La primavera en Long Island tenía un olor distinto al de la ciudad. Olía a salitre, a césped recién cortado, a las glicinias que trepaban por la fachada de piedra de la nueva mansión de los Vitale. La propiedad llevaba décadas en el mercado, con fama de estar maldita —el anterior propietario, un magnate textil, se había suicidado en la biblioteca—, pero a Sandro le importaba poco la mala fama. Necesitaba espacio, luz, y sobre todo, una valla alta y un sistema de seguridad impenetrable. Lo demás se podía bendecir.
Lucía había cumplido un año aquella mañana. La niña, de rizos castaños y ojos de un verde claro que parecían cambiar con la luz, gateaba ya con la determinación de un general. Valentina la visteció con un vestido blanco bordado en hilo de perlas —herencia de su propia abuela, una prenda que había cruzado el Atlántico en una maleta de cartón— y una diadema de flores naturales que un florista de Manhattan había ensamblado a las seis de la mañana.
El jardín se llenó antes del mediodía. Invitaron a los aliados más fieles, a los capos que habían aceptado la reforma —algunos de mala gana, mordisqueando habanos como si fueran veneno—, a primos lejanos que aún arrastraban deudas de honor de los noventa. Sandro había querido también a las esposas y a los niños. La infancia, pensaba ahora, no debería crecer entre salpicaduras de sangre y secretos a media voz.
Don Carmine llegó en una furgoneta adaptada, con su silla de ruedas anclada al piso del vehículo. Lo bajaron entre cuatro hombres, todos con trajes azules tan oscuros que parecían negros. El viejo padrino, que había sobrevivido a dos infartos, a un intento de envenenamiento y a la pérdida de su hijo menor en una emboscada, sonreía como un abuelo orgulloso. En sus manos descarnadas llevaba una cajita de terciopelo azul.
—Para la princesa —dijo, y su voz era apenas un susurro rocoso—. Unos pendientes que le regalé a mi esposa el día que nació nuestro primer hijo. Que los use con salud.
Valentina los abrió. Eran dos pequeños zafiros engarzados en oro blanco, tan antiguos que el engaste parecía hecho a mano. Besó la mejilla arrugada de Don Carmine y le agradeció con un nudo en la garganta.
Caterina no fue invitada. La decisión había sido de Sandro, y Valentina la apoyó sin dudar. La matriarca llevaba meses sembrando cizaña entre las familias menores, reuniendo en secreto a los descontentos, filtrando a la prensa amarilla que el heredero de los Vitale se había vuelto blando, que su mujer era una arribista, que la niña no llevaba «sangre suficiente» para llevar el apellido. Había cruzado una línea, y Sandro lo sabía. Pero también sabía que su madre era como una mala hierba: cortas el tallo y las raíces siguen creciendo.
Por eso, cuando el Rolls-Royce plateado apareció por la larga avenida de grava, ninguno de los dos se sorprendió verdaderamente. Caterina bajó del coche con la ayuda de su chófer, vestida de rosa palo —un rosa pálido, casi blanco, que delataba años de entrenamiento en el código de color del luto y las celebraciones—, con un sombrero de ala ancha que le sombreaba la mirada y un ramo de peonías blancas y rojas. Avanzó por el camino de piedra con la parsimonia de una reina que visita un territorio conquistado.
Valentina la vio desde la terraza, con una copa de champán en la mano, y sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. No era miedo. Era algo más visceral: la certeza de que aquella mujer nunca dejaría de ser una amenaza, aunque estuviera sonriendo.
Sandro, que hablaba con un contratista de Florida sobre un proyecto hotelero, interrumpió la conversación a mitad de frase. Dejó la copa sobre una bandeja de plata y apretó la mano de Valentina con la suya, sudorosa y firme.
—Déjala entrar —dijo, y su voz no tembló, aunque los nudillos se le blanquearon—. Hoy es el día de Lucía. No de las rencillas.
Caterina cruzó el jardín como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. Los invitados se apartaban a su paso, algunos con reverencias instintivas, otros con el gesto torcido de quien prefiere hacerse invisible. Llegó hasta la mesa del pastel —una torre de cinco pisos, glaseada en crema de mantequilla y adornada con flores comestibles— y allí estaba Lucía, sentada en una trona de madera barnizada, jugando con una cuchara de plata que hacía sonar contra el reposabrazos.
La matriarca se arrodilló con dificultad. Sus rodillas, castigadas por décadas de arrodillarse en iglesias de piedra fría y en habitaciones traseras de restaurantes donde se firmaban pactos de silencio, ya no eran las de antes. Crujió al bajar, pero no se quejó. Tendió el ramo de peonías hacia la niña, y sonrió con una sinceridad que nadie le había visto desde la muerte de su esposo.
—Para ti, princesa —dijo.
Lucía la miró con esa gravedad absurda que tienen los bebés, como si estuviera evaluando su alma. Extendió sus manitas regordetas, tomó las flores con la misma desconfianza con que un gato acepta un juguete nuevo, y las estrelló contra el suelo con la fuerza incontenible de un año de vida.
Los pétalos se esparcieron sobre el empedrado. Algunos invitados contuvieron la respiración.
Caterina rió.
Fue una risa genuina, gutural, la primera que le escuchaban en años. Una risa que le arrugó la cara entera y le mojó los ojos de una forma que podía ser alegría o podía ser otra cosa.
—Es igualita a su bisabuela —dijo, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano—. También tiraba las flores. El día de su boda, tiró el ramo tres veces porque decía que no estaba lo suficientemente fresco. Tuvo al jardinero corriendo como un loco.
El bautizo estaba previsto para las cuatro de la tarde, en la pequeña iglesia de San Sebastián, un edificio de piedra gris que olía a cirio y a humedad, a cuatro manzanas de la mansión. Pero antes, Sandro quería hacer un anuncio. Algo que había planeado durante semanas, en las largas noches en que Valentina dormía y él se quedaba despierto mirando el monitor de la habitación de Lucía, viéndola respirar.