El Precio de Volver

CAPÍTULO 1

El Regreso

Sofía Duarte odiaba Miami.

O al menos eso se repetía cada vez que el avión perdía altura y las luces de la ciudad empezaban a dibujarse contra la noche, doradas y crueles, como si supieran exactamente a quién estaban recibiendo de vuelta.

Cinco años. Cinco años desde que había cerrado la puerta de un apartamento en Brickell sin mirar atrás, con una maleta a medio hacer y un nombre que no se permitió pronunciar ni una sola vez desde entonces.

—Bienvenida de vuelta, señorita Duarte —dijo la mujer de recursos humanos, deslizando un sobre sobre el escritorio de vidrio—. Va a reportar directamente a la oficina ejecutiva. El señor Cross la espera mañana a primera hora.

Sofía sintió que el aire se le quedaba atrapado en la garganta.

—¿El señor Cross?

—Adrián Cross. El nuevo director de operaciones. —La mujer sonrió sin sospechar nada—. Todo un personaje. Dicen que no perdona un error dos veces.

No, pensó Sofía. No perdona nada.

Había aceptado el puesto en Grupo Ferrante Holdings sin revisar el organigrama completo. Necesitaba el trabajo, necesitaba el sueldo, necesitaba desaparecer entre miles de empleados en un edificio de cuarenta pisos donde nadie preguntara por su apellido. Lo último que esperaba era que la empresa que la había rescatado de la ruina fuera, en realidad, la fachada legal de la familia con la que su padre había dejado una deuda que ni la muerte pudo borrar.

La familia Cross.

Sofía salió del edificio con el sobre apretado contra el pecho, como si eso pudiera protegerla de lo que se avecinaba. Manejó hasta el pequeño apartamento que había alquilado esa misma semana, se sirvió una copa que no tocó, y se quedó mirando el techo hasta que el reloj marcó la medianoche.

A quince minutos de ahí, en un penthouse con vista al puerto, Adrián Cross leía el mismo archivo de personal por tercera vez.

Sofía Duarte.

No podía ser coincidencia. Nada en su mundo era coincidencia.

Cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria y se sirvió un whisky que tampoco pensaba beber. Cinco años de silencio. Cinco años preguntándose por qué se había ido sin una palabra, sin una llamada, sin una sola explicación que le permitiera odiarla en paz.

Y ahora aparecía justo cuando su padre le había puesto sobre la mesa el nombre de la familia Duarte y una cifra que llevaba diez años sin saldarse.

Adrián sonrió, pero no había humor en ese gesto.

Mañana, Sofía Duarte iba a entrar a su oficina pensando que era solo su nueva jefa.

No tenía idea de que él ya sabía exactamente quién era.

Y no tenía idea de que la deuda de su familia acababa de convertirla, de la peor manera posible, en su problema.




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