El sol entraba a raudales por los ventanales del ático en el Upper East Side, pero Alessandro Vitale llevaba horas despierto. No había dormido. La paz que tanto había costado alcanzar —esa paz frágil como una pompa de jabón, construida sobre promesas y buenas intenciones— se resquebrajaba como el hielo en primavera, y él lo sabía antes de que nadie pronunciara una palabra. Su cuerpo, entrenado durante años para detectar el peligro antes de que se materializara, le enviaba señales que no podía ignorar: el silencio de Marco, que ya no bromeaba ni le llamaba «jefe» con aquel tono cariñoso de siempre; las llamadas cada vez más escasas de sus antiguos capos, que respondían con monosílabos y excusas vagas; y sobre todo, la mirada de Valentina, que había vuelto a endurecerse como el acero, esa misma mirada que ella tenía cuando se conocieron, cuando aún no sabía si podía confiar en él.
Eran las seis de la mañana cuando sonó el teléfono cifrado, ese que solo usaban para emergencias, un aparato negro y grueso que parecía sacado de otra década. Sandro lo descolgó al primer tono, antes de que pudiera despertar a Valentina. Del otro lado, la voz de Don Carmine sonaba débil, cascada, como si hubiera envejecido diez años en una sola noche. Hablaba despacio, con pausas largas para respirar, y cada palabra parecía costarle un esfuerzo físico.
—Alessandro, tenemos un problema. Los Colombo no aceptaron la paz. La usaron para reagruparse. Anoche mataron a tres de tus hombres en Brooklyn. A los hermanos Rizzo y a un tal Salvatore, el que llamaban «Sal el Tuerto». Los descuartizaron y los dejaron en una bolsa de basura frente a tu antiguo almacén de la calle Harrison. Los encontró el panadero de la esquina cuando iba a abrir su negocio. Está en estado de shock.
Sandro cerró los ojos. Sintió el peso de la pistola que siempre llevaba bajo la almohada, incluso ahora que había prometido no usarla, incluso ahora que había jurado delante de su hija que nunca más empuñaría un arma. La tentación de levantarse, de llamar a sus soldados, de declarar la guerra era casi insoportable. Sus dedos hormigueaban, los músculos de sus piernas se tensaron instintivamente, preparados para la acción. Pero entonces escuchó el llanto de Lucía en la habitación contigua —ese llanto agudo y perentorio de los bebés que exigen atención inmediata—, y la promesa que le hizo a Valentina resonó en su cabeza como un martillo contra un yunque.
—¿Quién dio la orden? —preguntó, con voz calmada, aunque por dentro hervía como un volcán a punto de estallar.
—Un hombre nuevo. Se hace llamar «El Venezolano». Nadie sabe su nombre real. Llegó de la nada, hace unos cuatro meses, con dinero y armas, y se alió con los Colombo para expandir el negocio de la droga. No le importa la mafia tradicional, ni los códigos, ni las familias, ni el respeto a los viejos. Quiere quemarlo todo y construir sobre las cenizas. Es un hombre sin pasado, sin lealtades, sin miedo. El peor tipo de enemigo.
—¿Y mi madre? ¿Qué dice Caterina? —Sandro se incorporó en la cama, con el teléfono pegado a la oreja. Valentina se movió a su lado, murmuró algo ininteligible y volvió a dormirse. Él la cubrió con la sábana con un gesto mecánico, casi paternal.
Don Carmine tosió, un sonido húmedo y preocupante que hizo pensar a Sandro en tuberías obstruidas o en pulmones llenos de líquido. El viejo padrino estuvo varios segundos sin responder, y cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro.
—Tu madre se alió con él. Cree que puede controlarlo. Cree que su inteligencia, su experiencia, su red de contactos le darán ventaja sobre un advenedizo sudamericano. Pero está equivocada. Anoche, después de la matanza, El Venezolano le envió un mensaje: una rosa negra con una nota que decía "Para la reina viuda, con cariño". La rosa la dejaron en su mesilla de noche, Alessandro. Mientras ella dormía. Alguien entró en su habitación, en su mansión blindada, con todos sus guardias, y puso una rosa a su lado sin que nadie se diera cuenta. No era un gesto de respeto. Era una advertencia. Y también una demostración de poder.
Sandro sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral desde el coxis hasta la nuca. Caterina era muchas cosas: cruel, manipuladora, vengativa, una mujer capaz de ordenar una ejecución mientras se tomaba el té. Pero seguía siendo su madre. La mujer que le había enseñado a leer, que le había comprado su primer traje a medida, que había llorado en el funeral de su padre cuando creía que nadie la veía. Y ahora, su peor enemigo se había aliado con ella —o más bien, la había infiltrado— para destruir todo lo que él estaba construyendo.
—Necesito reunirme con usted, padrino. Hoy. A primera hora.
—Te espero en la mansión. Pero ven solo. Y sin armas. El Venezolano tiene espías en todas partes. En la policía, en el ayuntamiento, incluso en mi propia casa. No sé en quién confiar ya, Alessandro. Por primera vez en ochenta años, no sé en quién confiar.
Colgó. Sandro se quedó un momento en la cama, mirando el techo de vigas de madera, con el teléfono aún en la mano. A su lado, Valentina dormía profundamente, agotada por las noches interminables con Lucía —los cólicos, los dientes que asomaban, los despertares a las tres de la madrugada—, y tenía unas ojeras tan profundas que parecían moretones. No quiso despertarla. Se levantó en silencio, con la parsimonia de quien ha aprendido a moverse sin hacer ruido en los momentos más críticos, se vistió con ropa informal para no llamar la atención —vaqueros negros desgastados, sudadera gris de algodón, zapatillas de deporte— y salió al pasillo.
Marco ya estaba allí, apoyado contra la pared junto a la puerta de la entrada, con una taza de café humeante en la mano y los ojos enrojecidos de quien tampoco ha dormido. Llevaba puesta su chaqueta de cuero, la misma que había usado la noche que mataron a su hermano, y eso ya era un mal presagio.
—Lo sé —dijo Marco antes de que Sandro abriera la boca—. Me enteré hace una hora. Los hermanos Vicenzo están en camino. Los dejaré al cuidado de Valentina y la niña mientras tú resuelves esto.