La casa en el norte del estado era hermosa y aislada. Un caserón de piedra del siglo XIX, con ventanales que daban a un valle cubierto de niebla matutina. Tenía chimeneas en cada habitación, un porche con mecedoras que crujían con el viento y un granero rojo donde Sandro instaló un gimnasio y una sala de tiro improvisada con sacos de arena y dianas de cartón. Marco y los dos guardaespaldas, los hermanos Vicenzo y Paolo —sicilianos de poca conversación y mirada fija—, vivían en una casita de huéspedes a cien metros, separada por un camino de grava que crujía bajo las botas. El resto del tiempo, la familia estaba sola. Completamente sola.
Los primeros meses fueron una luna de miel forzada. Sandro aprendió a cultivar tomates cherry en una pequeña huerta trasera y a reparar tuberías que goteaban en el sótano. Se compró un mono azul y unas botas de agua que nunca se puso del todo bien. Valentina se inscribió en cursos online de literatura, su pasión secreta, y devoraba novelas del XIX en las tardes lluviosas con una manta sobre las piernas. Lucía crecía sana, con los rizos castaños de su madre y la mirada desafiante de su padre. A los ocho meses ya gateaba como una pequeña exploradora, y sus primeras palabras fueron «pa-pá», dicho con una determinación que hacía reír a Sandro hasta las lágrimas. Parecía un sueño. Parecía el final de todas las guerras.
Pero los sueños tienen grietas. Y las grietas, si no se atienden, se convierten en abismos.
Sandro empezó a mostrar signos de abstinencia. No de drogas, que nunca había probado, sino de poder. Extrañaba el ruido de la ciudad, el rugido de los motores en la noche, la adrenalina de las negociaciones a tres de la madrugada en almacenes semivacíos, el respeto (y el miedo) en los ojos de los demás. Extrañaba la certeza de ser alguien. A menudo se quedaba mirando el horizonte desde la mecedora del porche, con las manos quietas sobre el regazo, como si esperara un ataque que nunca llegaba. Había perdido peso, no por falta de comida, sino por falta de combate. Sus noches eran un desfile de insomnios: daba vueltas en la cama, se levantaba a beber agua, encendía la televisión en silencio y veía canales de noticias donde aparecían los nombres de su madre y de los Colombo en titulares amarillentos. Una vez, Valentina lo encontró a las tres de la madrugada frente al granero, descalzo sobre la hierba mojada, con el teléfono en la mano y los nudillos blancos.
—¿A quién ibas a llamar? —preguntó ella, con la bata anudada a la cintura.
Sandro tardó varios segundos en responder. «A nadie», mintió. Pero el teléfono marcaba el número de su madre. El pulgar había dudado en el botón de llamada.
Valentina lo notó, pero no supo cómo abordarlo. Ella misma cargaba con sus propios demonios, y los demonios no se exilian con un cambio de mapa. A veces, en mitad de la noche, soñaba con su padre. Lo veía caer acribillado en el restaurante de la playa, la sangre mezclándose con la arena, los ojos abiertos como dos preguntas sin respuesta. Despertaba gritando, empapada en sudor, y Sandro la consolaba abrazándola fuerte, meciéndola como si ella también fuera una niña. Pero había una distancia entre ellos, un silencio no dicho, una frase que ninguno se atrevía a pronunciar en voz alta: ¿Y si todo esto fue un error? Porque el error no era amarse, sino creer que el amor bastaba para borrar el pasado.
Una tarde de otoño, Marco se acercó a la casa con una carpeta marrón bajo el brazo. No era su costumbre interrumpir las horas de familia. Algo andaba mal.
—Jefe —dijo, usando el viejo título que Sandro le había pedido abandonar—. Tengo noticias.
Sandro lo hizo pasar a la cocina. Valentina estaba en el salón con Lucía, pero la puerta estaba entreabierta y ella escuchaba. Desde que habían llegado a la granja, Valentina había desarrollado un oído fino para los secretos.
Marco desplegó unos papeles. Eran fotos aéreas, capturas de pantalla de mensajes cifrados, un informe escrito a mano con caligrafía apretada. «Su madre está perdiendo», dijo Marco sin rodeos. «Los Colombo han tomado tres distritos clave. Han matado a dos de sus capitanes. El puerto de Newark ya no les pertenece. Hay una reunión dentro de quince días. Si ella no presenta un heredero fuerte, los otros jefes de familia la devorarán viva.»
Sandro no parpadeó. Apoyó las manos sobre la mesa de pino y las miró como si fueran ajenas.
—Mi madre siempre ha sabido cuidarse sola.
—No esta vez, jefe. Se ha rodeado de lobeznos que la respetan por miedo, no por lealtad. Y el miedo, ya se sabe, se acaba cuando el lobo viejo muestra los dientes rotos.
Valentina entró entonces en la cocina, con Lucía en brazos. Su rostro estaba pálido, pero su voz sonó firme.
—¿Qué significa eso para nosotros? —preguntó.
Marco la miró con respeto. Había aprendido a no subestimarla. «Significa, señora, que tarde o temprano vendrán a buscarlo. No su madre. Sus enemigos. Porque un heredero escondido es una amenaza latente. Y una amenaza latente, en nuestro mundo, se elimina antes de que despierte.»
El silencio se volvió denso. Lucía gorjeó, ajena a todo, y sus manitas tiraron del collar de perlas de Valentina.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Sandro.
—Tres meses. Quizá menos.
Esa noche, Sandro no durmió. Valentina tampoco. Estuvieron tumbados en la cama, mirando el techo de vigas de madera, sin tocarse. Cada uno en su trinchera.
La ruptura llegó una noche de tormenta, dos semanas después. El viento azotaba los ventanales y la lluvia golpeaba las tejas como disparos de fusil. Habían discutido por una tontería —él quería instalar cámaras de seguridad adicionales en el perímetro, sensores de movimiento y un sistema de alarmas conectado directamente a la casita de huéspedes; ella decía que eso convertía la granja en una prisión de lujo—. Pero la tontería era solo el detonante. La discusión escaló con la rapidez de un incendio en una refinería. Palabras hirientes salieron volando, algunas planeadas desde hacía meses.