llamado Samuel Weiss que había trabajado para la Comisión desde los tiempos de Lucky Luciano, redactó diecisiete versiones del acuerdo antes de que todas las partes estuvieran conformes.

Caterina, al enterarse de la jugada, montó en cólera. Desde su despacho en Manhattan, cubierto de fotos de Sandro de niño y de Lucía de bebé (una ironía que no escapó a nadie), llamó a todos sus capitanes. Intentó sobornar a dos miembros de la Comisión con rutas de tráfico de armas desde Odesa. Intentó enviar sicarios a la mansión de Don Carmine, pero sus hombres fueron frustrados por los sensores de movimiento y un sistema de aspersores que rociaba gas pimienta en lugar de agua.




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