Regresar a Nueva York fue como sumergirse en agua helada. No era el frío de diciembre —aunque la ciudad los recibió con una llovizna cortante que se pegaba a los huesos— sino el peso de todo lo que habían dejado atrás. Los carteles de neón de Times Square parpadeaban con su habitual indiferencia, los taxis amarillos graznaban como gaviotas metálicas, y en cada esquina, la sombra de la familia Vitale se alargaba como un crepúsculo perpetuo.
Sandro había alquilado un ático en un edificio de lujo en el Upper East Side, lejos del penthouse original donde su padre había muerto entre sábanas manchadas de sangre, pero aún en territorio Vitale. La elección no fue casual. Demasiado cerca para que sus enemigos pensaran que huía, demasiado lejos para que Caterina pudiera cruzar a cenar sin previo aviso. Lo amuebló con un gusto minimalista que rozaba la obsesión: paredes blancas como un diagnóstico, muebles de diseño danés que parecían flotar sobre el suelo de roble, una habitación para Lucía llena de ositos de peluche que miraban con ojos de botón hacia la puerta, y una biblioteca para Valentina con primeras ediciones de clásicas rusas que él había mandado a buscar a Moscú. Dostoievski, Tolstói, Ajmátova. Libros que olían a invierno y a exilio. Valentina pasó la primera noche entera con uno de ellos abierto en el regazo, sin leer, solo respirando el papel.
Los primeros días fueron una calma tensa, como la superficie de un lago que sabe que alguien ha arrojado una piedra. Sandro se levantaba antes del amanecer, se preparaba café solo en la cocina de acero inoxidable, y se sentaba frente a la ventana del salón a observar la ciudad despertar. Desde allí podía ver el Downtown, donde su imperio legal empezaba a levantarse sobre las cenizas del ilegal. Hoteles en construcción, restaurantes con estrellas Michelin, fondos de inversión que olían a dinero viejo. Pero también podía ver, si forzaba la mirada hacia el sur, Brooklyn. El territorio de los Colombo. El frente enemigo.
La primera visita de Caterina fue tensa como un cable a punto de romperse. La matriarca llegó un martes de lluvia con dos guardaespaldas nuevos, hombres jóvenes con caras de pocos amigos y trajes negros que parecían uniformes. No llamó al timbre. No hizo el gesto. Sus hombres abrieron la puerta con una llave maestra —porque siempre tenía llave maestra, aunque Sandro había cambiado las cerraduras dos veces— y ella entró como si el ático fuera una dependencia más de su mansión en Long Island.
Se sentó en el sofá de cuero blanco como si fuera un trono. Los guardaespaldas se apostaron a sus espaldas, brazos cruzados, miradas de acero. Ni siquiera se molestaron en saludar.
—Has vuelto —dijo Caterina, sin levantar la voz, sin el calor de una madre que abraza a un hijo después de un año de ausencia. Era una constatación. Un hecho forense.
—He vuelto a lo mío —respondió Sandro desde la cocina, donde estaba pelando una manzana para Lucía. El cuchillo brilló en el aire un instante, y por un momento, Caterina recordó todas las veces que su hijo había empuñado armas de verdad. Pero no. Ahora pelaba manzanas.
Él levantó la mirada y añadió, con la calma de quien ha aprendido a elegir cada palabra: —No a lo tuyo.
—No hay diferencia.
—La hay. Yo ya no soy tu hijo. Soy el padre de Lucía. Y el esposo de Valentina. Eso es mi familia ahora. Tú eres… un accionista.
La palabra cayó en la habitación como un ladrillo en un espejo. Caterina la sostuvo en el aire, la giró, la examinó. Accionista. La mujer que había ordenado asesinar a su propio esposo, que había manejado los hilos de una de las familias más sangrientas de Nueva York durante treinta años, ahora era reducida a una cifra en un balance contable.
Sonrió. Una mueca amarga que no llegó a sus ojos grises.
—Accionista. Qué bonito. ¿Y qué piensas hacer, Alessandro? ¿Convertir la mafia en una startup? ¿Vender acciones en la bolsa? ¿Hacer una oferta pública inicial de sicarios?
Sandro dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar. Se secó las manos en un paño de cocina impecablemente blanco.
—Exactamente. Vamos a blanquear las inversiones. Vamos a salir del tráfico de armas. Vamos a cerrar las casas de apuestas ilegales una por una, aunque tengamos que pagar indemnizaciones a los dueños. Vamos a comprar hoteles, restaurantes, bienes raíces. Todo legal. Todo limpio. He estado investigando, madre. La fortuna de los Vitale podría multiplicarse por diez en una década si la movemos a sectores regulados. Sin un solo disparo.
Caterina inclinó la cabeza, como si estuviera viendo a un extraño.
—¿Y los Colombo? Porque no sé si te has dado cuenta, hijo, pero hay una cosa llamada realidad. Los Colombo no quieren tus hoteles. Quieren tus muelles. Quieren tus rutas. Y si tú te retiras, ellos se expanden. Te comerán vivo.
—Por eso he vuelto. Para negociar una paz duradera. Una paz que beneficie a todos. He hablado con Don Carmine. Él está de acuerdo en mediar.
—¿Don Carmine? —Caterina soltó una risa seca—. Ese viejo está senil. La última vez que lo vi, confundió a su nuera con una azafata.
—Por eso mismo. Es predecible. Y los Colombo confían en él. Más de lo que confían en nosotros.
Caterina se levantó del sofá con una lentitud estudiada. Cada movimiento parecía coreografiado, calculado para recordar a todos los presentes quién mandaba realmente. Cruzó la habitación con paso firme y se acercó a Valentina, que estaba en la cocina dando el biberón a Lucía. La joven madre —porque Valentina ya no era solo la esposa, era la madre de la heredera— no levantó la vista. Siguió sosteniendo el biberón con mano firme, el pulso tranquilo, como si Caterina fuera una mosca en la pared.
—¿Y tú, niña? —preguntó la matriarca, con un tono que quería ser paternalista pero sonaba a desafío—. ¿Crees en este cuento de hadas? ¿Crees que los hombres de tu marido dejarán de matar porque él lo diga? ¿Crees que los Colombo perdonarán las afrentas de veinte años por un puñado de restaurantes?