El precio de una noche

Capítulo 14: El Día Antes del Juicio

Sandro despertó con una sensación de inquietud que no podía explicar. No era el corazón acelerado de una pesadilla, ni el sobresalto de un ruido repentino. Era algo más sutil, más profundo: una opresión en el pecho, un hormigueo en la nuca, la certeza animal de que algo en el aire había cambiado mientras él dormía. Abrió los ojos y se quedó inmóvil un momento, escuchando. El ático estaba en silencio. Demasiado silencio. Ni el crujido de las cañerías, ni el zumbido de los electrodomésticos, ni el rumor lejano del tráfico. Solo el vacío.

Se levantó despacio, con la parsimonia de quien ha aprendido que los movimientos bruscos atraen peligros invisibles. Atravesó el pasillo descalzo, con los pies hundiéndose en la alfombra persa que Valentina había elegido en una subasta, y entró en la habitación de Lucía. Allí estaba su hija, durmiendo plácidamente, con su osito de peluche abrazado al pecho, los labios entreabiertos y las mejillas sonrosadas como dos manzanas. La luz grisácea del amanecer de diciembre entraba por la ventana blindada, tamizada por las cortinas de lino, y dibujaba un rectángulo pálido en el suelo. La besó en la frente. Sintió su calor, su aliento suave, y durante un segundo el mundo estuvo bien.

Luego bajó a la cocina.

Paolo estaba preparando tortitas en la plancha eléctrica. Llevaba un delantal blanco que le había comprado Beatrice —con un estampado de gallos y la frase «El desayuno es lo más importante del día»— y tarareaba una canción napolitana que su abuela le enseñó de niño. El olor a mantequilla derretida y sirope de arce llenaba la estancia. Beatrice leía el periódico en la mesa de madera, con sus gafas de media luna apoyadas en la punta de la nariz y una taza de té humeante entre las manos. La escena era tan absurda, tan doméstica, tan normal, que Sandro casi podía olvidar quiénes eran y de dónde venían.

Valentina aún dormía. Se había quedado hasta tarde la noche anterior, revisando los documentos legales con Sandro, asegurándose de que no hubiera errores, de que cada palabra estuviera en su sitio. El informe final para el FBI estaba listo. Al día siguiente lo entregarían, y todo terminaría. O empezaría, según se mirara.

—¿Ha llamado Marco? —preguntó Sandro, sirviéndose un café de la cafetera italiana que borboteaba sobre el fuego.

—No, jefe —respondió Paolo, dándole la vuelta a una tortilla con destreza—. Desde que se fue anoche, no sabemos nada de él. No contesta al teléfono, no responde los mensajes. He llamado tres veces.

—Extraño —dijo Sandro, frunciendo el ceño—. Marco nunca desaparece sin avisar. Tiene la costumbre de reportarse cada pocas horas, incluso cuando está de vacaciones o de mal humor.

—Quizá necesitaba tiempo —terció Beatrice, pasando la página del periódico con un gesto pausado—. Usted sabe cómo son los hombres. A veces el orgullo les pesa más que la razón. Usted le dijo que se acababa la violencia, y eso para él debe haber sido como perder una parte de sí mismo. Déjelo respirar unos días. Volverá.

Sandro asintió, pero no se convenció. Algo en el fondo de su instinto, esa alarma que le había salvado la vida más veces de las que podía recordar, le susurraba que no. Que aquello no era un despecho. Era otra cosa. Una sombra. Una grieta. Una traición que aún no había mostrado los dientes.

Subió al despacho y encendió su ordenador portátil. Necesitaba revisar el informe una última vez, comprobar que todo estuviera en orden antes de enviarlo a Torres esa misma tarde. Las páginas aparecieron en la pantalla: ciento veintitrés, con gráficos, fotografías, extractos bancarios, transcripciones. Todo parecía correcto. Las fechas coincidían, los nombres estaban bien escritos, las direcciones eran las que él recordaba. No notó la sustitución. Nadie lo habría notado. El documento falso que Marco había dejado en su lugar era una obra maestra del engaño, tan perfecto que solo un análisis forense minucioso podía detectar las alteraciones. Y Sandro, confiado, entregaría esa basura al FBI como si fuera la verdad.

A media mañana, cuando el sol ya había trepado por encima de los rascacielos y la ciudad bullía allá abajo como un hormiguero de cristal y acero, recibió una llamada en el teléfono cifrado. El número era el de Torres.

—Señor Vitale —dijo el agente, y su voz sonaba extraña, tensa, como si estuviera eligiendo cada palabra con pinzas—. Hemos analizado el informe que nos envió anoche. El avance, digamos. La versión preliminar. Hay algunas discrepancias. Varias, de hecho. ¿Puede venir a la oficina esta tarde para discutirlas? Cuanto antes, mejor.

—¿Discrepancias? —Sandro se enderezó en la silla—. No debería haber ninguna. Revisé todo personalmente. Hoja por hoja. Dato por dato. Pasé seis horas encima de ese documento.

—Pues las hay. Por ejemplo, la dirección que nos dio para el almacén de armas de Alarcón, en Red Hook, no coincide con las imágenes satelitales que tenemos. Ni con las tomadas por drones, ni con las declaraciones de nuestros informantes. Allí solo hay un estacionamiento vacío desde hace tres años. Un solar lleno de maleza y grafitis.

El corazón de Sandro dio un vuelco. Sintió cómo la sangre se le escapaba del rostro, dejándolo pálido y frío.

—Eso es imposible —dijo, y su voz apenas fue un susurro—. Yo mismo estuve en ese almacén hace un mes. Con Marco. Con Paolo. Vimos las cajas, las armas, los hombres de Alarcón custodiando la puerta. Estuvimos dentro, Torres. Toqué las cajas con mis propias manos.

—Pues o usted miente, o alguien manipuló su informe —respondió Torres, con una frialdad que helaba—. Porque lo que tengo delante no son datos reales. Son papel mojado. Venga a la oficina, Vitale. Traiga su ordenador portátil. Todo él, sin abrir ningún archivo más. Y venga solo. Si alguien le acompaña, no pasará de la recepción.

Colgó. El tono seco del teléfono resonó en el silencio del despacho. Sandro se quedó mirando la pantalla del ordenador, con los dedos inmóviles sobre el teclado, sintiendo cómo el mundo se derrumbaba a su alrededor. Alguien había entrado en su ordenador. Alguien había cambiado los archivos. Alguien a quien él confiaba, alguien que sabía la contraseña, alguien que había tenido acceso físico a la máquina mientras él dormía.




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