El precio de una noche

Capítulo 12: El Pacto con el Diablo

El edificio del FBI en el Bajo Manhattan era una mole de cristal y acero que parecía desafiar la gravedad, un monolito frío e impersonal que se reflejaba en los rascacielos vecinos como un espejo deformante. Sandro nunca había estado allí. En sus treinta y ocho años de vida, había pasado cada día evitando ese lugar, sobornando a los agentes que podía, intimidando a los que no, y en dos ocasiones —dos noches que aún recordaba con claridad enfermiza— había ordenado la eliminación de informantes que trabajaban desde dentro. El FBI era el enemigo. La ley era el enemigo. La justicia, esa palabra abstracta que otros usaban para dormir mejor por las noches, era para él una broma cruel.

Pero aquella mañana fría de diciembre —el cielo bajo y plomizo, el termómetro rondando los dos grados, el aliento condensándose en el aire como pequeños fantasmas—, Sandro cruzó la puerta principal del edificio con la misma naturalidad con la que otros cruzaban la de una iglesia. Llevaba un traje azul marino, camisa blanca, corbata de un gris sobrio que Valentina le había elegido esa mañana con la precisión de quien sabe que la primera impresión lo es todo. No llevaba arma. Por primera vez en más de veinte años, salió de casa sin una pistola en la cintura. Se sintió desnudo, expuesto, como un actor en el escenario sin su máscara.

No iba solo. Valentina insistió en acompañarlo, y aunque Sandro se negó al principio —con argumentos que iban desde la seguridad hasta la pura lógica, pasando por la terquedad heredada de su madre—, ella fue implacable. Se plantó en la puerta del ático con el abrigo puesto, las botas altas, el bolso cruzado al pecho y la mirada fija, esa mirada suya que no admitía réplicas.

—Si vas a entregarte, voy contigo. Esto no es solo tu lucha. Es nuestra. Somos un equipo, Alessandro. Lo juramos, ¿lo recuerdas? No fue solo para el día de la boda. Fue para siempre.

Sandro quiso discutir, quiso decirle que era demasiado peligroso, que los del FBI no eran de fiar, que si algo le pasaba él no podría perdonárselo nunca. Pero la verdad era más simple y más aterradora: no quería estar solo. No quería cruzar aquellas puertas de metal y cristal sin su mano en la suya. Así que asintió, apretó los labios y bajaron juntos en el ascensor.

Lucía se quedó al cuidado de Beatrice, la anciana de Oregón, a quien habían traído de vuelta para que viviera con ellos en el ático. La mujer, de ochenta y dos años pero con una vitalidad sorprendente —había caminado diez kilómetros el domingo anterior, para asombro de todos—, había aceptado encantada. Decía que cuidar a la niña era su "misión divina", la última tarea que Dios le había encomendado antes de llevársela al cielo. Sandro no creía en Dios, pero aquella mañana, al ver a Beatrice arropar a Lucía con una manta de punto hecha por sus propias manos, casi quiso creer.

—Vuelvan pronto —dijo la anciana, con su acento suave del Medio Oeste—. Y vuelvan bien. Esta niña necesita a sus padres.

—Volveremos —respondió Valentina, y lo dijo con tanta convicción que Sandro casi se lo creyó.

El vestíbulo del FBI era amplio, de techos altos, con un enorme sello dorado incrustado en el suelo de mármol blanco y negro. Los recepcionistas llevaban chalecos antibalas bajo las camisas, y los guardias de seguridad, apostados junto a los detectores de metales, tenían las manos apoyadas sobre las fundas de sus pistolas con una naturalidad que solo otorga años de entrenamiento. Había hombres y mujeres con traje cruzando de un lado a otro, portando carpetas rojas y expresiones graves. El ruido de los teléfonos, las conversaciones solapadas, el tintineo de las máquinas de café, todo aquello conformaba una sinfonía de la burocracia que a Sandro le pareció casi alienígena.

En la recepción, detrás de un mostrador de cristal blindado, una mujer joven con gafas de pasta negra y el pelo recogido en una coleta apretada los miró con desconfianza. Sus ojos recorrieron a Sandro de arriba abajo, evaluando, calculando, archivando. Había visto su foto en algún cartel, seguramente. O quizá simplemente tenía ese instinto de los que trabajan en ese lugar: detectar a los depredadores antes de que sepan que lo son.

—Buenos días —dijo Sandro, con la voz más neutra que pudo—. Necesito hablar con el Agente Especial Michael Torres.

—¿Tiene cita? —preguntó la recepcionista, sin apartar la mirada de él.

—No. Pero dígale que Alessandro Vitale quiere negociar la captura de Mateo Alarcón.

El nombre tuvo el efecto deseado. La recepcionista palideció visiblemente, sus mejillas pasando del rosa saludable a un blanco pálido en cuestión de segundos. Sus dedos temblaron ligeramente al marcar un número interno. Habló en voz baja, con frases cortas, y colgó con un gesto brusco.

—Siéntense —dijo—. Alguien vendrá a buscarlos.

No ofreció café. No ofreció una revista. Solo los dejó allí, en medio del vestíbulo, como dos paquetes sospechosos esperando ser reclamados. Sandro y Valentina se sentaron en unas butacas de plástico gris, de esas que parecen diseñadas para ser incómodas a propósito, y esperaron. Pasaron cinco minutos. Diez. Quince. Valentina le apretó la mano sin decir nada. Él apretó de vuelta.

Finalmente, un hombre de unos cuarenta y cinco años, complexión atlética, mandíbula cuadrada y el pelo oscuro peinado hacia atrás con fijador, apareció en el vestíbulo. Caminaba con paso seguro, casi militar, los hombros hacia atrás y la mirada al frente. Vestía un traje azul marino de corte impecable, camisa blanca almidonada y corbata roja, de un rojo intenso que parecía una advertencia. Sus ojos eran de un azul intenso, casi glacial, y sus manos, grandes y callosas, denotaban años de entrenamiento físico y de manejo de armas.

—Soy el Agente Torres —dijo, sin ofrecer la mano, sin esbozar una sonrisa, sin ningún gesto que pudiera interpretarse como cordialidad—. Usted tiene cinco minutos para convencerme de no esposarlo y enviarlo a una celda federal, donde pasará el resto de sus días contando las grietas del techo.




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